viernes, 18 de septiembre de 2020

Sosiego

…Y esta lasitud del mar.

…el norte que no sopla.

…La atenuada luz solar.

…El relax de mi mente y de mi cuerpo.

Algo cambió pero no atino qué.

¿Será ese cuadrado de jade de orografía crispada con un rombo de oro carcomido?

¿El silencio ya tan tarde, como un conticinio al mediodía?

¿La tibieza del té verde, el humo del cigarro?

¿Será que hoy no escuché el noticiario matutino?

¿Será pasajera esta calma inesperada, anhelada secretamente por mi espíritu?

No sé a qué atribuirla, no encuentro su fuente.

Quizás sólo deba disfrutarla mientras dure.

No recuerdo otro momento como este.

No es que me alegre, no.

No es que esté triste, no.

Sólo es que estoy y distendido.

Ni lamentos ni celebraciones.

No sé quién o qué me regala esta porción del Nirvana pasadas ya las 11.

No sé cómo cerrar esta enumeración, si es que lo es, y no me importa.

La dejaré en puntos suspensivos para ver cómo se anuncia la tarde.

¿Parirá el cielo estrellas nuevas esta noche?

Da igual: mi vista es corta y sólo veo las más brillantes.

Las demás las adivino.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Exonerados

 


…Y no es mi culpa, ni tuya, ni de nadie.

Si alguien se frota la nariz o se cierra  una puerta.

Si sale el sol con cubrebocas o exultando furia.

Las losas reventadas del malecón…

Los locales eventrados…

Destechados, con las palapas por los suelos…

Los bares cerrados o quebrados…

Los restaurantes vacíos…

Los edificios desahuciados…

Las iglesias condenadas…

Las feligresías dispersadas…

La fe tambaleante…

Las calles silenciosas y desiertas…

Las cortinas bajadas…

Los muertos de todos los días…

Los trabajadores en paro, los despidos…

La fecha incierta del regreso…

No somos Edipo ni nuestra ciudad es Tebas.

No matamos a nuestros padres ni nos acostamos con nuestras madres.

No trajimos nosotros la peste a la ciudad.

No hay culpables de ésto que nos pasa.

La pandemia no es el castigo de un pecado…

Es un virus ciego que oscila entre lo inerte y lo animado…

Una broma de natura, como los terremotos o los huracanes…

Nuestro encierro no es castigo ni es eterno.

Toma tus pastillas y duerme sin contrición.

Créelo: la ciencia busca una cura, no un culpable…

En este asunto la Fiscalía General de la Nación no tiene parte.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Equilibrio

No puedo escribir poesía por ahora. Me siento demasiado sólido, compacto, monolítico, hecho de carne y hueso y sangre, sustancias todas compuestas de los elementos adscritos a la Tabla de Mendeleiev. Hierro y azufre, litio y potasio, agua y albúmina. Todo demasiado fisiológico, todo es órgano y función, incluso los estados de ánimo. No estoy para emocionalidades enfermizas, apegos sin sentido. Mi autopercepción, por hoy, cancela la poesía. ¿Qué tiene de exquisito un diente hecho de calcio o una uña de queratina o un corazón que es sólo un compendio de músculos, una bomba que en sístole y diástole dispara oxígeno?, ¿una piel que se descama todo el tiempo y se regenera según los alimentos consumidos y el metabolismo? No, hoy no estoy para poesías, hoy no hay espíritu, sólo químicos que disparan o no reacciones en los neuro-receptores de mi cerebro. Nada hay en mí que por ellos no esté condicionado. Y no me siento mal por ello.Me despido hoy de la poesía, el desequilibrio, el desbordamiento emotivo, el sufrimiento. No hay nada mal en mí. Es el mundo el que está mal, pero eso no me da para un poema y ahorita no tiene caso lamentarlo. ¿No ha estado siempre así o peor? No puedo hacer mi tema del malestar ajeno. Hoy no estoy para empatías. Me absuelvo hoy de la poesía. He caído antes pero en este preciso momento no siento necesidad de vértigo.

jueves, 10 de septiembre de 2020

Procastinación

No lo procastines más, por favor. Deja de dar vueltas en la cama con los ojos apretados intentando retener la confusión del sueño. Lo sé, la realidad es terrible, alucinante, azotada por el sol o la tormenta. Tus relaciones con los demás son imposibles en la pesadilla. También sé que estás solo pero éste no es el momento de salir a las calles y revolverte con las multitudes porque otro fantasma recorre al mundo. Lo hiciste una vez: fuiste y te plantaste a un costado del parque sin el cubrebocas, que te tiene harto. Menos de cinco minutos después, en la misma jardinera, dos ancianos, uno de ellos que tosía sofocadamente dentro de su mascarilla, y una pareja de jóvenes. ¿Por qué tú sí me tocas?, le preguntaba ella a él y tú como si nada, recostado en la jardinera con tu caja de zapatos nuevos como almohada. El viento norte te llenaba la piel y las narinas complacidas. ¿No percibes el riesgo que corriste? Ya habrá, más adelante, oportunidades de salir, de convivir con tus amigos en una terraza, de beberte unas cervezas, pero por favor no procastines más el despertar. No lo sabes pero casi son las 11 de la mañana. Vamos, abre los ojos, ciérralos, vuélvelos a abrir y déjalos así, fijos en cualquiera de los cuatro muros de tu cuarto, de tu cárcel y ten paciencia y espera a que pase la pandemia. Lo sé, el encierro no es fácil, dos metros de distancia son el infinito, pero pasará, te lo prometo. Tendrás de nuevo las calles, y a tus amigos, y el beso y el abrazo y la noche y las lucecitas de colores de los bares. Pero por favor ya no lo procastines. Anda, ven, abre los ojos a tus paredes amarillas y mantén cerradas tus puertas y ventanas y contén tus ansías de salir corriendo por las calles, semidusnudo, y gritar que estás harto de este mundo y la paradoja de despertarte a una realidad alucinante que se ha tornado invernadero y cárcel.

jueves, 13 de agosto de 2020

El viejo

Sobre el papel la pluma se desliza

con lentitud de una fugaz tristeza,

muy lejos de la vida y la destreza

que en juventud probó en la liza.

 

Hoy el pendón del triunfo no se iza

y del árbol caído la corteza

asiento es de sus canas y cabeza

y las nubes del cielo llevan prisa.

 

De todas sólo queda una certeza:

pasó el tiempo cuando terraza y brisa

lo embriagaron de oxígeno y cerveza.

 

Sus antiguos ardores son ceniza

más no por eso pierde la entereza:

a campo abierto luce una sonrisa.

lunes, 27 de julio de 2020

Síndrome de abstinencia













Una sucesión de negaciones
mientras el ansia pasa
/cada vez estás más cerca/
Una sucesión de postergaciones
los dramas de tu vida
/una incisión, un mal recuerdo/
Procastinar la visita al psiquiatra
-aunque sabes que la necesitas-
al experto en adicciones
por carencia económica.
A tal miseria te ha reducido tu adicción.
Para salir de este hoyo
no tienes más que tomarte por el pelo
con ambas manos y jalar hacia arriba.
Sólo estás haciendo tiempo
dándote una razón más o menos racional
para no recaer en el préstamo
o el robo para adquirir tu soma
tus cajetillas de cigarros
tu tos tu asfixia tus reflujos tus gargajos.
Ahórratelos, ahonda en este no poema
pero resiste a la ansiedad
al síndrome de abstinencia
mientras llega el auxilio terapéutico
que no puedes pagar
y que, además, no sabes si funcionará.
También la voluntad es fisiológica.
Tómate tu licuado y tus vitaminas
y espera por favor a que pasen
el apremio y la pandemia.
Cuando te des cuenta
quizás lo hayas logrado…

viernes, 24 de julio de 2020

De la envidia



Quien por coerción interna o externa coarta sus propias libertades no tolera que los demás las ejerzan libremente.


sábado, 18 de julio de 2020

Sobreseído

El viejo. Rubens.

Si lo que hice a los 7, a los 13, a los 15, a los 17, a los 24, a los 30 o los 40 pudiera volver a hacerlo a la luz y la experiencia de mis 50’s, mi vida sería otra. Sería una vida perfecta. Pero eso no existe, no le está permitido a nadie volver en el tiempo y corregir. Por eso no hay que juzgarnos con tanta dureza. Si lo que sé ahora lo hubiera sabido entonces… quizá si no me hubiera equivocado entonces no sabría lo que ahora sé. La luz de ahora me dice que debo juzgar según las circunstancias del momento en que cometí mis errores. No tenía entonces las herramientas que ahora tengo. Repito: no debo juzgarme con tanta dureza. Los errores están sobreseídos. Y sólo yo, que conozco mis circunstancias de entonces y de ahora, puedo exculparme y perdonarme. Haz tú otro tanto.

viernes, 26 de junio de 2020

Corona beer



















Al malicioso virus que me ronda
dibujando en el aire malabares
con manos de decires singulares
da igual que con desprecio le responda.

Si a su tránsito es, pues, todo rotonda
y muy más virulento es que sus pares,
puedo darme una vuelta por los bares
y a mi cigarro una calada honda.

Su alucinante forma en estos lares
no me ha de desdeñar, estoy seguro,
pues aquí el que no grita, vocifera.

Regenta el bar la coronada esfera
y el lábil alcohol funge de bromuro;
ebrio ya, morir puedo sin pesares.

martes, 16 de junio de 2020

Transición

El pasado es un país de orografía crispada.
El futuro una patria nueva, pero incierta.
Habito la frontera del presente, entre ambos:
Una transición continua.

A golpes de aire


También con las palabras se hacen cárceles.
Ideas y conceptos tan etéreos y tan firmes,
catedrales de palabras que atan al dogma y al rito,
cielo, infierno, purgatorio, limbo, normas, leyes,
salvación y perdición, condicionado todo
a portarse bien según las escrituras
y la interpretación de sacerdotes y pastores
¿quiénes se salvan y quiénes lo deciden?
El inmenso edificio del partido
hecho de principios y estatutos
que han de ser respetados
o serás expulsado o fusilado
por no ser obediente, por no aceptar,
por cuestionar las reglas de pertenencia.
Familia, gran palabra en la que cada quien
se acomoda como puede;
a algunos les toca suelo
porque no alcanzaron ni sofá ni cama;
gran palabra que asfixia
con odios y dependencias
que algunos confunden con el amor,
que no conocen y, cuando se percatan,
se van entonces a vivir las calles y los parques,
a poblar esas regiones que de noche
son de nadie y a nadie pertenecen.
Patria, mapa fragmentado
en el que no encuentras tu sitio.
Quizás renunciar a tu religión,
tu partido, tu familia, tu patria,
tu equipo deportivo te deje desasido,
pero es el principio de un lenguaje nuevo,
las palabras nuevas que tendrás que inventar
para fabricar tu propia estancia, tan grande
o tan pequeña como tu léxico y tu propia cosmogonía;
no es el Nirvana todavía, pero es un camino.
No lo desperdicies. Avanza.

lunes, 18 de mayo de 2020

Bajo sospecha

Sospecho de tus manos, con sus 27 huesos cada una, recubiertas de sus capas corneas y robustas, ricas en tejidos adiposo y conectivo, suavemente almohadilladas y sensibles a la presión, de su abundancia de glándulas sudoríparas, sospecho de su delicada venatura. Manos que ¿amaba o amo? y que ahora tocan y cocinan nuestros alimentos, sea fruto, verdura, empaquetado; sospecho de los billetes y monedas que contaste con tus dedos a la perfección articulados; sospecho de tu ir y venir a la tienda, al super, al cajero del banco y sus múltiples botones que presionas. Tus manos que no se detienen: comprar, cocinar, servir la mesa, lavar, arreglar la casa, la recámara, barrer, trapear, lavar, planchar. Sospecho de tus ropas y tu piel que retienen al virus activo por demasiados días, como sospecho de las manija de la reja, los pomos de las puertas de la casa, las llaves y perillas de los baños, la cocina, las agarraderas de los cajones de los roperos, las ventanas; sospecho del teclado, del mouse, del botón de encendido de la computadora que ayer utilizaste; sospecho del aire encerrado del coche y del volante, la palanca de velocidades y la llave de encendido, del aire de la casa toda; sospecho del control de la televisión y sus botones minúsculos como los del radio o el control del clima; sospecho de las teclas y del auricular del teléfono y no quiero hablarle ni responderle a nadie.
Tanto que me gustaba recorrer tu cuerpo, tu boca, tus genitales, tu piel,  tus abrazos y ahora... ahora tus manos y mis manos, también hechas para las caricias, se han vuelto potencial e inocentemente asesinas. Sospecho de tu aliento sobre la almohada, las sábanas, los cubrecamas y cuando finalmente me mudo a dormir al sillón sospecho del descanbrazos y descubro que este virus se interpone entre nosotros como espada al rojo vivo y está matando por asfixia a este amor que algún día ¿tanto hace? nos tuvimos. Sospecho de la firmeza de quererte y me pregunto si tú no abrigas respecto a mis manos, mi persona, idénticas sospechas. Pero no me decido a preguntar ni a irme. Como si para salvar al amor bastara con darle al corazón una baño de espuma, pero no es posible, amor, ni es suficiente.

domingo, 3 de mayo de 2020

Covid-19


















Racionalizas tus argumentos para aislarme
Para hacerme sentir culpable
Eres  el fiscal, el juez, el celador, la celda y el verdugo
Además, aparte de mí me haces sentir que no hay otro responsable
En soledad viví y en soledad vivo
No fue mía la culpa sino del mundo
Que me canceló la menor posibilidad de un vínculo
Ahora estoy a tu merced
No sé si alguien sabe que vivo
Y si lo sabe ¿vendrá a rescatarme de ti, de mí, de este cuadrángulo?
Sólo de mi soledad sé y es una loza que no me permite levantarme
Tú ganaste
Soy un prisionero tuyo aunque no te reconozca
No importa, tú ganaste.
No puedo escapar de mi cerco de aire
De mis muros de silencio
Del vacío de mis manos
De la carencia de destino de mis pies
No te bastó con empobrecerme
Con verme mendigar una palabra, una sonrisa, una caricia
y fracasar indefectiblemente
No es suficiente para el odio que me tienes
Ahora reclamas mi vida.
La tendrás, por supuesto
Nada te es suficiente
Absurdo sería que no tomaras lo que decretaste tuyo
Una última gracia me concedes:
La soga con la que he de ahorcarme:
La cajetilla de cigarros,
el ahogo y la asfixia,
el Covid-19.

lunes, 27 de abril de 2020

Este frasquito no, Alicia

-Este frasquito no, Alicia
-¿Y por qué no?
-Porque éste no sirve para hacerte más grande ni más pequeña. No te ayudará a salir de aquí.
-¿Para qué sirve entonces?
-Sirve para desaparecer.
-¿Y a dónde vas cuando desapareces?
-A ninguna parte. Sólo desapareces y ya.
-¿Y si me dieras sólo la mitad?
-No sé qué pasaría. Podría desaparecer tu parte izquierda o tu parte derecha. O tu parte de arriba o la de abajo. O tu parte de adentro o la de afuera. No creo que sea buena idea.
-¿Y porqué no lo haz tomado?
-Porque estoy loco.
-¿Cómo entiendo eso? Se supone que aquí todos lo estamos. Es requisito.
-Lo guardo para cuando enferme de cordura. Sólo locos podemos soportar esta realidad intolerable. Mientras esté loco puedo resistir, pero cuando me vuelva cuerdo no podré soportarlo más, me conozco bien. Lo guardo para entonces, Alicia. Para entonces.

lunes, 20 de abril de 2020

También aquí amanece


Y gracias
a la fecha,
o a pesar de ella,
también aquí,
también aquí amanece,
 y también hay árboles
y pájaros en los árboles
y trinos y gorjeos en los pájaros
y perros como peatones
o encerrados en los patios
y ladridos en la garganta de los perros
y el chirriiiiiiiido de un coche que derrapa,
sólo derrapa…
Voz, voces, de los predios vecinos
o en la arteria abierta de la calle.
Todo llega hasta mí,
hasta mi cuarto,
en el aire que se cuela
por mi ventana
a medias abierta…
Sonidos, ondas, vibraciones
que no pretendo descifrar.
Hoy, por lo menos hoy,
no son señales ominosas…


Mexamérica: una cultura naciendo


Primera edición: agosto, 2017
D.R. © Fey Berman
D.R. © 2017, Comunicación e Información, S.A. de C.V.
edicionesproceso@proceso.com.mx
Impreso en México / Printed in Mexico.



El milagro de la comprensión
Sumando varias perspectivas, 
varios sistemas de referencia; 
reduciendo unos sistemas a otros; 
teniendo en cuenta la relatividad de todos ellos, 
y su interdependencia para un ojo omnipresente 
que acertara a mirar el cuadro desde todos los ángulos a la vez, 
nos acercaremos al milagro de la comprensión.

Pasado Inmediato
Alfonso Reyes/1942

En pocas palabras, el fenómeno mexamericano es resultado de la diáspora
más grande del planeta. No exagero: la diáspora más grande de la historia en el planeta.

Fey Berman

¿Cómo logra Fey Berman, quien se asume como mexamericana, lograr un retrato integral (o “casi”, que es, desde luego, solo un término prudencial porque probablemente existan otras interpretaciones, otros puntos de vista, que pudieran matizar o divergir de sus asertos), “(…) el milagro de la comprensión” del que habla Alfonso Reyes? Sencillo: 30 años viviendo en los Estados Unidos de América, una maestría y un doctorado en artes por la Universidad de Nueva York, y una continuada, exhaustiva, comprometida labor periodística y de investigación en la última década, y su amor y empatía –no tengamos miedo de usar estas palabras-, por su comunidad, confirman su derecho y le dan la autoridad académica para hablar de su mexamericanidad, puesto que, insertada en ella, mejor la ha estudiado y es la que mejor conoce.
De entrada, Fey nos sitúa en el hoy y el ahora de su comunidad:
“Son tiempos difíciles para los mexamericanos. Tiempos en que una narrativa llena de odio y sustentada en la ignorancia nos describe como criminales y como ladrones de empleos. Una retórica que, además de falsa, nos simplifica: da a entender que somos una masa uniforme, uno idéntico al otro, y que podemos ser fácilmente definidos con una simpleza anecdótica: “son mexicanos que cruzaron la frontera para trabajar en los EUA”. Porque somos muy diversos, porque el cruce de la frontera, legal o ilegal, es apenas un detalle de lo que somos y en lo que nos hemos ido convirtiendo, porque somos de cierto participantes de una cultura naciente, y distinguible, decidí publicar este libro de ensayos acerca de la presencia mexicana en Estados Unidos. Un tema que, por cierto, hasta ahora ha sido escasamente abordado”.

Lunes

El día se palpa frío.
¿La claridad? Meridiana.
Es inicio de semana
y adivino calmo al río.
Afuera el jardín umbrío
y su alfombra de hojas muertas...
Pasadas causas inciertas,
ayer o anteayer ha hablado:
no se había comunicado
porque su cel le fallaba.
¿Qué tal yo, qué cómo estaba?
Calmo, un remanso triste
al margen de la corriente…
Dijo que hoy, tal vez, vendría
a pasar conmigo el día.
Mas conozco sus promesas
que llegan como remesas
en muy postergadas fechas;
pero hoy no estoy para endechas
y por más fiel compañero
tomo el café mañanero
de un cigarro acompañado.
Corazón que ya ha olvidado
de Cupido, ardor y flechas.



La muerte de Miguel Páramo

Caballo desbocado en la pradera,
de los perros aullidos y ladridos,
atorados los pies en los estribos
se aproxima el muchacho a la ladera.

Las bridas no controlan la carrera
y en la niebla los ojos detenidos,
ojos claros de oscuridá ateridos,
grita un grito que ya no acepta espera.

De piedra el lienzo, ya Miguel caído,
agoniza al igual que su caballo,
balbuce una oración y el alma exhala.

No es más que otro fantasma de Comala,
fantasma entre fantasmas me lo hallo,
del pueblo no se irá y aún no se ha ido.

Heráclito


I
Si no se baña dos veces
el hombre en el mismo río,
por lo que toca a amoríos
¡qué caídas y reveses!
Cuando no creces, decreces,
es ley de naturaleza…
Se necesita entereza
al percatarse aún en vida,
que solo hay una partida
juegues o no con destreza.

II
Me río de mi torpeza:
mi madurez relativa
ha veces queda cautiva
de una escrita ligereza.
Por decirlo con llaneza,
me prendo de una minucia…
Mas luego me dice astucia
que el autor de tal escrito
se vería muy contrito
junto a mis claveles fucsia.

III
Si Heráclito tiene razón
y nada pasa dos veces,
ya recibirá con creces
enseñanza a su sinrazón.
Y no ha de ser su corazón,
sino su edad, la maestra…
El tiempo con mano diestra
se lo dirá en su momento,
la madurez no es tormento:
yo soy el botón de muestra.

Fata Morgana

Paso de la ebriedad a la locura,
venenos que la realidad secreta,
mas lo hace de manera tan discreta
que a la vida disfraza de cordura.

Una vez descubierta la impostura,
ebriedad y locura se hacen treta:
cegarme a la ilusión que se concreta
en hueso, carne y sangre, arquitectura

feble que se entrelaza y desfigura.
Y nominan ‘amor’ la enredadera:
estrellas, flores, peces, desmesura

de perfume y color, la vil quimera
en pasarela finge una hermosura
llamada juventud o primavera.

domingo, 19 de abril de 2020

Teseo y el Minotauro

No fue tan larga ni oscura
mi incursión al laberinto
do esperaba el variopinto
-mitad hombre, mitad miura-
monstruo oculto en la espesura
de algún pasillo sucinto
en su enredado recinto
de mármoles sin fisura.
Ver y embestir mi figura,
impulsado por su instinto,
en sangre lo dejó tinto:
mi espada tajó segura.
Uncida a un muro clausura
-(en celda que ya precinto)-
horror antiguo, ahora extinto:
su testa… y su catadura.


jueves, 16 de abril de 2020

Souvenir

Yo no he prometido nada
mas te dejo de recuerdo
si estás de común acuerdo
en torzal de oro engarzada
una perla que forjada
en la ostra costanera
es una muestra señera
del amor que nos tuvimos
y que si hoy nos despedimos
es porque el amor no muera.

Argos


No sé si con razón o sin ella, pero siempre me había sentido como un monstruo. En realidad, creo que sólo era cándida, estúpida. Pero todas mis simpatías infantiles, cuando leía un comic, mi empatía por las canciones y las películas tristes de mi adolescencia, mi solidaridad con los personajes marginales y extremos me ponían siempre del lado de los condenados, los malditos, los perdedores. Con los villanos desaforados que estaban eternamente enfrentando héroes que, previsiblemente, siempre ganaban. Me resultaba fácil identificarme con ellos, sufrir con ellos, perder con ellos. Por eso, cuando Argos apareció en la puerta de mi casa ofreciéndome un ramo de rosas, me venció la compasión: la vida me cortejaba me cotejaba - con un monstruo de verdad, y no con uno cualquiera, sino con uno que, con sus múltiples ojos, me veía tanto por dentro como por fuera. Y como me veía por entero, me entendía por entero. Al menos eso pensaba yo. Ese mismo día me fui con él. No me interesaba saber a dónde me llevaba. En él se cumplían mis fantasías y mis esperanzas. Fueron largas las horas de interminable carretera: una recta infinita que con su señalética infinitamente recta me durmió en sus hombros. Me encontraron muerta y cegada en el cuarto de un motel. Argos me había arrancado los ojos y, supongo que cuidadosamente, los incrustó en su propio cuerpo. En las sienes de su cabeza. Ahora siento y pienso sólo con estos ojos, que ya no son míos, sino de Argos. Es mi función vigilar lo que sucede a su izquierda y a su derecha. No duermo nunca. Él no me lo permite. Ahora mismo estamos entrando en una florería. Ha comprado un ramo de alcatraces. Pronto, engalanado y dueño de mis ojos, estamos tocando suave, delicadamente, como lo hace todo pretendiente, en otra puerta. Parece que ahora quiere ornamentar las plantas de sus pies. Yo pienso en su corpachón inmenso, y no puedo evitar sentir una infinita lástima por la muchacha torpe, ingenua, atolondrada que nos abre su reja.

O...


Quizás ese fue mi yerro,
no aquilatar tu presencia,
porque ahora con tu ausencia
más se ahonda mi destierro.
Y aunque la cama es de hierro
en sus dimensiones crece...
... o sólo me lo parece:
seguro es que en el recuerdo
si un sólo lunar te pierdo
es mi ser que empequeñece.

Mi doble

Te encontré en la cantina, naturalmente. Idénticos como dos gotas de agua. Lo más natural, después de la sorpresa, fue compartir la misma mesa. Brindar, reconocernos, hacernos las confidencias de rigor y descubrir que nuestra experiencia y hojas de vida eran iguales. Uno de los dos era un espejo del otro, pero ¿quién? Varias copas después estábamos abrazados y cantando. Unas más y lloramos juntos. Cuando ya de madrugada cerraron el bar te invité a mi (nuestro) departamento. El café y la luz del alba nos espabilaron. Uno de los dos tenía que morir: no tenía sentido replicar el interminable perjuicio. Lo echamos a la suerte. Tú perdiste. Lloré cada una de las páginas de mis memorias a medida que iban cayendo en la chimenea.



lunes, 13 de abril de 2020

El jardín de la señora Murakami.

Título: El jardín de la señora Murakami
Autor: Mario Bellatin
Editorial: Tusquets Editores México
Lugar de edición: México, D.F.
Año de edición: Agosto/2014
No. de páginas: 107 pp.


Llevar la cara desnuda es mala señal.
La señorita Izu

Los riesgos de la inteligencia ante la astucia
Narrada por Mario Bellatín con un distanciamiento calculado que sobrecoge, con una prosa exacta, sobria, perfecta como los estilizados, parcos y sublimes elementos que componen El jardín de la señora Murakami, ésta, mucho más que una novela, es la fría y tajante advertencia de que la sola inteligencia, inadvertida e ingenua, caerá siempre brutalmente vencida ante una astucia que busca y logra avasallarla. Quizás aquí, la palabra castellana 'astucia', que sugiere una habilidad teñida de malicia, pero habilidad que no deja de ser humana a fin de cuentas, debería ser remplazada por el término inglés 'sly', referido a la capacidad puramente animal de emboscar, sitiar, someter y destruir a su presa con una sevicia absolutamente privada de escrúpulos. Que de eso trata esta pequeña gran obra maestra de exactas cien páginas, más una esclarecedora addenda de cinco: la cacería despiadada de la intelectualmente sobredotada señorita Izu, estudiante universitaria de Teoría del Arte, finalmente reducida a la condición de esposa-sierva del poderoso y maduro señor Murakami, porque se atrevió, en un agudo y acertado ensayo, a criticar sin miramientos las inconsistencias de la más prestigiada colección de arte de la ciudad, humillando de paso, sin pretenderlo, a su rico propietario, el señor Murakami, que con resentimiento y odio contenidos, inicia la trama de su venganza, que no tiene otro objetivo que silenciarla y anularla.



Amores a tarifa variable


Qué te habrás hecho, amor, qué te habrás hecho,
qué de la miel quemada de tus ojos;
aún mi piel guarda de tu piel antojos
y mi ansiedad de ti no tiene techo.

Como la tarde, amor, estoy desecho...
Ya las estrellas son del día cerrojos,
luminarias que de la noche abrojos
alojamiento encuentran en mi pecho.

Dónde habitas, amor, en dónde habitas,
en qué lechos subastas tu maestría,
con quién, amor, que no soy yo, cohabitas.

Y que no me haya muerto todavía,
en coitus interruptus de mis cuitas,
no sé si es esperanza o cobardía.

Me dicen...


...que nadie tiene mis huellas dactilares.
...nadie, el iris de mis ojos.
...nadie, las huellas de mis pies sobre la arena.
...nadie, el follaje del árbol dentro de mi cabeza.
...que el glifo de mi corazón es intraducible a ninguna lengua conocida, viva o muerta.
...que soy una singularidad, una rareza.
...una disidencia de todo y del todo.
...pero puesto que soy, también disiento de la nada.
...alguien incluso dudó que fuera humano.
...otro añadió que pudiera no pertenecer a este planeta.
...en una palabra: que no tengo semejantes, que estoy absolutamente solo.
Dicho lo dicho no pude contenerme: me solté a llorar desconsoladamente.
Eso los desconcertó: me parecía tanto a los demás cuando lloraba...
Pero no fue suficiente. Me pidieron amablemente que me fuera.
Que desapareciera de sus vidas.
Ya he dejado de llorar. Sólo me queda la tristeza.
Busco un refugio.
Estoy pensando en un desierto, una isla, una caverna...

Trampantojo


Trampantojo

No hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿O el que no puede ver? Decidan ustedes. El caso es que un día desperté, calenté una taza de café y me puse a leer mi periódico. Digo "mi periódico" porque ahí es donde trabajaba. Una nota llamó mi atención. Por una cuestión que no recuerdo hubo un desacuerdo entre un grupo de colonos y se armó una trifulca sin víctimas de consideración. Pero una de las fotos y su pie, despertaron, primero, mi indignación profesional y, segundo, una inquietud, una duda, una incertidumbre. El pie decía, aproximadamente, pero sin lugar a dudas que, en el enfrentamiento, hasta "una pobre anciana había sido agredida violentamente por una joven". El punto chocante del asunto era que la fotografía, en blanco y negro, mostraba exactamente lo contrario: una anciana con el pelo entrecano, con un vestido claro, ubicada detrás de una joven, la tironeaba del pelo. Un absoluto divorcio entre la realidad fija de la imagen y el pie de foto. La imagen refutando taxativamente lo que el pie decía. ¿Cómo explicar este error puramente periodístico, pero inquietante por lo que implicaba? Entiendo que diferentes zonas del cerebro controlan diferentes sentidos y habilidades del cuerpo: la vista, el oído, el olfato, el tacto, el gusto, el habla, el movimiento de nuestras extremidades, etc., etc. La pregunta es ¿el fotógrafo que tomó la foto y escribió el pie contradictorio tenía bien conectadas las zonas cerebrales que van de la vista a las zonas que controlan el raciocinio y la conciencia, que le hubieran permitido interpretar correctamente la realidad que fotografió?  Hoy la neurociencia nos dice que, en nuestra percepción de la realidad, el ojo, la vista, representan sólo el 20 por ciento. El otro 80 por ciento es la interpretación que hace el cerebro de lo que los ojos, la vista, le hacen llegar. Inquietante. El punto es que el fotógrafo entregó fotos y pies al reportero que tampoco notó el garrafal dislate. El reportero entregó el material al editor(a) que tampoco lo notó. Las jefaturas de redacción e información tampoco lo notaron. Y así se publicó. Y así aparecía en el periódico que en ese momento yo tenía entre las manos. Pero yo noté el dislate. ¿Y los lectores con qué se quedaron?, ¿con la información pura y dura de la imagen, una anciana violentando a una joven, o con el pie contradictorio que “describía” a una joven violentando a una anciana? No tengo la respuesta. Pero si malinterpretaron el fotógrafo, el reportero, el editor(a), las jefaturas de redacción e información ¿por qué no habrían de hacerlo también los lectores? Me sentí en un mundo poblado posiblemente por ciegos, por una mayoría hipnotizada por el poder de la palabra, oral o escrita. Yo estaba confundido.

Sé que en los ojos hay un punto ciego y que el cerebro nos engaña. A la manera de un programa de diseño que toma los píxeles que lo rodean y "cubre" ese punto ciego mostrándonos un panorama “completo”

Podría haber una explicación psicologista más simple: si tomas a una persona cualquiera, como muestra, y le cuentas que has visto pelear a una mujer joven y a una anciana, y no le cuentas el resultado de la pelea, la persona dirá, casi seguramente: ¡Pobre viejita! Quizás eso pasó con el fotógrafo, el reportero y todos los demás filtros periodísticos: es inviable que una anciana venza a una joven y dieron por hecho lo contrario: que la joven había agredido a la anciana, contra la tajante evidencia de la foto.

911


Y este 6 de febrero 
tan igual al 5, al 4, al 3, al 2, al 1
Soleados días invernales
que no rompen la anhedonia
Estos bolsillos vacíos
Estas tarjetas sin saldo
Este no desear nada ni a nadie
Esta iluminación que no es Nirvana
Este momento al que sucede otro momento
en el que no sucede nada
Este dejar hacer dejar pasar
Este valemadrismo
Este olvidar religión ideología raza nación
Máscaras que cayeron al camino
y no vale la pena fabricarse otra
Esta pérdida de móviles de acción
Esta carencia de dopamina o litio en el cerebro...
Estos ojos  oscuros que lo tiñen todo de gris neutro
porque Dios maldijo esta Babel
y ya no queda nadie que entienda
que todo camino es laberinto
Y que haya un Minotauro o no,
tampoco importa...

jueves, 9 de abril de 2020

Arenas

Y yo aquí, en el desierto, edificando con arenas una realidad alterna. Porque todo lo que tengo es desierto y desmesura. Y necesito algo más que este espejismo. Erijo ciudades y las pueblo de fuentes donde mis sedientas criaturas sacian su insaciable sed de arena seca mientras el viento las deshace, las desgasta y las devuelve sabiamente a las inconstantes dunas. Me escondo de mis creaciones efímeras, meras errancias en el tiempo, por si alguna de ellas me topara y, tomandome por Dios, me preguntara el porqué y el para qué de su sed de saber y su existencia. Y qué fracaso y qué vergüenza contestarle que, respecto a mí, formulo idénticas preguntas y no tengo respuestas para nadie. Y entonces sentiría compasión de ellas y culpa por haberlas creado. Por eso me escondo, por eso me oculto y me limito a mirarlas desde lejos. No puedo enmendar mi error, sólo puedo prometer no repetirlo. Y no sé si cumpliré. Entiendan ustedes: aquí la soledad es grande como la insolación y el frío. Como el desierto mismo, como mi corazón de arena.

martes, 7 de abril de 2020

La ventana azul

Este horror comenzó cuando mi amigo Satyakama -sabiendo de mi afición por eldibujo y la pintura-, me envió desde el Norte de la India un juego de crayones. En lapostal que adjuntó, me dijo que los había comprado en un bazar estacional, al que acudían santones, gurús de toda la región a bendecir a los marchantes y a pronunciar sus mantras sobre los productos a la venta. Se ganaban así unas rupias.

A lo ancho de la caja que los contenía había una abertura cilíndrica, pero protegida por un celofán, para que uno pudiera ver, sin abrir el paquete, los brillantes colores. Las instrucciones venían dadas en Hindi, por lo que si había alguna advertencia sobre su uso, naturalmente yo no pude enterarme.

Monte Taigeto

Tenías tus razones para odiarlo.
Como tú, era pobre desde siempre. Como las demás, no tuviste libertad para elegir.
Lo repudiaste desde el principio. Y él respondió con su violencia de hombre,
forzándote cuantas veces quiso, hasta preñarte. Comprendo que buscaras
venganza. Ingeriste el brebaje que preparó la comadrona y a mí me hizo efecto, tal
como lo habías planeado.
Pero cuando escuchaste mi primer grito, cuando me viste por primera vez, te llegó,
tardío como llega siempre, el arrepentimiento. Te horrorizaste del tamaño de tu
crimen.
Mi padre me vio una sola vez. No me cargó, no me abrazó, no me besó. Se apartó
de mí con el ceño fruncido.
Para hacer menos severa mi estancia en la tierra, mi triste sino, me arrullaste por la
noche con canciones de cuna interminables; y para despertarme recitaste poemas a
mi oído. Me lavaste con tus manos, me calentaste con tu cuerpo y me alimentaste
con tus pechos.
Inútilmente argumentaste para conservarme contigo. Las leyes de los dioses y de los
hombres no te lo concedieron. Esparta no es lugar para los contrahechos, los
pusilánimes, los débiles.
¿Huir? ¿A dónde? ¿Qué ciudad te recibiría conmigo, con tu engendro?
Sólo los dioses tienen libertad; nosotros, destino.

***
Ya debemos estar cerca, hemos andado mucho. Más cansada por el peso de la
culpa que por el ascenso, me meces lentamente con la cadencia triste de tus pasos.
Mojas mi rostro con tus lágrimas y tus gemidos atribulan mis oídos.
Llegamos: estamos al borde del risco del Taigeto.
Por favor, seca tu llanto, cierra los ojos, ahoga el grito en tu garganta, ¡no quiero
escucharlo! Hazte la sorda a la resistencia de tu corazón que palpita enloquecido. Me
voy en paz y sin resentimiento, ¿no ves que te sonrío?
Por favor, madre, no postergues el momento. Es fácil, sencillo. Sólo abre los brazos y
déjame caer al abismo. Y permíteme recibir en la frente, como último regalo de la
vida, el beso seco de la roca inerte.

La apoteosis de un héroe

Su guarida era perfecta: sin ser vista, ella podía ver hasta el más lejano grano de
arena, la más ínfima brizna de hierba que creciera en las lindes de la pavorosa
llanura de Cistene, su dominio.
A diferencia de los otros, él llegó por los aires, pero su intención era la misma:
matarla. Vio cada centímetro de su piel de blanco mármol palpitante, cada negro
vello de su torso semidesnudo, cada rizo oscuro de su cabello, la armonía perfecta
de su rostro y de su cuerpo, blanco y rosa.
Nunca antes había sentido esa rara opresión en el pecho. Lo supo entonces.
No, a él no lo convertiría en una escultura más de su jardín secreto. No sería ella la
que diera fin a esa divina belleza. Longividente, escudriñaba también en el
futuro: vio su propia y horrida testa pendiente de la égida de la diosa. Lo vio a él,
héroe triunfante por haber matado al monstruo elevado a la categoría de los dioses.
Y todo gracias a ella, a su sacrificio.
Rápidamente y en silencio urdió la trama. Lo vio descender sigilosamente desde los
aires, lo vio llegar, acercarse, introducirse a la cueva. Ella fingió dormir, fingió la
modorra de quien acaba de despertar, atolondrada. No, no lo miraría a los ojos pues
lo mataría. Se fingió aturdida por el mezquino e inútil brillo del escudo.
Por último, Medusa estiró su largo cuello, permitiendo que éste fuera cercenado por
la espada blandida por la mano de Perseo.

Infieles difuntos

Eran los lluviosos días de otoño. El frío nocturno, que siempre había disfrutado, ahora tenía un efecto extraño en Isabel: le dejaba la sensación de no alcanzar el sueño profundo. Se pasaba las horas en duermevela y andaba toda la jornada diurna como si no tocara suelo. La noche anterior había sido así.

Durante el día se atareó en sus quehaceres domésticos y, ya cerca de la medianoche, se acostó en la cama y comenzó a hojear distraídamente el periódico. Una inmensa foto en la portada mostraba en primer plano los macizos de flores de los vendedores a la entrada del panteón. Era 2 de noviembre, Día de Muertos.

Se abstrajo tanto en el amarillo, el naranja, el rojo, el verde de las plantas, que de repente le llegó al olfato el olor penetrante de los cempasúchiles y, un poco más tenue, el de la Mano de León. Le sorprendió el hecho, pero lo minimizó, pensando que era una ilusión de su cerebro insomne.

Siguió leyendo. Unas 60 mil personas visitarían durante el día los camposantos locales. No estaría entre ellas. Pensó vagamente en su matrimonio sin hijos, en Abel, su esposo muerto muy joven en servicio, hacía ya casi 25 años. No recordaba ni el sitio de la tumba. La última vez que fue se perdió entre los vericuetos del cementerio y dio por concluido el asunto.

Hizo a un lado sus pensamientos sacudiendo la cabeza y volvió a la lectura del diario. Pasó una página y otra página, pero nada de lo que leía le interesaba. En cambio, le llamaron la atención algunos anuncios. Vio el de una zapatería y, con mayor intensidad que antes, le llegó a la nariz el tufo a calzado nuevo.

-¡Bueno!- se dijo- esto ya es inaceptable-. Seguramente era su mal dormir, su falta de sueño. Aun así, quiso probar. Cerró los ojos y pasó los dedos sobre la imagen del par de zapatos masculinos. Lenta, pero claramente, fue sintiendo el aterciopelado de la gamuza, nuevamente el olor a cuero.Inquieta y no, dio vuelta a la página. El desplegado a doble plana de una mueblería inundó la habitación con olor a caoba, cedro, pino. Pasó los dedos sobre las páginas lustrosas, los retiró, los frotó unos contra otros y los encontró pegajosos; se los llevó a la nariz y corroboró: era resina. ¡No lo podía creer!

-¡Hacía ya tanto tiempo…!

Al aventar el periódico sobre la cama vio desprenderse de la portada algunas olorosas hojitas de cempasúchil. Las recogió, las estrujó, las olió y tomó su decisión. Se acomodó la bata, se atusó el pelo, se dio un vistazo rápido en el espejo –se encontró pasablemente guapa a sus 50-, abandonó la recámara y se dirigió a la sala, donde tenía su altar de muertos.

Desde una foto antigua –sepia por el tiempo–, la miraba de cuerpo entero el joven militar que había sido su marido. A la débil cintilación de la luz de las veladoras tomó el retrato, se acomodó en el sofá y cerró los ojos. Acarició sutilmente la superficie de la imagen y, poco a poco, muy tenuemente al principio, le fue llegando el olor a la colonia del extinto. Comenzó a percibir en las yemas de los dedos la suavidad del rostro, la sedosidad del cabello, las callosidades de las manos.

Palpó la urdimbre del uniforme al extender sus exploraciones por el tórax, los brazos y las piernas; se demoró en la palpitante tibieza de la ingle… Súbitamente, una garra se apoderó de su pecho.

Sorprendida, abrió los ojos y rompió el hechizo: para ella y para él. Aunque reconocible, Abel encontró a su exmujer vieja y ajada, sin encantos. Retiró lentamente la mano de su seno, lanzó una mirada de circunstancia a la sala, al altar de muertos, a la foto que sostenía la mujer y comprendió de golpe.

Una frase alcanzó a escupir el miliciano:

-Igualita a tu madre. ¡Bruja!

Ella, iracunda, rompió el retrato.

Y Abel se disipó en el aire.

 

Encriptado en sangre

Hacía tres noches que su insomnio lo había detectado. Mientras escuchaba desde la cama las delicadas composiciones de Chopin que reproducía la computadora, la lámpara del techo comenzó a encenderse y apagarse con tímidas intermitencias de luces navideñas.

   “Un falso contacto o un fallo en el suministro de energía”, pensó él, levantándose y yendo a verificar si en las otras habitaciones del departamento ocurría lo mismo. No, sólo en su recámara sucedía. No tendría que cambiar toda la instalación sino solo algún contacto en su cuarto. El intermitentemente parpadeo alternaba golpes de luz y oscuridad.

    Él, que no viajaba para no tener que escuchar el inconfundible ajetreo nocturno de los hoteles que no lo dejaba dormir; él, que solo podía dormir en su recámara, y él que, inútilmente, tomaba pastillas para rendirse al sueño, ahora tenía que soportar estas intermitencias en su propio cuarto. Siempre había sido de dormir ligero, pero su insomnio se había agudizado a raíz de la enfermedad de su hijo.

Frida en Coatza

Mi amigo alemán de intercambio, Hans, me pidió que lo llevara a la Casa Azul, el
museo de la celebérrima Frida Kahlo. ¿La razón? Un par de meses atrás, cuando
recién llegó al Colegio Alemán de la Ciudad de México, nos hicimos grandes amigos
al descubrir que teníamos una común afición por el dibujo y la pintura. De inmediato
le platiqué de mi admiración por Frida. Al principio, él se interesó en ella intrigado por
el nombre germánico de una pintora tan definitivamente mexicana. Pronto la apreció
por la singularidad de su vida y de su obra.
Aunque no era, ni de lejos, la primera vez que yo iba a ese museo, ahora me
acompañaba alguien que compartía mi entusiasmo.
Llegamos a Coyoacán en pesero. Tras caminar un sudado par de cuadras
arribamos a la institución. Hacía calor. Corría 1986 y teníamos 14 años. El país era
otro. Era menos inseguro y se vivía de diferente manera.
En la sala principal del museo, casi a un lado de la puerta de entrada, se hallaba
entonces un mostradorcillo donde se resguardaba el solitario vigilante. Pero cuando
digo vigilante no estoy hablando de un fortachón uniformado con un arma, sino de un
señor que era más bien como el encargado del lugar.
Pues bien, todavía no pasábamos de esta sala cuando con la mayor discreción
posible, el guardia se dirigió a mí:
-¡Oye muchacho! ¡Ven!-, murmuró.

Los olvidos

Su memoria fue siempre excepcional, rayando en lo prodigioso. Recordaba al dedillo
los pormenores de sus más tiernos años de infancia, las complicaciones de su
adolescencia, sus inquietudes de joven adulto. Como estudiante ocupó siempre, sin
excepción, el primer lugar  en el cuadro de honor, así es que pasó con éxito de la
escuela al desempeño laboral. Luego de unos años de trabajo y esfuerzo, a los 28 ya
era editor en un diario de circulación nacional.
De familiares, amigos y colegas recordaba teléfonos, direcciones, cumpleaños,
gustos. En las fiestas, cuando se lo permitían, recitaba capítulos enteros de sus
libros favoritos, extensos poemas. Su favorito era Muerte sin fin, de Gorostiza. A
saber por qué. Rememoraba conversaciones completas y eso facilitaba su trabajo
periodístico.
En su cerebro, sin embargo, extraños y desconocidos procesos neuronales fueron
produciendo lenta, casi inadvertidamente, inconsistencias que se tradujeron, al
principio, en pequeños e inocuos olvidos. Evocaba un libro pero se le escapaba el
nombre del autor, una película y olvidaba el nombre del protagonista; la información
se le quedaba “en la punta de la lengua”. Tenía algunos desconcertantes despistes:
olvidaba el maletín, su libreta de notas, dónde había dejado la pluma, el nombre de
un colega.

33 grados a la sombra

Casi las 14:00 horas. Alrededor del mediodía desperté. Un silencio que no dice nada. En la lengua nicotina y cafeína. En cuerpo y pi...