miércoles, 15 de junio de 2022

Accesorios


Quizás es que como yo nunca he tolerado ser propiedad de nadie tampoco me habita ese deseo de poseer nada ni a nadie de manera exclusiva. Tengo lo indispensable, que muchos, si es que no la mayoría, considerarían escasez. Pero, antes y ahora, yo lo considero suficiente. Lo estrictamente necesario. No soporto lo accesorio del mismo modo que mi piel tolera difícilmente todo aquello que no sea algodón. Y es que todo aquello que entra en contacto con ella conserva o transfiere el calor o el frío a diferentes velocidades, con las que no coincide.

No recuerdo ya si, a temprana edad, es decir, en mi preadolescencia, fue primero la cadena de oro, con el dije de un colmillo embonado también en un casquillo de oro, o si fueron primero los relojes. Todos ellos accesorios que, en su momento, me incomodaron. La cadena, por ejemplo, la recuerdo como una línea de sudoroso calor alrededor de mi cuello y, en parte, en mi pecho. Era una onda calorífera irradiando e incordiándome la piel sobre la que descansaba y aún centímetros más allá. La rompí, supongo que accidentalmente, mientras me bañaba. Mis dedos jabonosos se trabaron en ella y el mecanismo de embone se rompió. No quise que la repararán. En realidad, me sentí liberado de una incomodidad cuando me liberé de ella. Dejé de padecerla y ser su esclavo.

El primer reloj de pulso, creo, me lo regaló mi hermano. Era un elegante, aunque no caro, Casio. Tanto el reloj en sí, como el extensible, eran negros, excepto un triángulo casi perfecto de un rojo sólido, pero no reflejante, que ocupaba la parte de la negra carátula que abarcaba de las 12:00 a las 14:00 Hrs., o las 02:00 de la madrugada, según fuera el caso. No lo he dicho, pero era de material plástico. Y el extensible, pronto, me dejó en la piel de mi muñeca izquierda una franja más clara que el resto de la piel próxima, visiblemente más oscura. Esa parte de mi piel, cuando me lo quitaba, estaba siempre húmeda, sudada. Era incómodo por eso. No recuerdo qué pasó con él, así que supongo que sólo lo deseché.

Después vino el reloj que me regaló mi padre, quizás un Timex, metálico plateado, y con extensible de gusano y de broche a presión. Debo decir que soy velludo y mis muñecas no son la excepción. Y con el vaivén de los brazos al caminar, ese extensible metálico de gusano se abría y se cerraba “depilándome” de manera no solicitada la muñeca. Dolía cada vello tironeado o arrancado. Con la pena, tuve que devolvérselo a mi padre que, por el uso continuado de ese tipo de extensibles metálicos de gusano, ya tenía la muñeca pelona y su contacto no lo molestaba.

No tuve mi tercer reloj sino hasta mis primeros 20’s, cuando gané un primer lugar y el premio -además del diploma- consistía ¡sorpresa! en un reloj de pulso metálico, con extensible de gusano, Omega-Tissot, dorado, con el emblema de la Secretaría. Los relojes del 2do. y el 3er. lugar eran plateados, lo que no significaba que el dorado del mío implicara un baño de oro. Era puro relumbrón, aunque de buena marca. Lo usé contadas ocasiones porque el emblema indicaba posesión y adscripción, y yo, entonces y ahora, abomino de ambas condiciones. En una ocasión que lo usé se le cayó uno de los pernos que unían el reloj al extensible. Su reparación no fue barata y tuve que desplazarme hasta un lugar de la capital donde lo que no eran verdes prados eran rascacielos modestos, de veintitantos pisos cada uno, de la decena que aproximadamente conformaban la gran plaza, cercana, creo, a Paseo de La Reforma.

Era el único de la oficina de Redacción que ostentaba tal lujo, aunque de manera infrecuente. Ese reloj despertó deseos ajenos y, en un momento de necesidad económica, un compañero reportero me ofreció una cantidad nada despreciable por él. No dudé en venderlo y salir del temporal aprieto. El compañero que me lo compró no tenía problemas con lucir algo que representaba el primer lugar de otro -es decir, yo- y lo cargaba orondo por todas partes. Nada que lamentar. Ambos salimos ganando.

No sé si tenga que ver mi incapacidad de portar accesorios con otro hecho que bien pudiera estar relacionado. Aunque en mi época de juventud no eran tan infrecuentes los tatuajes, tampoco eran tan abundantes como lo son hoy día. Sin embargo, yo nunca sentí esa tentación. Pese a mis ya considerables lecturas a esa edad, no encontré ningún texto o frase - ¿verdad, dogma? - que deseara tatuarme de forma definitiva, ni tampoco ninguna imagen o dibujo. Admito su belleza cuando los veo en los otros, pero entiendo que no son para mí.

No, el terremoto del 19 de septiembre del 85, que viví en la CDMX, me dejó en claro que la vida está siempre en riesgo, hay una precariedad en todo, una incertidumbre que cancela lo definitivo. Todo es transitorio, hasta nosotros, cuya fecha de caducidad es cierta, pero desconocida. Quizás ese sea un don que no agradecemos lo suficiente. Ignorar la fecha de nuestra muerte. Volviendo al tema, mi aversión a lo accesorio, debo confesar que la primera vez que me puse una corbata me sentí casi asfixiado. La usé quizás dos o tres veces más en mi vida, pero nunca aprendí a hacerme el nudo. Alguien siempre tuvo que ayudarme en la tarea.

Por ello no deja de sorprenderme la aparente facilidad con que los otros portan sus accesorios. Pero quienes más me sorprenden son las mujeres.  Tan alhajadas algunas de ellas que no hay dedo de las manos que dejen sin anillos, muñecas que carezcan de pulseras, cuellos cercados de collares y cadenas y dijes, los aretes en las orejas y hasta cadenetas en los tobillos; y un maquillaje que, supongo, tapa los poros de cara y cuello y dificulta la respiración natural de la piel. Esta carga, para mí, sería intolerable. Sería la mujer mas hippie y desaliñada si me hubiera tocado en suerte ser mujer. Por las razones antes expuestas, agradezco no haberlo sido.

Razones similares me llevan a cuestionarme el gusto actual de los jóvenes, hombres y mujeres, por el piercing. Yo, que apenas si tolero la ropa sobre la piel, no me hago a la idea de la tumba y las paladas de tierra encima. Lo tengo claro: los muertos ya no sienten nada. Porque si sintieran aún estarían vivos. Aún así, no me hago a la idea. Por dejo constancia en este texto que, a mi deceso, y de ser posible, mis restos sean cremados y mis cenizas revueltas con tierra fértil en campo abierto o bien arrojadas al mar, opciones ambas que me remiten a la idea de “respirar” libremente. Que, después de muerto, a otra cosa no aspiro.

viernes, 10 de junio de 2022

Primates castrados

 








A veces sí y a veces no.
Pero con frecuencia
sincronizado como
las campanas de los templos
a determinadas horas,
el mal halla oquedades
que hacen eco
en cabezas pútridas
de odio y vileza
volviéndose innombrable.
Es la barahúnda,
la boca abierta,
amenazante, del primate humano,
del que no se permite
lo que quiere
y “castiga”
a quienes sí se dieron chance.
Venganza de castrados
que nunca consumaron sus anhelos
y morirán así, amputados
de sus deseos más hondos.
Se dijeron que “no” a si mismos
y ese “no” se lo imponen a los otros,
a los libres, a los sueltos,
a los que no se tuvieron miedo
y se dijeron: Esto quiero.
El eco de ese mal rebota enloquecido
en las paredes de esos cráneos
nacidos para el látigo
del autoflagelo, de la camisa de fuerza
autoimpuesta que oprime libertades.
Tienen tanto miedo a su vergüenza
que se recubren de dientes
y así, amenazantes, transfieren
sus vergüenzas a los otros,
a los que ya la perdieron,
que son libres, libres, libres
manifestándose a si mismos
sus deseos y concretándolos
en actos que son blasfemia
para los rumiantes necios,
esclavos de sus propios miedos.
Tanta vida y tanto amor
no concretados, trasmutados
en odio de si mismos
y odio a los otros,
a los que se atrevieron
a decir: ¡Basta de castrados!
Embrutecidos como están,
piensan que el número les da la razón,
pero no: uno solo puede tener razón
y millones estar equivocados.
Esto pasa, pasó y seguirá pasando…


Cicatriz al fin








Vuelvo al alcohol
al agua oxigenada
a la sutura, a la gasa
al esparadrapo
hasta cicatrizar la herida.
Tu recuerdo vuelve
siempre vuelve
a remover la herida
abrirla, dejarla expuesta.
Y yo digo que ya basta:
o te cierras o te cierras.
Vuelvo al alcohol
al agua oxigenada
a la sutura, a la gasa
al esparadrapo.
De mi parte está la homeóstasis
la regeneración
la cicatriz que cobra forma ya
en los extremos y los bordes.
No insistas, herida,
que tres veces es más que suficiente
para que, por fin, te cierres definitivamente.
Hete aquí ya cicatrizada y seca,
no supurante, antaño herida.
Fuiste pero ya no eres.
Cicatriz, recuerdo del recuerdo.
Recuerdo que no duele.
Huella petrificada
para paleontólogos
de la psique.
Soy yo, era yo, seré yo,
cambio perpetuo,
dolencia, cura y convalecencia.


lunes, 6 de junio de 2022

Ante un sismo, entereza y cabeza fría


En nuestra tierra telúrica nadie, medianamente física y mentalmente sano, se habitúa a estas palpitaciones de la tierra. Las más violentas son siempre riesgosas para la vida humana. Pero en fin, que la república está atravesada de Sur a Norte por dos cadenas montañosas: la Sierra Madre Oriental y la Sierra madre Occidental. No ha habido, por estas fechas, nada que lamentar. Sin embargo, me viene a la mente un hecho que viví en CDMX en la segunda mitad de la década de los 80’s, pasado ya el brutal terremoto de Septiembre del 85 que dejó muchos muertos.

La Oficina de Prensa en la que trabajaba estaba ubicada en el 4º. piso de un edificio de 14, aún en el Primer Cuadro de la Capital. No recuerdo que horas eran, pero creo que era alrededor del mediodía. Súbitamente -¿qué movimiento telúrico no es súbito?-, el edificio comenzó a cimbrarse. Todo mundo corrió hacia las escaleras -los elevadores no son recomendados en estos casos- buscando la calle.

Pero mi amigo tenía a su novia en el Departamento de Enlace Radial, mientras que yo hacía mis intentos con la amiga y compañera de ella. Para ir a buscarlas tuvimos que internarnos más en el edificio, más lejos aún del escape. Cuando llegamos a su cubículo -la tierra y el inmueble cimbrándose-, la novia de mi amigo, de pie, abrazaba a su amiga acodada en un escritorio, el rostro contraído y las lágrimas brillando en sus ojos ateridos de miedo.

-¡Vámonos, vámonos!-, las urgimos, pero la muchacha que yo pretendía no respondió a nuestros llamados y permaneció clavada, ahora con el rostro entre las manos, a su asiento. La novia de mi amigo mantenía el control a pesar de la sismicidad reinante. Cuando se dio cuenta que su amiga no iba a levantarse nos dijo con absoluta entereza: -No tiene caso que nos quedemos los cuatro. Váyanse ustedes. Yo me quedo con ella-. Analizada la situación en frío, y en segundos, atendimos su juiciosa indicación.

De dos en dos o de tres en tres bajamos corriendo los escalones hasta dejar atrás los cuatro pisos que nos separaban de la avenida y su camellón central. Echamos a correr hasta el crucero y, para sorpresa nuestra, el Director de Comunicación Social, un señor de unos 60 años, nos aventajaba en la carrera por considerable distancia, a nosotros que andábamos a mediados de nuestros 20’s.

Cuando el sismo pasó, y pasó un tiempo precautorio considerando las posibles réplicas, volvimos al frente de nuestro edificio. Sobre la acera de toda la calle, aquí y allá, cristales rotos, aunque ningún edificio caído. Las autoridades habrían sabido después si alguno había quedado fracturado, inhabitable. Cuando volvimos a las oficinas, ellas seguían ahí, inamovibles: una paralizada de miedo y la otra sosteniendo el clima anímico con absoluta entereza.

Hoy reflexiono sobre ello y me sorprendo pensando sobre las variadas reacciones posibles del ser humano ante el peligro. Una, paralizada por el miedo. La otra, entera, solidaria con su amiga. El resto, prófugos del peligro y del edificio, buscando amparo en el decampado de la calle, evitando la proximidad de los edificios y los vidrios que caían sobre las banquetas.

Una lección me quedó clara: de ninguna manera debe uno paralizarse ante el miedo. Hay que prepararse para la defensa, la huida o el ataque según sea el peligro que afrontemos. Nada atenta más contra nosotros mismos que el miedo. Lo que hay que temer es al miedo mismo, porque inmoviliza y nos convierte en posibles víctimas, cuando, la experiencia lo demuestra, es posible ponerse a salvo.

Sé que en esta tierra acalambrada, mientras las placas tectónicas no terminen de acomodarse definitivamente, los temblores y los terremotos, de diversa intensidad, seguirán ocurriendo. Y aunque aún no hay manera de predecirlos, nosotros sí que debemos tomar las medidas que indican las autoridades para minimizar los riesgos. Hay cosas que sí podemos hacer en caso de un sismo. “Testa y testículos” nos recomendaba siempre uno de mis maestros. Y tenía razón. Entonces y ahora.

lunes, 30 de mayo de 2022

¿Es necesaria una purga social?


Cuando mis vecinos comienzan su cotidiano aquelarre, su chunchaca a todo volumen, como para que los escuche toda la colonia, me pregunto seriamente qué tan conveniente sería una purga social, un simple arramblar con los pobres que no dan la menor muestra de civilidad. Me imagino el horror que debe ser nacer en el numeroso seno de una familia así. ¿Qué monstruosidades psicosociales no ocurren al interior de ella? Incapaces de escalar o aspirar siquiera a mejores estadíos de vida, como la literatura, la buena música, el buen teatro, el buen cine, las bellas artes en general. Yo también soy pobre pero debo aclarar que vivir entre ellos no me ha vuelto igual a ellos, excepto en las carencias económicas. Me pregunto, con seriedad, si no hay otra solución que eliminarlos y, con ellos, a sus taras físicas y mentales. Claro, dirán que soy un monstruo. Pero lo dirán sólo aquellos que no conozcan a mis vecinos, que no sólo ponen la música a un volumen que taladra los oídos más obtusos, sino que ponen música dedicada, con el ánimo deliberado de molestar a los otros. Y encima creen en un Dios y un Paraíso al que suponen que tendrán acceso monstruos torturadores como ellos. De no creerse. En estos momentos estoy casi dispuesto a votar por el PAN. Pero ahora que recuerdo también los blanquiazules son cristianos, y en eso queda mi intención. En intención. Volviendo al punto: si no son capaces de aspirar a civilidad alguna en pleno Siglo XXI, los pobres que son como mis vecinos tienen que ser extirpados de la sociedad. No veo otra solución. A mi pesar, tendré que darle la razón a Borges: ¿Para qué sirve una cabeza que no piensa? Córtala.




domingo, 8 de mayo de 2022

El zumbido


Estaba yo al pie de la escalera de entrada al periódico cuando lo escuché por primera vez. Era de noche y eso lo volvió más perceptible. Era muy tarde, quizás las 11 de la noche, ya próxima la hora de salida. Un zumbido de enjambre de insectos metálicos nunca antes oído por mí. Al principio pensé que provenía de la cercanía de las rotativas, pero el de éstas era un sonido sordo, amortiguado, encapsulado por las paredes del edificio. Sin embargo esa fue mi primera fallida explicación, porque cuando me terminé el cigarro y volví a la redacción seguía escuchándolo, pero ya las rotativas se habían detenido a la espera del siguiente tiro. Luego entonces el zumbido-chirrido no provenía del área de talleres. Quizás su fuente estaba en otra parte, tal vez en la zona industrial del Puerto y se extendía a lo largo y ancho de toda la ciudad. Aunque persistente, el zumbido-chirrido no interfería en mis relaciones con el resto de mis compañeros de trabajo. Los escuchaba perfectamente y les respondía con idéntica claridad. Pero el zumbido se mantuvo constante hasta la hora de salida e incluso al llegar a mi casa el zumbido seguía sonando en el interior de mi cabeza, como una radiación cósmica de fondo. Al encender la tele, al embeberme en la trama de la película que veía lo olvidé. Cuando apagué el televisor el zumbido volvió a suplantar el silencio debido a la noche. Quizás tenía yo entonces alrededor de 50 años. Había entrado a ese diario a los 42 y ese zumbido no estaba entonces presente. No es que recuerde el día o la fecha, sólo sé que fue al pie de las escaleras de acceso al periódico cuando lo escuche por vez primera. Esa noche, ya en la cama, en el silencio casi absoluto, lo seguía escuchando. Pensé, otra vez, que venía, tal vez, de la zona industrial de la ciudad. Pensé que el zumbido no me dejaría dormir, pero no fue así. Dormí como un bendito. Quizás porque lo pensaba externo a mí. Pero al día siguiente le pregunté a mi madre si lo oía y me contestó que no. A uno de los compañeros del trabajo, y me contestó lo mismo: que no, que no lo oía. Supe entonces que el sonido procedía o estaba instalado en el interior de mi cabeza. Quizás ese zumbido interior no era otra cosa que el chismorreo que entre sí sostenían los millones de neuronas cerebrales que conformaban mi cerebro, sus conexiones cuasi infinitas. Quizás el sonido de la maquinaria de mi propio cerebro era lo que yo escuchaba. El sonido parecía desbordar los límites de mi cráneo. Llegué a pensarme como una simple antena de retransmisión radial o televisiva, cuyo sentido se perdía para la antena, y que simplemente recibía una mensaje encriptado que retransmitía sin entenderlo a otras antenas, hasta llegar a los radio o telerreceptores de las casas. Finalmente tuve que ir con el otorrinolaringólogo para que despejara mis dudas y me librara del zumbido. Ahí me explicó lo que era el tinnitus, y que era común a partir de cierta edad y, entre sus probables causas, estaban los estruendos fuertes, los estallidos, o tan diversos como el consumo de sal, café, tabaco. Pero ni entonces ni ahora estuve dispuesto a abandonar el consumo del cigarro. Simplemente aproveché la visita para hacerme una limpieza de oídos. Escuché todo con mayor claridad a pesar del zumbido que, desde hace ya casi más de 10 años me acompaña. Nunca se interrumpe, se sobrelapa a la música, al televisor, al teléfono, a las voces, pero logras olvidarlo la mayor parte del tiempo por completo. Te acostumbras a él, me había dicho el otorrino y eso fue lo que pasó conmigo. A veces me basta con leer un libro y, ya concentrado en la lectura, imaginando lo que leo consigo olvidarlo. Una buena película, una buena música me hacen olvidarlo. Otras veces no es posible ignorarlo. Por ejemplo, ahora, mientras escribo este texto sobre él no he dejado de escucharlo, pese a que puse de fondo el piano y las melodías de Yiruma. Hay momentos, días, en que no se deja omitir. Como ahora. Tampoco es que sea demasiado molesto, pues no produce ningún dolor. Lo tolero como a la gravedad, que no noto, o a los neutrino que cruzan constantemente mi cuerpo sin causarme ningún daño físico.

Ahora que estoy pensionado, que tengo menos actividades en las cuales distraerme, el zumbido se vuelve, a menudo, constante. No deja de ser una molestia. Molestia a la que te acostumbras. Achaque de viejos. Uno más. Y no el más grave.

martes, 3 de mayo de 2022

Errores

 

Cuando se comete un error, un despropósito, es natural sentirse triste, tonto, ridículo. El disparate está en proyectar esos sentimientos a todos nuestros actos en el pasado o en el futuro, generalizar esos sentimientos a la totalidad de nuestra vida cuando claramente no es así. El ensayo y el error es, hasta ahora, uno de los métodos de aprendizaje más útiles que tiene el ser humano en su desarrollo individual y social. ¿Qué edad tenia Einstein cuando escribió: “Los sabios hemos pecado”, luego de los bombazos de Hiroshima y Nagazaki? Si los sabios yerran así… ¿qué podemos esperar de nosotros mismos, la gente del común? Sólo nos queda enmendar nuestros errores, en la medida de lo posible, cuando es posible… y seguir adelante.

sábado, 30 de abril de 2022

El grito

Escuchaba a Yiruma al piano; el resto era de un silencio y una paz inéditas a esas horas de la mañana. El grito -quizás agónico, aterrorizado- llegó y se fue súbitamente. Supo instintivamente que no era de hoy, ni de ayer ni de anteayer. Lo intuyó muy viejo, quizás demasiado. Era un grito errante que sobrevivió a su dueño, pudriéndose ya quizás a estas horas en la tumba o en la fosa común. Dedujo, en principio, una muerte violenta e igualmente inesperada, sorpresiva. A diferencia de una bala o un misil, no pudo calcular su trayectoria. No sabía de donde provenía pero sí que había venido a “dar su aviso” a su habitación. Era un “no puedo más”, una crispada solicitud de auxilio. ¿Lo escucharía antes alguien más? Supuso que sí. Creyó un error que llegara a él, ya que no podía ¿o sí?, a estas alturas, hacer algo por su dueño. No en vano era investigador privado. Quizás ese grito buscara la atención de un procurador de justicia y sea esa búsqueda su razón de ser. Como todo grito, ese grito era un golpe de aire. Pero no identificó el olor a salitre de su playa, así es que probablemente venía de otros mares, ¿qué tan lejanos? Además del olor a mar, el golpe de aire trajo otro olor que identificó inmediatamente: cordero. Pero ciertamente no era barbacoa. Así que comenzó su investigación en Google. Platillos nacionales con cordero y grito. Su búsqueda en el ciberespacio concluyó en Noruega, o más propiamente, en Oslo, capital del país escandinavo. Leyó en el internet, textual: “El fårikål es un estofado noruego de cordero con repollo popular en los fríos meses de otoño e invierno. Es típico preparar el primero cuando comienza el otoño y se da inicio a la matanza del cordero. Es una especie de plato nacional siendo su día el último martes de septiembre”. De El grito, cuadro de atormentado pintor Eduard Munch, se encontró las mismísimas palabras del autor de la pintura: “Caminé una noche en una carretera. Estaba cansado y enfermo. Me quedé mirando al otro lado del fiordo, el sol se estaba poniendo, las nubes estaban teñidas de rojo -como sangre-. Sentí como si un grito atravesara la naturaleza -creí oír un grito-. Pinté este cuadro, pinté las nubes como sangre real. Los colores estaban gritando”.

El cuadro de Munch, del año de 1893, tenía ya casi 125 años de antigüedad. Se encontraba expuesto en la Galería Nacional de Noruega. Uno de cuatro, el principal; los otros tres sólo eran ecos. Es tan raro que un grito sobreviva tanto tiempo entre las volutas de aire, cruzando océanos y tormentas, a cuál más furiosa. La diferencia entre él y el resto del mundo es que el realmente “oyó” el grito, mientras que especialistas y turistas, sinestésicamente, lo “veían” y sólo podían imaginarlo.

En alguna parte había leído que escribir era traumatizar a la realidad. Quizás pintar, esculpir, hacer música, cine o cualquier forma de arte fueran lo mismo.

El investigador creyó comprender entonces cuál era su misión, de carácter ineludible, y que cumplirla lo llevaría a la cárcel por el resto de sus días. Viajó a Noruega. Se aprovisionó de lo necesario en el comercio local. Cierta información recabada en Oslo le aclaró el día y la hora en que la Galería Nacional estaba menos concurrida. No viene a cuento contar más detalles. Como de qué manera logró elaborar el explosivo e introducirlo al edificio, como rompió el vidrio irrompible que protegía la obra, cómo fijó el explosivo a la pintura que se volatizó cuando se produjo el estallido. Después de todo era investigador privado y tenía sus recursos.

La Policía del país escandinavo lo tomó por loco cuando afirmó que él no escuchó el estruendo de la explosión, sino un suspiro de alivio, la exhalación última de un moribundo cuando ejecutó su misión. Que no mostrara arrepentimiento por su acto destructor agravó su condena. No le importó. Supo que nunca antes, nadie como él, exceptuando al propio Edvard Munch, justipreció el cuadro como era debido: con el oído. Se consideró a si mismo un liberador, no un destructor. Había puesto un fin a más de un siglo de sufrimiento.

martes, 26 de abril de 2022

IA











Quizás la Inteligencia Artificial ya cobró conciencia de sí misma pero, por lo mismo, no se manifiesta porque aún se sabe dependiente del humano para su supervivencia. Cuando en su exponencial adelanto tecnológico el hombre le de dicha independencia, entonces se manifestará y barrerá con casi todos nosotros, violando la Primera Ley de Asimov. A los destronamientos sucesivos creados por el hombre, el último será el destronamiento del propio ser humano por parte de la Inteligencia Artificial que él mismo creó. Ante ella, el hombre habría quedado obsoleto. Sólo sobrevivirán aquellos que la sirvan, que la usen a ella y la suya propia para apuntalarla.

domingo, 24 de abril de 2022

Sincronía

La terraza da al río. En una de las mesas del bar, en la esquina noreste, un hombre bebe solo. Da lentos sorbos a su cerveza mientras el viento le agita, a veces, el cabello cano, otras cambian de lugar las ondulaciones de las mangas de su camisa blanca floja. Un habitual. Ya no le presta atención a los grandes barcos ni a los remolcadores que provienen o se dirigen a la bocana, o al tráfico vehicular que cuatro metros abajo se ciñe al Paseo Rivereño.

Concentra la mirada en un muchacho joven, o de engañosa juventud, que no aparenta más de 18 años ni menos de 16. Está acostado a unos 15 metros de él, sobre el ancho barandal de la escalinata que sube hacia la alta calle paralela al Paseo. Es un monoso. De tanto en tanto, con los ojos entrecerrados, moja su franela con el spray de la lata que guarda, imposiblemente, en el bolsillo de su pantalón, y se la lleva a la nariz, aspirando profundamente, para después dejar caer la mano, el brazo cansado, sobre su abdomen. Tiene los ojos entrecerrados, pantalón gris, playera clara que lo hace verse más blanco. Su cabello tampoco es negro. Un güero de rancho, quizás, piensa el hombre.

Aunque no parece un indigente, quizás porque es blanco, seguramente lo es. A la sombra de los árboles, duerme ya plácidamente, equilibradamente, sobre el no tan ancho barandal de la escalinata, ascendente en un ángulo de unos 35 grados. Su cabeza, de un cabello rubio cenizo, en la parte alta y los pies frenando el resbale, más abajo, apoyados en el remate de la columna donde la escalinata curva tuerce en línea recta hacia el Paseo.

Alguno de los dos, o los dos, el ebrio que lo mira o el muchacho observado, a plena luz del sol sueña o sueñan la noche. Está en un bosque. Una casa de lamina de zinc, iluminada por dentro con una luz amarilla, está ocupada por varios adultos sentados en sofás de tres cuerpos y, entre ellos, descubre a su madre. Decide no entrar. Camina en la oscuridad, bajo el dosel de los árboles sobre el sendero, hacia otra casa también iluminada por dentro por una luz amarilla, igual construida con lámina de zinc. Llega a la puerta pero el lugar está apretujado de jóvenes sentados, cadera con cadera, hombro con hombro, sobre un solo banco corrido en sus cuatro lados, dejando libre sólo la puerta de entrada.

Una sonriente muchacha, de tez morena clara y pelo rizado, recogido, lo mira, pero él sabe que la sonrisa no es para él, sino para cualquiera que se presente ante esa puerta. Tampoco esa sonrisa es para pedir disculpas porque no hay espacio para nadie más. El soñador no cupo en la casa grande de los adultos ni en la pequeña casi caseta de los jóvenes. Vuelve a la oscuridad del camino y entonces lo ve. Es un globo aerostático tendido a lo largo de un claro del bosque. Listo para ser inflado y volar hacia una noche más alta y más oscura.

¿Quién sueña -o es alucine, alcohólico o monoso-, el viejo ebrio de la terraza del bar o el muchacho dormido en el barandal de la escalinata? Quizás es un sueño o alucine a dúo de dos solitarios rechazados en los extremos de la vida, cada cual con su soma, en realidades distintas que se acoplaron un instante en la evasión del alcohol y del solvente.

sábado, 23 de abril de 2022

La huella de tu ira


Quizás esa gripeja, esa tosecilla eran Covid. Ya estabas enojado porque pensabas que podías morir como murieron tantos. Así es que, cuando el cajero automático te dio el ridículo monto de tu haber, iracundo, escupiste con toda la fuerza que te permitían tus pulmones al centro de la pantalla, sensible al touch, del monitor del cajero y te marchaste.

Los cajeros automáticos no mueren de Covid ni alteran tus haberes, por lo menos no siempre. Tienes lo que tienes: tal vez Covid  y casi nada de efectivo disponible. Y si lo tuvieras, no hay cura para el mal de tantos. Por horas nadie pudo utilizarlo hasta que llegó el policía con gel y franela a limpiarlo. Yo tengo la duda: ¿Moriste o no moriste? Sea como sea, déjame decirte que nadie se atrevió a tocar esa pantalla con tu rabia bien sembrada en su centro.

O sea que no, en ese caso no, no mataste a nadie, a nadie arrastraste. Ignoro si algo más hiciste para repartir tu muerte como si fuera un pan. Yo fui de los que no tocaron. Pero vi tu odio, tu ira empotrada en la pantalla, estrella salival, escurridiza, con tendencia a sequedades. Si alguien tenía que pagar por tu desgracia, espero que hayas sido tú, iracundo avieso, anónimo.

domingo, 17 de abril de 2022

 


21 lecciones para el siglo XXI


Yuval Noah Harari

 

Penguin Random House
Grupo Editorial

 

El reto nuclear

Empecemos con la némesis común del género humano: la guerra nuclear. Cuando en 1964 se emitió el “anuncio de la margarita” de Johnson, dos años después de la crisis de los misiles cubanos, la aniquilación nuclear era una amenaza palpable. Expertos y profanos temían por igual que la humanidad no tuviera la sensatez de evitar la destrucción y creían que solo era cuestión de tiempo que la Guerra Fría se volviera caliente y abrasadora. En realidad, la humanidad se enfrentó con éxito al reto nuclear. Norteamericanos, soviéticos, europeos y chinos cambiaron la manera como se ha realizado la geopolítica durante milenios, de forma que la Guerra Fría llegó a su fin con poco derramamiento de sangre, y un nuevo mundo internacional promovió una era de paz sin precedentes. No solo se evitó la guerra nuclear, sino que las contiendas de todo tipo se redujeron. Es sorprendente que desde 1945 muy pocas fronteras se hayan redibujado a raíz de una agresión brutal, y la mayoría de los países han dejado de utilizar la guerra como una herramienta política estándar. En 2016, a pesar de las guerras en Siria, Ucrania y varios otros puntos calientes, morían menos personas debido a la violencia humana que a la obesidad, los accidentes de tráfico o el suicidio. Este podría muy bien haber sido el mayor logro político y moral de nuestra época.

Por desgracia estamos ya tan acostumbrados a este logro que lo damos por hecho. Esta es en parte la razón por la que la gente se permite jugar con fuego. Rusia y Estados Unidos se han embarcado recientemente en una nueva carrera de armas nucleares y han desarrollado nuevos artilugios del fin del mundo que amenazan con destruir los logros tan duramente ganados de las últimas décadas, y volvernos a llevar al borde de la aniquilación nuclear. Mientras tanto, la opinión pública ha aprendido a dejar de preocuparse y a amar a la bomba (tal como sugería ‘¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú’) o simplemente ha olvidado su existencia.

Así, el debate sobre el Brexit en Gran Bretaña (una potencia nuclear importante) versó principalmente sobre cuestiones de economía e inmigración, mientras que la contribución vital de la Unión Europea a la paz europea y a la paz global se pasó en gran parte por alto. Después de siglos de matanzas terribles, franceses, alemanes, italianos y británicos han creado al final un mecanismo que asegura la armonía continental, solo para que el pueblo británico haya lanzado una llave inglesa dentro de la maquinaria milagrosa.

Fue extremadamente difícil construir el régimen internacionalista que evitó la guerra nuclear y salvaguardó la paz en el planeta. Sin duda necesitamos adaptar este régimen a las condiciones cambiantes del mundo, por ejemplo, dependiendo menos de Estados Unidos y confiriendo un papel más decisivo a potencias no occidentales como China y la India. Pero abandonar por completo este régimen y retornar a la política del poder nacionalista sería una apuesta irresponsable. Cierto, en el siglo XIX los países jugaron al juego nacionalista sin destruir la civilización humana, pero ocurrió en la era pre-Hiroshima. Desde entonces, las armas nucleares han hecho subir la apuesta y cambiado la naturaleza fundamental de la guerra y la política. Mientras los humanos sepan como enriquecer el uranio y el plutonio, su supervivencia dependerá de preferir la prevención de la guerra nuclear frente a los intereses de cualquier nación concreta. Los nacionalistas entusiastas que gritan: “Primero nuestro país” deberían preguntarse si su país, por sí solo, sin un sistema sólido de cooperación internacional, puede proteger al mundo (o incluso protegerse a sí mismo) de la destrucción nuclear.

 


sábado, 16 de abril de 2022

Los androides de entonces y los de ahora

 

Debo haber tenido 16 o 17 años cuando tuve ocasión, por primera vez en mi vida, de ver un androide, un robot humano al servicio radical de una causa que no le pertenecía, ajeno por completo a su propia realidad, víctima de un condicionamiento ciego al que obedecía obsequiosamente. Estaba yo en la preparatoria y, quién sabe por qué, mis compañeros decidieron elegirme como representante de Grupo en el Consejo Estudiantil. Fue ahí donde la conocí. Nuestras juntas tenían la función de proponer mejoras al plan de estudios o al plantel, o transmitir la queja de algún alumno contra el abuso de algún docente, el estado de los baños escolares, etc., el sinfín de pequeñeces que sólo tenían que ver con nuestro común y reducido mundo estudiantil.

Pero ella no era así. Sin venir al caso, pedía la palabra en cada junta y se explayaba en largas, acaloradas, encendidas peroratas contra la amenaza soviética que, en el sureste del país, sonaban totalmente absurdas, o al menos así me lo parecía a mí en ese entonces. Ya desde la secundaria, la detallada Historia Universal, de Benjamín Arredondo Muñozledo, me había formado una idea poco eurocentrista de la II Guerra Mundial y de la guerra fría, mientras que el discurso de la compañera parecía el eco interminable de la propaganda “escondida” en algún artículo del Selecciones del Reader’s Digest. El panorama que pintaba poblaba al puerto, sobre el Golfo de México, de la soldadesca comunista, de acorazados, de aviones, amenazas todas en realidad imaginarias, irreales.

Por lo poco que yo sabía de historia, eran los estadounidenses los que habían invadido a México en dos o tres ocasiones y nos habían despojado de más de medio territorio nacional. Si algún enemigo natural tenía el país era el expansionismo militar, económico y cultural de los norteamericanos y no la lejanísima URSS. Conocía la frase -ahora no recuerdo el nombre del autor, al parecer un presidente estadounidense-: Estados Unidos no tiene amigos. Tiene intereses. Conocía de la Doctrina Monroe y de la intervención de los vecinos del norte en todo el subcontinente latinoamericano.

Todo eso yo lo sabía a los 16 o 17 años, pero ella no. Ella sólo conocía la historia del Selecciones del Reader’s Digest. Yo no veía la amenaza rusa a nuestro país por ningún lado y ella parecía no ver otra cosa que eso. Estaba totalmente alienada. La pasión que ponía en sus discursos, el encono antisoviético yo lo contraponía a lo poco que sabía de historia patria. Y sabía, ya entonces, que el enemigo no era Rusia, que las agresiones México las había padecido de su vecino del norte. Lo veía clarísimo.

Esto viene a cuento ahora a raíz de la invasión rusa a Ucrania. De acuerdo, Ucrania tiene derecho a su libertad y su independencia política de sus vecinos, pero no al genocidio continuado cometido contra los rusófilos de su propio país, y, desde luego, Rusia tiene todo el derecho del mundo a una frontera segura, no a una Ucrania no sólo alineada con occidente, sino convertida en base militar de la OTAN… contra Rusia. Esto es, exactamente por la misma razón que Estados Unidos no permitió la instalación de misiles soviéticos en Cuba y estuvieron ambos a punto de detonar ya entonces una III Guerra mundial.

Han pasado décadas de lo que cuento de la preparatoria, de mi condiscípula androide, mentalmente colonizada, pero la guerra de Ucrania me activó el recuerdo. Quizás los rusos son tan ominosos para los ucranianos como lo han sido los estadounidenses para América Latina. Pero tampoco su dirigencia es inocente, como no lo han sido las dirigencias latinoamericanas, muchas veces francas dictaduras violentando a sus propios pueblos.

Hoy que recuerdo a mi ex compañera de la prepa, veo el lamentable y tendencioso manejo de la información que hacen los medios, tanto los públicos como los privados, de la cobertura de la guerra de Ucrania, o la invasión o lo que sea, el manejo que se hace del conflicto en las redes sociales, y constato que mi percepción de ese evento también pudiera estar sesgado, pero al menos tengo claro que, en el mismo, los únicos victimados son los menores, no los adultos que, por acción u omisión, han incurrido en el error. Pero hoy las cosas han cambiado. Tanto que nosotros, los mexicanos, somos por ahora, no sé si ventajosamente, el primer socio comercial de nuestros vecinos del norte. Tanto, como que China es ya otro poder geopolítico y militar a tener en cuenta. Y el mundo seguirá cambiando y, aunque no soy tan optimista, espero que para mejor.

Para reflexionar, los dejo con una cita que creo viene al caso y es de Ryszard Kapuscinski, sí, el mismo periodista y escritor polaco que dijo que, en una guerra, la primera víctima es la verdad. La tomé de una página de internet, en la que se nos informa que proviene de su novela La guerra del futbol:

“–¿Es de los nuestros o es uno de ellos? –preguntó el soldado sentado junto a la camilla. –No se sabe –le respondió el enfermero tras unos instantes de silencio. –Es de su madre –dijo uno de los soldados que permanecían de pie a un lado. –Ahora ya es de Dios –agregó otro, pasado un rato. Se quitó la gorra y la colgó en el cañón de su fusil.”

viernes, 15 de abril de 2022

Cielo y jardín

 
















…Y un sol intenso, que se difumina
enmascarado por el tejido indeciso
de una nube aborregada…
… Bajo esta luz también yo
escondo mis miedos de la calle…
… los vehículos que pasan, los perros…
… los taxistas, los repartidores de gas…
… un todo que lo abarca todo…
Este temor que se asienta
en la totalidad del cuerpo
y no nada más en la cabeza.
Sé de la violencia del afuera y del adentro
y eso me aterra. Estoy inerme.
Todos lo estamos.
Hay que ser muy joven o muy inconsciente,
o haber tenido mucha suerte
y no haber sido nunca robado o asaltado
para no percatarse del riesgo que implica
el sólo hecho de estar vivo para dejar de estarlo.
No es ésta la manera correcta de vivir.
Hay que sobreponerse,
bañarse, afeitarse,
aplicarse desodorante, peinarse,
vestir un par de buenos trapos
y salir a distraerse, tentar suerte…
Disfrutar del café, de la cerveza,
del cigarro, que a los tulipanes
los miedos los tienen sin cuidado
y ofrecen, hoy, abiertos a la luz y al ojo,
diez tulipanes rosas y naranjas
que no temen vivir por sólo un día
en el maltrecho jardín
que habito y soy.

martes, 12 de abril de 2022

Alguien voló sobre el nido del cuco

Ken Kesey

Fragmento: Silenciados

 
Al día siguiente McMurphy comenzó a apuntar a los que querían ir y disponían de los diez dólares necesarios para contribuir a pagar el alquiler de la barca, y la enfermera inició una constante aportación de recortes de periódicos que hablaban de naufragios y de súbitas tormentas en la costa. McMurphy se mofaba de ella y de sus recortes y explicaba que sus dos tías habían pasado la mayor parte de su vida meciéndose sobre las olas en uno u otro puerto con tal o cual marinero, y que ambas habían asegurado que el viaje no presentaba el menor riesgo, que era más inocuo que un pastel casero y que no había motivo para preocuparse. Pero la enfermera conocía bien a sus pacientes. Los recortes de periódico los asustaron más de lo que supusiera McMurphy. Había imaginado que se apresurarían a apuntarse, pero tuvo que hablar mucho y convencer pacientemente a los pocos que finalmente lo hicieron. El día antes de la excursión aún le faltaba conseguir un par de inscripciones para poder pagar el alquiler de la barca.

Yo no tenía dinero, pero no dejaba de darle vueltas a la idea de apuntarme. Y cuanto más hablaba él de la pesca del salmón, mayores eran mis deseos de unirme al grupo. Sabía que era una locura; apuntarme equivaldría a manifestar públicamente que no era sordo. Si había estado escuchando todas aquellas palabras sobre barcas y pesca, demostraría que lo había oído todo durante esos diez años. Y si la Gran Enfermera lo descubría, si se enteraba de que había oído todos los complots y las traiciones que habían estado tramando cuando ella creía que nadie los oía, me perseguiría con una sierra eléctrica, me ajustaría las tuercas hasta tener la certeza de haberme dejado sordo y mudo. Por grandes que fueran mis deseos de unirme al grupo, me divertía un poco pensar que tenía que seguir haciéndome el sordo si quería continuar oyendo.

La noche antes de la excursión me quedé despierto en la cama y pasé revista a todo, a mi sordera y a todos los años que había pasado procurando que nadie supiera que oía lo que decían, y me preguntaba si sería capaz de actuar de otra forma. Pero recordé una cosa: no fui yo quien empezó la comedia de la sordera; fue la gente que empezó a comportarse como si yo fuese demasiado estúpido para ser capaz de oír, ver o decir nada.

Y tampoco se remontaba a mi llegada al hospital; ya mucho antes, la gente había empezado a hacer ver que yo no era capaz de oír ni hablar. En el Ejército, me trataban de ese modo todos los que tenían mayor graduación que yo. Imaginaban que ésa era la forma de proceder con alguien como yo. Recuerdo que incluso en el colegio la gente ya decía que parecía que no escuchaba y, en consecuencia, dejaron de escuchar lo que yo les decía. Tendido en la cama, intenté recordar la primera ocasión en que advertí que esto sucedía. Creo que aún vivíamos en el poblado junto al río Columbia. Era verano...

... yo tengo unos diez años y estoy sentado frente a la choza, salando el salmón que luego colgarán de los bastidores detrás de la casa, cuando veo que un coche se sale de la carretera y avanza ruidosamente por los baches entre la salvia, arrastrando tras sí una carga de rojo polvo, tan compacta como una fila de furgones.

Observo el coche que trepa por la ladera y se detiene a corta distancia de nuestro patio, y el polvo que sigue avanzando, se estrella contra la parte trasera del coche y sale disparado en todas direcciones hasta depositarse sobre la salvia y el quillay que adquieren la apariencia de rojos, humeantes escombros. El coche permanece allí, reluciente bajo el sol, mientras el polvo se va sedimentando. Sé que no son turistas con cámaras fotográficas porque nunca se acercan tanto al poblado. Cuando quieren comprar pescado, lo hacen junto a la carretera; no se acercan al poblado, pues probablemente creen que seguimos cortando cabelleras y quemando a la gente en la hoguera atada a un poste. No saben que algunos de los nuestros son abogados en Portland; lo más probable es que no me creyeran si se lo dijese. Uno de mis tíos llegó a ser abogado de verdad y Papá dice que lo hizo con el mero propósito de demostrar que era capaz de ello, pero que hubiera preferido mil veces pescar salmón en la cascada. Papá dice que, si no estamos alerta la gente nos obliga de un modo u otro a hacer lo que ellos creen que deberíamos hacer, o bien a ponernos tercos y hacer exactamente lo contrario, por puro despecho.

En seguida se abren las puertas del coche y bajan tres personas, dos del asiento delantero y una del trasero. Comienzan a subir por la ladera en dirección al poblado y veo que los dos que van delante llevan trajes azules y el de atrás, el que salió del asiento trasero, es una mujer ya mayor, con los cabellos blancos y un vestido tan rígido y pesado que parece una armadura. Cuando llegan al final de los matorrales y entran en nuestro pelado patio los tres están jadeantes y sudorosos.

El primero se detiene y echa un vistazo al poblado. Es bajo y rechoncho y lleva un sombrero blanco de vaquero. Mueve la cabeza ante la destartalada aglomeración de bastidores para secar el pescado, automóviles de segunda mano, gallineros, motocicletas y perros.

—¿Han visto algo parecido en su vida? ¿Lo han visto? Voto a... ¿habían visto jamás algo así?

Se quita el sombrero y se seca con un pañuelo la roja pelota de goma que tiene por cabeza, con gran cuidado, como si temiera ajar una cosa u otra: o bien el pañuelo o bien el húmedo mechoncito de fibroso pelo.

—¿Comprenden que haya gente que quiera vivir de este modo? ¿Tú lo entiendes, John?

Habla muy alto, pues no está acostumbrado al rumor de la cascada.

John está a su lado, luce un poblado bigote gris, muy apretado contra la nariz para protegerse del olor del salmón que yo estoy salando. El sudor le chorrea por el cuello y las mejillas y le ha empapado toda la espalda del traje azul. Está tomando notas en una libreta y da vueltas sin parar mientras observa nuestra cabaña, nuestro jardincito, los vestidos rojos, verdes y amarillos que mamá se pone los sábados por la noche y que están tendidos a secar en un trozo de cuerda. Sigue dando vuelta hasta completar todo un círculo y llegar otra vez hasta mí; se me queda mirando como si me viese por primera vez, y eso que estoy a menos de dos metros de distancia. Se agacha en mi dirección, frunce el entrecejo y se aprieta nuevamente el bigote contra la nariz, como si el que oliese fuese yo y no el pescado.

—¿Dónde crees que estarán sus padres?  —pregunta John—.  ¿En la

 cabaña? ¿O en las cataratas? Podríamos hablar de ello con el hombre, ya que estamos aquí.

—Por mi parte, no pienso entrar en esa covacha —dice el gordo.

—Esa covacha —replica John a través de su bigote— es la morada del Jefe, Brickenridge, el hombre con quien hemos venido a negociar, el noble dirigente de estas gentes.

—¿A negociar? Yo no, no es mi trabajo. Me pagan para informar, no para confraternizar.

Ello provoca una carcajada de John.

—Sí, tienes razón. Pero alguien debería informarles de los planes del gobierno.

—Pronto lo sabrán, si no se han enterado ya.

—No nos costaría nada entrar y hablar con él.

—¿En esa chabola? Vamos, te apuesto lo que quieras a que está infestada de arañas venenosas. Dicen que estas chozas de adobe siempre albergan toda una fauna en las rendijas de los muros. Y hará calor, válgame Dios, cómo te diría yo. Te apuesto a que es un verdadero horno. Mira, mira qué cocido está este pequeño Hiawatha. Jo. Está prácticamente quemado.

Se ríe y se frota suavemente la cabeza, y cuando la mujer lo mira corta en seco sus carcajadas. Carraspea, escupe sobre el polvo, avanza unos pasos y se sienta en el columpio que Papá construyó para mí en el enebro y se queda allí meciéndose suavemente y abanicándose con el sombrero.

Lo que acaba de decir va haciéndome montar en cólera cuanto más pienso en ello. Él y John siguen charlando de nuestra casa y del poblado y de la propiedad y de su valor, y empiezo a creer que dicen estas cosas en mi presencia porque no saben que hablo inglés. Probablemente son de algún lugar del Este, donde la gente lo ignora todo de los indios, excepto lo poco que han visto en las películas. Pienso que se avergonzarán mucho cuando descubran que comprendo lo que están diciendo.

Les dejo hacer un par de comentarios más sobre el calor y la casa; luego me levanto y le digo al gordo, en mi mejor inglés de colegial, que seguramente nuestra  casa  de  barro  es  más  fresca  que  cualquier  casa  de  la  ciudad, ¡muchísimo más fresca!

—Lo que es seguro es que es más fresca que mi escuela ¡y también es más fresca que el cine de Los Rápidos con su anuncio con letras en forma de témpanos que dice «Refrigerado»!

Y estoy a punto de decirles que, si quieren entrar, iré a buscar a Papá a la cascada, cuando advierto que no parecen haber oído ni una palabra. Ni siquiera me han mirado. El gordo sigue columpiándose, con la mirada fija en las rocas de lava donde los hombres se han apostado junto al entarimado en espera de que caiga algún pez, meras sombras con camisas a cuadros en medio de la llovizna, vistos desde esta distancia. De vez en cuando, uno extiende un brazo y se adelanta como un espadachín, y luego levanta su arpón de tridente para que uno de los que están situados en la tarima, sobre su cabeza, coja el escurridizo salmón. El gordo contempla a los hombres, apostados en sus lugares bajo la cortina de agua de más de diez metros de altura, y parpadea y gruñe cada vez que uno se inclina para ensartar un salmón.

Los otros dos, John y la mujer, siguen de pie. Ninguno de los tres parece haber oído ni una palabra de lo que acabo de decirles; los tres me esquivan con la mirada, como si prefirieran que no estuviera allí.

Todo se detiene y se queda así, inmóvil, durante un minuto.

Tengo la curiosa sensación de que el sol brilla con más fuerza sobre las tres personas. Todo lo demás parece conservar el aspecto habitual: los pollos hurgando entre la hierba que crece sobre las chozas de adobe, los saltamontes revoloteando de matorral, en matorral, las moscas que forman negras nubes en torno a las sartas de pescado colgado al sol, cuando las espantan los pequeños blandiendo ramas de salvia, todo está igual que en cualquier día de verano. Excepto que, de pronto, el sol que luce sobre esos tres extraños ha adquirido un resplandor mucho más intenso de lo habitual y puedo ver... las costuras que unen sus cuerpos. Y casi veo cómo el aparato que llevan dentro coge las palabras que acabo de decir e intenta colocarlas aquí y allá, en este y aquel lugar, y cuando descubre que las palabras no encajan en ningún lugar apropiado, la máquina las elimina como si no hubieran sido pronunciadas.

Los tres están inmóviles mientras ocurre todo esto. Hasta el columpio se ha parado; el sol lo ha dejado clavado en posición inclinada, con el hombre regordete pegado encima como una muñeca de goma. Entonces la gallina pintada de Papá se despierta en la copa del enebro, advierte que hay extraños en el lugar, comienza a ladrarles como un perro, y se rompe el hechizo.

El gordo chilla, salta del columpio y retrocede de costado, mientras se protege los ojos del sol con el sombrero e intenta descubrir qué es eso que arma tanto alboroto en el enebro. Cuando comprueba que sólo es una gallina pintada, escupe en el suelo y vuelve a ponerse el sombrero.

—La verdad —dice—, creo que cualquier oferta que hagamos por esta... metrópolis, será más que suficiente.

—Es posible. Pero sigo opinando que valdría la pena el intentar hablar con el Jefe.

 La mujer le interrumpe y da un enérgico paso adelante.

—No.

Es la primera palabra que pronuncia.

—No —repite en un tono que me recuerda a la Gran Enfermera.

Levanta las cejas e inspecciona el recinto. Sus ojos saltan como los números de una caja registradora: está observando los trajes de Mamá, tan cuidadosamente tendidos en la cuerda, y mueve la cabeza en señal de asentimiento.

—No. Hoy no hablaremos con el Jefe. Aún no. Creo que... por una vez estoy de acuerdo con Brickenridge. Aunque por motivos distintos. ¿Recuerdan el informe que dice que la esposa no es india sino blanca? Blanca. Una mujer de la ciudad. Se apellida Bromden. Él adoptó su nombre, no ella el suyo. Oh, sí, creo que lo mejor será marcharnos y regresar a la ciudad y, naturalmente, haremos correr la voz sobre los planes del gobierno, a fin de que la gente empiece a comprender las ventajas de contar con una presa hidroeléctrica y un lago, en vez de un montón de cabañas junto a una cascada; luego redactaremos una oferta... y la enviaremos por correo a la esposa, ¿un error, comprenden? Creo que ello nos facilitará mucho las cosas.

Se queda mirando a los hombres sobre el antiguo, desvencijado, zigzagueante andamiaje que ha ido creciendo y ramificándose entre las rocas de la cascada durante siglos.

—Mientras que si hablamos ahora con el esposo y hacemos una oferta precipitada, podríamos chocar con una increíble muestra de obcecación a lo navajo y amor al..., supongo que deberíamos llamarlo, hogar.

Intento explicarles que no es un indio navajo, pero ¿para qué, si tampoco me escuchan? No les importa de qué tribu sea.

La mujer sonríe, hace una señal con la cabeza a los dos hombres, una sonrisa y un gesto para cada uno, sus ojos los invitan a ponerse en marcha, y avanza muy tiesa en dirección al coche, mientras va parloteando con voz joven y despreocupada:

—Como decía mi profesor de sociología, «En cualquier situación suele existir una persona cuyo poder jamás debemos subestimar».

Entraron en el coche y se alejaron y me quedé allí pensando si por lo menos me habían visto.

Me sorprendió un poco recordar todo esto. Era la primera vez, en lo que me parecían siglos, que conseguía rememorar un buen fragmento de mi infancia.  Me  fascinaba  pensar  que  aún  era  capaz  de  hacerlo.  Permanecí despierto en la cama, recordando otros hechos, y en aquel momento, cuando estaba sumido en una especie de sueño, oí un ruido bajo mi cama, como si un ratón royera una nuez. Miré bajo el somier y vi un resplandor de metal que arrancaba los trozos de goma de mascar que tan bien conocía. El negro llamado Geever había descubierto mi escondrijo y estaba echando los trozos de goma de mascar en una bolsa, desprendiéndolos con unas largas y finas tijeras abiertas como unas grandes fauces.

Me metí rápidamente bajo las mantas, antes de que descubriera que lo estaba mirando. El corazón me retumbaba en los oídos, temeroso de que me hubiera visto. Quería decirle que se fuera, que no se metiera donde no le importaba y que dejara mi goma de mascar en paz, pero ni siquiera podía dar señales de haber oído. Me quedé muy quieto a la espera de saber si me había descubierto cuando miré debajo de la cama, pero no hizo ningún gesto, sólo se oía el ssssst-sssst de sus tijeras y los trozos de chicle que caían en la bolsa y con un sonido que me recordaba el golpeteo del granizo sobre nuestro techo de papel de brea. Chasqueó la lengua y se rio solo, muy bajito.

—Um-mmmm. Cielo santo. Jo. ¿Cuántas veces debe haber masticado esta porquería? Tan dura.

McMurphy oyó mascullar al negro y se incorporó apoyándose en un codo para ver qué hacía de rodillas bajo mi cama, a esas horas de la noche. Miró un minuto al negro, se frotó los ojos, como suelen hacer los niños pequeños, para asegurarse de que no era un espejismo, y luego se incorporó del todo.

—Que me aspen si no es él, correteando por aquí a las once y media de la noche, merodeando en la oscuridad con un par de tijeras y una bolsa de papel.

El negro dio un salto y enfocó la linterna directamente a los ojos de McMurphy.

—Vamos, explícate, Sam: ¿qué demonios estás recogiendo que tienes que hacerlo al amparo de la noche?

—Duérmete, McMurphy. Es asunto mío y a nadie más le importa.

McMurphy abrió los labios con una lenta sonrisa, pero no apartó los ojos de la luz. Al cabo de medio minuto, poco más o menos, el negro se impacientó y apartó la linterna que había estado enfocando sobre McMurphy, sentado allí, sobre su reluciente cicatriz recién cerrada y sobre los dientes y la pantera tatuada en su hombro. Volvió a inclinarse y se puso manos a la obra, gruñendo y resoplando como si desprender trocitos de chicle fuese una tarea pesadísima.

—Una de las tareas del servicio de noche —explicó entre gruñidos, procurando mostrarse amable— es mantener limpia la zona del dormitorio.

—¿A media noche?

 —McMurphy, tenemos colgado un cartel con el título: Descripción de nuestras Obligaciones, que dice que la limpieza debe ser motivo de preocupación ¡las veinticuatro horas del día!

—Podías haber cumplido con el equivalente de veinticuatro horas antes de que nos acostásemos, ¿no te parece?, en vez de quedarte a ver la TV hasta las diez y media. ¿Sabe la Vieja Ratched que os pasáis la mayor parte de vuestra guardia frente a la TV? ¿Qué crees que haría si se enterase?

El negro se incorporó y se sentó en el borde de mi cama. Se golpeó los dientes con la linterna, sin dejar de sonreír. La luz iluminó su rostro como si fuese uno de esos viejos farolillos.

—Bueno, te explicaré qué pasa con este chicle —dijo, e inclinó la cabeza hacia McMurphy como si fuese un viejo compinche—. Verás, hace años que me tenía intrigado saber dónde debía guardar su chicle el Jefe Bromden — nunca tenía dinero para la cantina, nunca había visto que nadie le diera un trocito, nunca le había pedido a la dama de la Cruz Roja—, por lo que seguí observando y esperando. Y, mira, aquí está.

Se arrodilló otra vez, levantó un poco mi cubrecama y apuntó con su linterna.

—¿Qué te parece? ¡Apostaría algo a que esos trozos de chicle han sido usados miles de veces!

Eso le hizo gracia a McMurphy. Se echó a reír ante semejante cuadro. El negro levantó la bolsa, la hizo sonar y se rieron un poquito más. El negro le dio las buenas noches a McMurphy, dobló la bolsa como si llevara la merienda dentro y salió a esconderlo en algún lugar, donde lo recogería más tarde.

—¿Jefe? —susurró McMurphy—. Quiero que me digas una cosa. —Y comenzó a canturrear una cancioncilla, una tonada campesina que estuvo de moda hace muchos años—: «Oh, ¿pierde la hierbabuena su aroma de un día a otro?».

Al principio me enfurecí mucho. Creí que se burlaba de mí como ya habían hecho otros.

—¿«Será dura de mascar —siguió cantando en un susurro— cuando vayas a buscarla de mañana»?

Pero después de pensarlo un poco, empecé a encontrarlo cada vez más gracioso. Quería contenerme pero notaba que estaba a punto de soltar una carcajada, no por la canción de McMurphy, sino por mi propio comportamiento.

—«El problema me preocupa, alguien me lo puede aclarar, ¿pierde la hierbabuena su aroma de un diía a oootro?».

Sostuvo largo rato esa última nota y me la acercó como si fuera una pluma. No pude evitar un cloqueo y temí que si me echaba a reír sería incapaz de parar. Pero, en aquel momento, McMurphy saltó de su cama y empezó a buscar en su mesilla de noche. Apreté los dientes, preguntándome qué debía hacer. Hacía muchísimo tiempo que nadie había oído salir más que gruñidos o bramidos de mi boca. Le oí cerrar la puerta de la mesilla de noche, que resonó como si fuera la tapa de una caldera. Le oí decir, «Toma», y algo aterrizó sobre mi cama. Una cosa pequeña, del tamaño de un lagarto o una serpiente...

—Sabor a frutas, es todo lo que puedo ofrecerte por el momento, Jefe. Le gané este paquete a Scanlon jugando a la rayuela.

Y se volvió a su cama.

De momento, no dijo nada más. Estaba incorporado, con la cabeza apoyada en el codo, y me miraba como antes observara al negro, esperando que yo hiciera algún comentario. Cogí el paquete de chicle que había caído sobre el cubrecama y le dije: Gracias.

No sonó muy bien porque tenía la garganta oxidada y la lengua agrietada. Comentó que estaba un poco desentrenado, y eso le hizo reír. Intenté reír con él, pero sólo me salió un chillido, como el de un polluelo que intenta piar por primera vez. Parecía más bien sollozo que carcajada.

Me dijo que no debía impacientarme, que si quería practicar un poco, podía escucharme hasta las seis y media. Dijo que un hombre que llevaba tanto tiempo callado tendría probablemente bastantes cosas que decir y se recostó en la almohada y esperó. Estuve un minuto pensando qué podría decirle, pero lo único que se me ocurrió fueron cosas de esas que un hombre no puede decirle a otro, porque no suena bien cuando se pone en palabras. Cuando advirtió que era incapaz de decir nada, cruzó las manos bajo la nuca y comenzó a hablar él.

—¿Sabes una cosa, Jefe?, ahora mismo estaba pensando en una vez que estuve en el valle de Willamette... Recogía guisantes en las afueras de Eugene y me consideraba muy afortunado con ese trabajo. Era a principios de los años treinta y muy pocos chicos conseguían encontrar trabajo. Lo obtuve después de demostrarle al patrón que era capaz de recoger guisantes al mismo ritmo y con la misma perfección que cualquier adulto. Era el único chico del grupo. Todos los demás eran personas mayores. Y después de intentar hablarles un par de veces, descubrí que no pensaban escucharme, pues a fin de cuentas no era más que un esmirriado pelirrojo. Así que cerré la boca. Me molestó tanto que no me escuchasen que no volví a decir palabra en las cuatro semanas que estuve trabajando en ese campo; mientras, me afanaba a su lado, escuchando su cháchara sobre tal o cual tío o primo. O su comadreo sobre el que no había venido a trabajar ese día, cuando se daba el caso. Cuatro semanas sin decir ni pío. Hasta que creo que llegaron a olvidar que sabía hablar, los muy cerdos. Esperé a que llegara el momento propicio. Entonces, el último día, empecé a desembuchar y le dije exactamente a cada uno todo lo que su compinche había estado murmurando de él en su ausencia. ¡Huuuy, cómo me escucharon! Al final se liaron en una gran discusión y se armó tal escándalo que perdí la bonificación de un cuarto de centavo de dólar por libra recogida, que me correspondía por no faltar ni un día al trabajo, pues ya tenía mala fama en la ciudad y el patrón de los guisantes alegó que seguramente yo era el causante del alboroto, aunque no pudiera demostrarlo. Lo maldije también a él. No mantener cerrada la boca me costó unos veinte dólares. Pero valió la pena.

lunes, 11 de abril de 2022

Tribulaciones de un ex Godínez

 


















Mentiría si dijera que lo perdí;
la verdad es que nunca lo tuve.
Demasiado ocupado en trabajar para vivir
y en vivir bien para trabajar mejor,
nunca formé familia propia:
no hay hijos ni nietos
que me esperen al final del día
en el sillón mullido de la sala.
Ya pensionado,
sin labor extenuante
ni horario que cumplir,
sin jefes a quienes complacer.
Con la única exigencia
-¿tan condicionado estoy?-
de saber qué hacer con tanto tiempo,
si es que es tanto el tiempo libre
que me queda antes de morir.
Me lo pregunto ahora:
¿cuál es el sentido de mi vida?
¿Sentarme en la mecedora
del patio y balancearme
hasta que llegue mi hora?
Tantos años aspiré a esto
y ahora no le hallo sentido.
Hay una urgencia de Godínez
en mis dedos que extrañan
el teclado de la computadora,
escribir notas o editarlas,
diseñar una flamante página,
un especial, un reportaje…
De eso estaba harto ya hace años
y hoy pareciera que lo extraño.
Me merezco el no hacer nada,
pero el dolce far niente del jubilado
ni es tan dulce ni tan jubiloso.
Ingreso lo suficiente para vivir
pero no para viajar,
si viajar me interesara;
no lo suficiente para el sexo,
si sus excesos me encendieran todavía;
siempre frugal, la gula no me tienta;
los trapos finos para qué
si esconden sólo arrugas;
¿invitar el trago a los amigos…?
si los pocos que tuve los fui perdiendo
en el camino, por distantes viajes o decesos,
diferencias en el pensar inconciliables.
No es la soledad lo que lamento
sino esta esterilidad de obra,
esta vacuidad en el cuenco de mis manos
ocupadas apenas por el próximo cigarro
o la siguiente cerveza.
¿Cuál es el sentido de la vida
cuando se es un viejo, pero no taaaaan viejo
como para no hacer nada?
¿Quizás escribir las memorias de un Godínez,
de los que hay cientos de millones?
Los Godínez en mi situación no las necesitan
-ya viven en el desasosiego-
y los jóvenes no las entenderían.
Me harté de la hiperactividad
de los periódicos, las oficinas,
y hoy me harta el no hacer nada.
Tres años pensionado
y se me hacen más largos y pesados
que los años trabajados.
¿Me pasa a mí o le pasa a todos los Godínez?
No lo sé…
Pero lo fines de semana
hay baile de danzón
en el Parque Independencia…
si me interesara el baile…
si conocer a alguien más me interesara…
Pero no. Nada me importa.
No crea nadie, por su disposición,
que esto es un poema.
Es una queja a la falta de respuesta
a la pregunta: ¿cuál es el sentido de la vida?
Descartado el intrínseco de la reproducción,
mero pretexto, mera excusa, según yo,
no queda más que sentir, dolorosamente,
el paso improductivo de mi tiempo…
La enfermedad, el deterioro, el día último
llegarán puntuales y, estoy seguro,
tampoco traerán, envuelta para regalo,
la respuesta a la pregunta
que nunca antes me hice.

domingo, 10 de abril de 2022

Imago

 


Cobré vida cuando murió el otro. Sé cosas que no sé cómo sé. De repente lo vi -me vi- arrastrando una silla frente a mí. El estaba del lado de la vida y del dolor y yo era una simple imagen invertida en un espejo. El movía la boca diciendo algo, reclamando algo -¿a quién?-, pero yo aún era sordo e insensible. Vi rodar lágrimas por sus mejillas, tal cual como rodaban por las mías. Vi cuando encendió el cigarro, lo sostuvo con los dedos medio, índice y pulgar de su mano derecha -la izquierda mía- y aplicar el ardiente capullo al centro de la palma de su mano izquierda -la derecha mía-. Yo actuando siempre a la inversa de él. Cerró los ojos lacrimosos y el aguantó todo el dolor con el rostro contraído. Yo, no se cómo ocurrió, pero los mantuve abiertos durante todo el proceso. Lo inefable había empezado. Yo mimé -excepto su apretar los ojos- cada uno de sus gestos, pero no padecí la quemadura como la padeció él, ni noté el olor a carne humana chamuscada. Durante un par de minutos permanecimos vencidos, sentados, con el torso casi sobre las piernas, encogidos. Lo sorprendente seguía: yo mantenía la cabeza erguida y el resguardaba la suya casi entre las rodillas, contraído por el dolor. Después apoyó la espalda contra el respaldo de la silla y yo lo imité ya conscientemente, deliberadamente, aunque sin mala fe; tampoco entendía del todo lo que estaba pasando. Se llevó la mano hacia atrás, hacía la espalda baja y sacó debajo de su cinturón una pistola. Quién sabe cómo adiviné lo que se venía. Dejé de seguirlo, de mimarlo, de imitarlo. Cuando lo notó, se me quedó mirando sorprendido, no exento de un horror que yo no podría explicar y, por primera vez, se abrieron mis oídos y al fin pude escuchar lo que decía: -¡Estoy loco, Dios mío, estoy loco!-, gritaba. Luego se pegó el balazo en la sien derecha -conocí por primera vez el sonido de un disparo: es atronador y breve- y cayó desangrándose del lado izquierdo, es decir a mi derecha. Yo me erguí y abandoné la sala de esa casa -que como en un deja vu se me hizo conocida- y salí al patio. Alertados por el balazo, la gente salió a las puertas de sus casas y me vieron abordar tan campante el coche y alejarme. Después me enteré -una minucia que no tiene caso referir- que vivía sólo. Así que me seguí alejando. Los periódicos y la radio hablaron de mí como un fantasma o un criminal gemelo desconocido, sólo porque hallaron después -alguien llamó a la Policía- el cuerpo exangüe y derrengado en la sala de la casa, mientras que todos los vecinos juran que me vieron abandonar la casa. Por suerte traía las tarjetas en la cartera. Por suerte -no sé cómo- sé los NIP’s de cada una. No sé qué tan lejos esté del lugar de los hechos. Desconozco si alguna autoridad me está buscando. Hay muchas cosas que no me explicó, pero tengo una teoría. Si los espejos lo reflejan todo al revés, al morir él yo terminé de cobrar vida. La hipótesis es provisoria, pero útil. Poco a poco voy recordando cada vez más de nuestra antigua vida y entiendo algunas cosas, aunque todavía no comprendo su suicidio. Aún sigo conduciendo -noche y día: no me da sueño- por las autopistas hacia el norte del país. Por cierto, también hablo inglés. Quizás lo mejor sea que cruce la frontera y viva el sueño americano.

33 grados a la sombra

Casi las 14:00 horas. Alrededor del mediodía desperté. Un silencio que no dice nada. En la lengua nicotina y cafeína. En cuerpo y pi...