viernes, 8 de abril de 2022

Alguien voló sobre el nido del cuco


Ken Kesey

(Fragmento: 'una orgía de picotazos')

La Gran Enfermera lo observa todo desde su ventana. Lleva sus buenas tres horas sin moverse de su puesto frente a esa ventana, ni siquiera ha salido a comer. Retiran todas las mesas de la sala de estar y, a la una en punto, el doctor sale de su oficina, al fondo del pasillo, saluda con la cabeza a la enfermera al pasar junto a la ventana donde ésta se halla apostada y se sienta en su silla, justo a la izquierda de la puerta. Después toman asiento los pacientes, luego entran las enfermeras auxiliares y los internos. Cuando todo el mundo está instalado, la Gran Enfermera se aparta de su ventana, se dirige a la parte posterior de la Casilla de las Enfermeras, al panel lleno de indicadores y botones y conecta una especie de piloto automático que cuidará de todo durante su ausencia y pasa a la sala de estar, con el cuaderno de bitácora y el cesto lleno de papeles en la mano. Aunque ya lleva aquí media jornada, su uniforme sigue almidonado y tieso y no se le marca ni una curva; los pliegues crujen ásperamente con un chasquido que hace pensar en una lona helada al doblarla.

Se sienta justo a la derecha de la puerta.

En cuanto está sentada, el Viejo Pete Bancini se levanta de un salto y comienza a menear la cabeza y a murmurar:

—Estoy cansado. Huy. Dios mío. Oh, estoy terriblemente cansado... — como suele hacer siempre que en la galería hay un recién llegado que tal vez esté dispuesto a escucharle.

La Gran Enfermera no mira a Pete. Está repasando los papeles que lleva en el cesto.

—Que alguien se siente junto al señor Bancini —dice—. Tranquilícenlo para que podamos comenzar la reunión.

Lo hace Billy Bibbit. Pete se ha vuelto hacia McMurphy y va girando la cabeza de un lado a otro como si fuese la señal indicadora de un paso a nivel. Trabajó treinta años en los ferrocarriles; ahora está completamente destrozado pero sus recuerdos aún siguen vivos.

—Ca-a-ansado —dice, mientras agita la cabeza en dirección a McMurphy.

—Tranquilo, Pete —dice Billy, y le pone una mano pecosa sobre la rodilla. —... Terriblemente cansado...

—Lo sé, Pete —palmea la huesuda rodilla y Pete cambia de expresión, comprende que nadie va a escuchar sus quejas hoy.

La enfermera se saca el reloj y mira el reloj de pared de la galería, le da cuerda al suyo y lo coloca en el cesto de modo que pueda verlo. Saca una carpeta del cesto.

—Y bien, ¿empezamos la reunión?

Mira a su alrededor para comprobar si hay alguno que parezca dispuesto a interrumpirla y no deja de sonreír mientras hace girar la cabeza dentro del cuello del uniforme. Los chicos rehúyen su mirada; todos se miran las uñas. Excepto McMurphy. Se ha agenciado un sillón en el rincón, se ha sentado en él como si fuese su propietario y vigila todos los gestos de la enfermera. Aún lleva puesta la gorra, muy encajada en la cabeza pelirroja como si fuese un corredor de motos. La baraja que tiene en el regazo se abre en abanico y luego se cierra con un chasquido que resuena en medio del silencio. Los ojos de la enfermera se detienen un segundo sobre su persona. Le ha estado observando jugar al póquer toda la mañana y, aunque no ha presenciado intercambio alguno de dinero, intuye que no es exactamente un tipo que se contente con apostar sólo cerillas, como es norma en la galería. La baraja susurra al abrirse, vuelve a cerrarse con un chasquido y luego desaparece en una de esas grandes palmas.

La enfermera lanza otra ojeada al reloj y, de la carpeta que tiene en la mano, saca una hoja de papel, la mira y vuelve a guardarla. Deja la carpeta y coge el cuaderno de bitácora. Ellis, en su sitio de la pared, tose; ella espera a que acabe.

—Bien. Al finalizar la reunión del viernes... estábamos discutiendo el problema del señor Harding... con respecto a su joven esposa. Había declarado que su esposa está dotada de abundante pecho y que ello le molestaba porque atraía las miradas de los hombres en la calle.

Comienza a abrir el cuaderno de bitácora por distintas páginas; del cuaderno sobresalen trocitos de papel que sirven de indicadores.

—Según las anotaciones que diversos pacientes han efectuado en el cuaderno, han oído decir al señor Harding que «es evidente que ella provocaba las miradas de esos cerdos». También le han oído decir que tal vez él le dio motivos para buscar otras atenciones sexuales. Se le ha oído decir, «Mi dulce aunque ignorante esposa considera que cualquier palabra o gesto que no huela a músculo y brutalidad es una muestra de débil afeminamiento».

Sigue leyendo el cuaderno en voz baja durante un rato, luego lo cierra.

—También ha afirmado que el pronunciado pecho de su esposa le causa a veces un sentimiento de inferioridad. Bien. ¿Alguien desea seguir tocando este tema?

Harding cierra los ojos y nadie dice nada. McMurphy mira a los tipos que le rodean, como esperando a ver si alguien le contesta a la enfermera, luego levanta la mano y hace chasquear los dedos, como los niños en la escuela; la enfermera le invita a hablar con un gesto.

—¿Señor... mmm... McMurry?

—¿Tocar qué?

—¿Qué? Tocar...

—Creo haber entendido que preguntaba, «Alguien desea seguir tocando...»

—Tocando el... tema, señor McMurry, el tema, el problema del señor Harding con su esposa.

—Oh. Creí que se refería a seguir tocándola a ella o... otra cosa.

—Bueno qué...

Pero se interrumpe. Durante un par de segundos, casi pareció confundida. Algunos Agudos sonríen a hurtadillas y McMurphy se despereza, bosteza y le hace un guiño a Harding. Luego la enfermera, como si nada, vuelve a guardar el cuaderno de bitácora en el cesto, saca otra carpeta, abre y comienza a leer.

—McMurry, Randell Patrick. Internado a petición de la Granja Correccional de Pendleton. Diagnóstico y posible tratamiento. Treinta y cinco años de edad. Soltero. Cruz al Mérito Militar en Corea, por haber encabezado una evasión de un campo de prisioneros comunista. Después, licenciado sin honores, por insubordinación. Sigue a ello todo un historial de riñas callejeras y peleas de bar y una serie de detenciones por Embriaguez, Agresión y Desacato, Perturbación del Orden, reincidencia en la práctica ilegal de juegos de azar y una detención... por Violación.

—¿Violación?

El doctor levanta la cabeza.

—Punible según la ley, con una chica de...

—Bah. No pudieron probarlo —le dice McMurphy al doctor—. La chica no quiso declarar.

—Con una niña de quince años.

—Dijo que tenía diecisiete, doctor, y parecía muy bien dispuesta.

—El examen del médico forense del Juzgado reveló que la niña había sido penetrada, varias veces, el informe establece...

—Tan bien dispuesta, a decir verdad, que tuve que coserme la bragueta.

—La niña se negó a declarar pese al resultado del examen médico. Al parecer hubo intimidación. El acusado salió de la ciudad poco después del juicio.

—Ésa sí que es buena, tuve que irme, doctor, deje que le explique —se inclina hacia adelante, apoya un codo sobre la rodilla y baja la voz para hablarle al doctor a través de la habitación—, esa putilla hubiera acabado por destrozarme antes de alcanzar la edad legal. Acabó pisoteándome y dejándome tirado como una piltrafa.

La enfermera cierra el dossier y se lo pasa al doctor que está al otro lado de la puerta.

—Nuestro nuevo Ingreso, doctor Spivey —tal como si tuviera a un hombre doblado en aquella carpeta amarilla y pudiera pasárselo al otro para que lo examinase.

—Pensé que más tarde podría informarle al respecto, pero dado que parece insistir en llamar la atención en la Reunión de Grupo, podríamos ocuparnos de él aquí mismo.

El doctor tira del cordón y extrae sus gafas del bolsillo del abrigo, se las encaja sobre la nariz. Le resbalan un tanto hacia la derecha, pero él ladea la cabeza hacia la izquierda y las endereza. Mientras va pasando las hojas del dossier sonríe un poco como, si la desenvoltura del recién llegado le picase la curiosidad tanto como a todos los demás, pero, como todos los demás, se cuida de no delatarse y procura no reír. El doctor cierra el dossier cuando termina de leerlo y vuelve a guardarse las gafas en el bolsillo. Mira hacia el lugar donde McMurphy sigue inclinado como escuchándole, a través de la habitación.

—Parece que... ése es todo su... historial psiquiátrico, señor McMurry.

—McMurphy, doctor.

—¿Oh? Me ha parecido... la enfermera dijo...

Vuelve a abrir el dossier, extrae las gafas, examina unos minutos más el historial, luego la cierra y se guarda otra vez las gafas en el bolsillo.

—Sí. McMurphy. Tiene razón. Le ruego me perdone.

—No importa doctor. La culpa es de la señora, ella se equivocó primero. He conocido a gente que tenía tendencia a hacer eso. Un tío mío, que se llamaba Hallahan, salió una vez con una mujer que a cada momento fingía no recordar su nombre y le llamaba Hooligan, sólo para irritarle. La cosa duró varios meses hasta que la metió en cintura. Y lo hizo en serio, ya lo creo.

—¿Oh? ¿Cómo la corrigió? —preguntó el doctor.

McMurphy hace una mueca y se frota la nariz con el pulgar.

—Ah-ah, bueno, no puedo ir pregonándolo. Siempre he guardado el más riguroso secreto sobre el método del tío Hallahan, por si necesito recurrir a él algún día, ¿comprende?

Lo dice con la mirada fija en la enfermera. Ella le devuelve la sonrisa y él mira al doctor.

—Bueno, ¿qué me preguntaba de mi historial, doctor?

—Sí. Estaba pensando si tendría algún antecedente psiquiátrico. ¿Algún análisis, una temporada en otra institución?

—Bueno, si incluimos los calabozos provinciales y locales...

—Instituciones mentales.

—Ah. Si se refiere a eso, no. Es mi primera experiencia. Pero estoy loco, doctor. Le juro que lo estoy. Bueno, a ver... deje que le muestre. Creo que el otro doctor, el del centro de trabajo...

Se levanta, desliza la baraja en el bolsillo de su chaqueta y cruza la sala para inclinarse sobre el hombro del doctor y hojear el dossier que éste tiene en el regazo.

—Creo que escribió algo, al dorso de no sé qué...

—¿Sí? Se me ha pasado por alto. Un momento.

El doctor extrae otra vez las gafas, se las pone y mira donde le indica McMurphy.

—Aquí, doctor. La enfermera se saltó esta parte al resumir mi historial. Donde dice, «El señor McMurphy ha manifestado repetidas», sólo quiero asegurarme de haberlo entendido bien, doctor, «repetidas explosiones temperamentales que sugieren un posible diagnóstico de psicopatía». Me dijo que «psicopatía» significa que riño y jo... —perdón, señora— significa que demuestro excesivo entusiasmo en mis relaciones sexuales. ¿Eso es grave doctor?

Al preguntarlo, aparece en su ancha y tosca cara una mirada tal de infantil preocupación e interés que el doctor no tiene más remedio que inclinar un poco la cabeza, para ocultar una risita, y entonces las gafas pierden el centro de gravedad, resbalan de la nariz y van a parar nuevamente a su bolsillo. Ahora, sonríen también todos los Agudos e incluso algunos Crónicos.

—Me refiero a ese excesivo entusiasmo, doctor, ¿lo ha sufrido usted alguna vez?

El doctor se frota los ojos.

—No, señor McMurphy, debo reconocer que no. Sin embargo, considero interesante que el médico del centro de trabajo añadiera este comentario: «Tener en cuenta la posibilidad de que este hombre esté fingiendo una psicopatía para escapar a la monotonía del trabajo en la granja».

Mira a McMurphy.

—¿Qué dice a eso, señor McMurphy?

—Doctor... —se incorpora en toda su altura, frunce el entrecejo y abre los brazos, en un gesto sincero y honrado dirigido a todo el mundo—, ¿parezco yo un hombre cuerdo?

El doctor está haciendo tales esfuerzos para no volver a reírse que no puede responder. McMurphy gira sobre sí mismo y, apartando la vista del doctor, pregunta otra vez lo mismo a la Gran Enfermera:

—¿Lo parezco?

En vez de responder, ella se levanta, coge el dossier de manos del doctor y vuelve a guardarlo en el cesto, debajo de su reloj. Se sienta de nuevo.

—Doctor, tal vez debería explicar al señor McMurry el funcionamiento de estas Reuniones de Grupo.

—Señora —dice McMurphy—, ¿le he contado lo de mi tío Hallahan y la mujer que pronunciaba mal su nombre?

Ella se queda mirándolo largo rato sin su sonrisa habitual. Tiene la habilidad de convertir su sonrisa en cualquier expresión que decida emplear para impresionar a alguien, pero su aspecto no varía, sigue mostrando una expresión calculada y mecánica destinada a servir sus fines. Por fin dice:

—Le ruego me perdone, Mack-Murphy.

Se vuelve nuevamente hacia la puerta.

—Ahora, doctor, si pudiera explicarle...

El doctor junta las manos y se reclina en la silla.

—Sí. Supongo que, en realidad, ahora que se ha planteado el tema, debería explicarle toda la teoría de nuestra Comunidad Terapéutica. En general, suelo esperar un poco. Sí. Una buena idea, señorita Ratched, una idea estupenda.

—La teoría también, desde luego, doctor, pero yo me refería más bien a la norma según la cual los pacientes deben permanecer sentados mientras dure la reunión.

—Sí. Claro. Después le explicaré la teoría. Señor McMurphy, una de las cosas más importantes es que los pacientes permanezcan sentados durante la sesión. Es la única forma de mantener el orden, ¿comprende?

—Claro, doctor. Sólo me levanté para enseñarle esa anotación de mi dossier.

Vuelve a su silla, se despereza otra vez y bosteza, se sienta y sigue revolviéndose un rato como un perro que intenta acomodarse. Cuando se ha instalado, mira al doctor y espera.

—En cuanto a la teoría...

El doctor emite un largo suspiro de satisfacción.

—¡Joder a la mujer! —dice Ruckly.

McMurphy se tapa la boca con el dorso de la mano y le susurra a Ruckly que está al otro lado de la sala:

—¿La mujer de quién?

Y entonces se levanta la cabeza de Martini, con los ojos muy abiertos, desorbitados.

—Sí —dice—, ¿la mujer de quién? Oh. ¿Ésa? Sí, puedo verla. Síiii.

—Daría un potosí por tener los ojos de ese hombre —dice McMurphy, refiriéndose a Martini, y luego no vuelve a abrir boca en toda la reunión. Se limita a quedarse sentado observando y sin perderse nada de lo que pasa ni palabra de lo que se dice. El doctor se lanza a exponer su teoría hasta que por fin la Gran Enfermera decide que ya ha pasado bastante rato y le pide que se calle para poder seguir con Harding, y se pasan el resto de la reunión hablando de eso.

Un par de veces, McMurphy se incorpora en su silla como si tuviera algo que decir, pero cambia de parecer y vuelve a recostarse. Su rostro va adquiriendo una expresión de asombro. Algo raro sucede aquí, comienza a descubrirlo. No consigue saber exactamente qué es. ¿Por qué no se ríe nadie? Estaba seguro de que se oiría una carcajada cuando le preguntó a Ruckly, «¿La mujer de quién?», pero nada. El aire queda comprimido por las paredes, demasiado hermetismo para una carcajada. Resulta extraño este lugar donde los hombres no se relajan ni ríen, es curiosa su manera de someterse a esa matrona sonriente de cara enharinada con un rojo de labios demasiado intenso y unos senos desmesurados. Y piensa que más vale seguir un rato a la expectativa para ver qué pasa en aquel paraje desconocido antes de intentar ninguna treta. Es una buena norma para un jugador avisado: observar un rato el juego antes de tentar una mano.

He oído tantas veces esa teoría de la Comunidad Terapéutica que soy capaz de repetirla del derecho y del revés: que un tipo primero tiene que aprender a desenvolverse en un grupo y sólo después será capaz de funcionar en una sociedad normal; que el grupo puede ayudar al tipo dándole a entender cuáles son sus fallos; que la sociedad es la que decide quién está cuerdo y quién no y, por tanto, es preciso pasar la prueba. Cuánta verborrea. Cada vez que llega un nuevo paciente a la galería, el doctor se lanza de lleno a exponer la teoría; de hecho ésas son las únicas ocasiones en que toma las riendas y se pone al frente de la reunión. Explica que la Comunidad Terapéutica tiene por objeto conseguir una galería democrática, completamente gobernada por los pacientes y por sus votos, y que se esfuerza por formar unos ciudadanos dignos, capaces de volver a salir a la calle, al Exterior. Cualquier pequeño problema, cualquier queja, cualquier cosa que uno quiera modificar, dice, debe ser expuesta al grupo y discutida en vez de dejar que nos corroa por dentro. Uno también debería sentirse lo suficientemente seguro como para discutir con franqueza sus problemas emocionales en presencia de los pacientes y el equipo médico. Hablar, dice, discutir, confesar. Y si durante las conversaciones cotidianas uno oye a un amigo decir algo interesante, debe anotarlo en el cuaderno de bitácora para conocimiento del equipo. No es «chivarse», como dicen en las películas, es ayudar a un semejante. Sacar a relucir esos viejos pecados para poder lavarlos a la vista de todos. Y participar en la Discusión de Grupo. Ayudarse y ayudar a los amigos a hurgar en los secretos del subconsciente. No debería haber secretos entre amigos.

Nuestro propósito, suele decir a guisa de conclusión, es que este sitio se parezca lo más posible a sus propios barrios, libres y democráticos, que sea un pequeño mundo en el Interior, prototipo a escala reducida del gran mundo Exterior en el que algún día volverá a ocupar su lugar.

Es posible que desee añadir algo, pero la Gran Enfermera suele hacerle callar cuando llega más o menos a este punto y el bueno de Pete que se había sosegado se levanta y menea esa cabeza que parece un abollado cacharro de cobre y comienza a explicar a todo el mundo cuan cansado está, y la enfermera indica a alguien que también le haga callar para que pueda proseguir la reunión, y en general Pete cierra la boca y continúa la reunión.

Que yo recuerde, sólo una vez, hará cuatro o cinco años, las cosas ocurrieron de otro modo. El doctor había concluido su discurso y la enfermera dijo sin más preámbulos:

—Bueno. ¿Quién empieza? Suelten todos sus viejos secretos.

Y todos los Agudos cayeron en un trance cuando se quedó veinte minutos sentada sin decir palabra después de la pregunta, inmóvil como una alarma eléctrica dispuesta a sonar en cualquier momento, aguardando que alguien comenzase a explicar algo sobre sí mismo. Sus ojos iban de uno a otro con la regularidad de un faro. La sala de estar permaneció veinte minutos sumida en un tenso silencio, con todos los pacientes pasmados en sus sitios. Transcurridos esos veinte minutos, la enfermera miró su reloj y dijo:

—¿Es que ninguno de ustedes ha cometido alguna vez un acto que aún no haya admitido? —Extendió la mano hacia el cesto para coger el cuaderno de bitácora—. ¿Quieren que repasemos el historial?

Eso puso en movimiento algún mecanismo, algún artilugio acústico instalado en las paredes, dispuesto para que se pusiera en marcha en el momento en que su boca pronunciara esas palabras. Los Agudos se irguieron. Abrieron la boca al mismo tiempo. Los ojos inquisidores de la enfermera se detuvieron en el primer hombre que atisbaron junto a la pared.

Su boca articuló:

—Robé la recaudación en una gasolinera.

Pasó al siguiente.

—Intenté acostarme con mi hermana pequeña.

Sus ojos señalaron al hombre que venía a continuación; todos fueron saltando como blancos de feria.

—U-na vez... quise acostarme con mi hermano.

—Maté a mi gato cuando tenía seis años. Oh, que Dios me perdone, lo maté a pedradas y dije que había sido el vecino.

—Mentí cuando dije que lo intenté. ¡Me acosté con mi hermana!

¡Yo también! ¡Yo también!

¡Y yo! ¡Y yo!

Había resultado mejor de lo que imaginara. Ahí estaban todos gritando y compitiendo a ver quién decía la mayor atrocidad, y seguían y seguían — imposible detenerlos— seguían contando cosas que luego les harían avergonzarse para siempre ante los demás. La enfermera iba haciendo gestos de aprobación a cada confesión y decía «Eso, eso, eso».

Después el viejo Pete se levantó de un salto.

—¡Estoy cansado! —gritó, con un vigoroso, airado, tono metálico que nadie había oído hasta entonces en su voz.

Todos callaron. Se sentían un poco avergonzados. Como si de pronto el viejo hubiera dicho algo real y verídico y de importancia y hubiera dejado en ridículo todo su infantil griterío. La Gran Enfermera estaba furiosa. Dio media vuelta y le fulminó con la mirada, mientras la sonrisa le chorreaba barbilla abajo; todo iba tan bien.

—Que alguien se ocupe del pobre señor Bancini —dijo.

Se levantaron dos o tres. Intentaron tranquilizarlo, le dieron palmaditas en el hombro. Pero Pete no tenía intención de callar.

—¡Cansado! ¡Cansado! —seguía repitiendo.

Finalmente, la enfermera hizo que uno de los negros lo retirara a la fuerza de la sala de estar. Sin acordarse de que los negros no ejercían ningún control sobre tipos como Pete.

Pete es un Crónico congénito. Aunque no llegó al hospital hasta mucho después de cumplidos los cincuenta, siempre fue un Crónico. Su cabeza presenta dos grandes incisiones, una a cada lado, donde el médico que asistía a su madre en el parto le pinzó en un intento de ayudarle a salir. Pete ya había echado un vistazo y, al ver todos los aparatos que le esperaban en la sala de partos, había comprendido, en cierto modo, en qué mundo iba a nacer y se había aferrado con todas sus fuerzas, en un intento de eludir el nacimiento. El doctor metió la mano y le agarró por la cabeza con un triste par de pinzas de hielo, y le sacó de un tirón, convencido de que todo estaba resuelto. Pero Pete aún tenía la cabeza demasiado tierna, y blanda como la arcilla, y cuando se le endureció, allí estaban las dos señales que le habían hecho las pinzas. Y ello le dejó atontado hasta el punto de que ahora tenía que poner todo su empeño, concentración y fuerza de voluntad para hacer cosas que un crío de seis años podía realizar sin dificultad.

Pero tenía una ventaja: su simpleza de espíritu le salvó de las garras del

Establecimiento. No pudieron ponerlo en un molde. Conque le permitieron ejercer una tarea simple en los ferrocarriles, donde se limitaba a permanecer sentado en una casucha de madera, campo adentro, en un cruce poco transitado y a agitar una lámpara roja al paso de los trenes cuando las agujas estaban en una posición, una lámpara verde cuando estaban en la otra, y una amarilla cuando había un tren un poco más adelante. Y lo hizo con una fuerza vital, visceral, que no lograron eliminar de su cabeza, ahí, solo en aquel cruce. Y nunca le instalaron ningún control.

Por esa razón el negro no tenía ninguna autoridad sobre él. Pero al pronto el negro no pensó en ello, como tampoco se le ocurrió a la enfermera cuando ordenó que sacaran a Pete de la sala de estar. El negro se le acercó sin rodeos y al igual que se tira de las riendas de un caballo de labor para hacerle dar la vuelta, le retorció el brazo, dirigiéndose a la puerta.

—Venga, Pete. Vamos al dormitorio. Estás molestando a todo el mundo.

Pete se zafó.

—Estoy cansado —dijo en tono de advertencia.

—Venga, hombre, estás armando un follón. Vamos, a la cama y a portarse bien.

—Cansado...

—¡He dicho al dormitorio!

El negro le retorció otra vez el brazo y Pete dejó de menear la cabeza. Se puso muy tieso y sus ojos destellaron con viveza. Pete suele tener los ojos entrecerrados y muy nublados, como si estuvieran llenos de leche, pero en ese momento aparecieron despejados como un neón azul. Y la mano comenzó a hinchársele en el extremo del brazo que sujetaba el negro. El personal y la mayoría de los pacientes estaban charlando entre sí, sin prestar la menor atención a aquel viejo y su conocida cantinela de que estaba cansado, suponían que se había calmado como de costumbre y que pronto continuaría la reunión. No vieron cómo en el extremo del brazo se iba hinchando la mano mientras el viejo abría y cerraba el puño. Sólo yo lo vi. Contemplé cómo se hinchaba y cómo se cerraba el puño, la vi fluir ante mis ojos, aflojarse, endurecerse. Una gran bola de hierro oxidado en el extremo de una cadena. Me quedé mirándola y esperé, mientras el negro le retorcía otra vez el brazo a Pete, empujándolo hacia el dormitorio.

—Oye, dije que debías...

Vio la mano. Intentó esquivarla, al tiempo que decía: —Eres un buen chico, Pete—, pero era un segundo demasiado tarde. Pete hizo oscilar aquella bola de hierro desde la altura de sus rodillas. El negro cayó redondo contra la pared y se quedó allí aplastado, luego resbaló hasta el suelo como si la pared estuviera engrasada. Oí explosiones y cortocircuitos en los tubos instalados en el interior de esa pared y el estucado se resquebrajó justo en el lugar del golpe.

Los otros dos —el enano y el otro negro grande— se quedaron estupefactos. La enfermera chasqueó los dedos y los negros, en un gesto de reflejo, se pusieron en movimiento. El pequeño al lado del otro, como su imagen en un espejo reductor. Casi habían llegado junto a Pete cuando, de pronto, advirtieron lo que debió haber sabido el otro, que Pete no estaba conectado al sistema de control como todos los demás, que no iba a someterse simplemente porque le dieran una orden o le retorcieran el brazo. Si querían llevárselo deberían domeñarlo como si fuese un oso o un toro salvaje y ahora que uno de ellos yacía inconsciente en el suelo, los otros dos negros no querían arriesgarse.

Los dos pensaron lo mismo y al mismo tiempo y se quedaron paralizados, el negro grande y su diminuta imagen, exactamente en la misma posición, con el pie izquierdo en el aire, la mano derecha extendida, a medio camino entre Pete y la Gran Enfermera. Entre aquella bola de hierro que se balanceaba delante y la blanca ira nívea detrás, comenzaron a temblar y a echar humo y pude oír un crujido de engranajes. Podía verles temblar de confusión, como máquinas lanzadas a todo gas pero con el freno puesto.

Pete estaba de pie ahí, en medio de la habitación y balanceaba aquella bola que le colgaba de un costado, completamente ladeado por su peso. Todos se habían quedado mirándole. Escudriñó al negro grande y luego al pequeño y cuando vio que no se acercarían más se volvió hacia los pacientes.

—Lo veis... pura farsa —les dijo—, pura farsa.

La Gran Enfermera se había deslizado de su silla y avanzaba cautelosamente hacia su cesto de mimbre que estaba apoyado contra la puerta.

—Sí, sí, señor Bancini —canturreó—, ahora, cálmese...

—Eso es, pura farsa.

Su voz perdió el vigor metálico y adquirió un tono forzado e imperioso como si no le quedara tiempo para acabar lo que deseaba decir.

—Fijaos bien, yo no puedo hacer nada, no puedo... no lo veis, yo nací muerto. Vosotros no. No nacisteis muertos. Ahhh, ha sido difícil...

Comenzó a llorar. Ya no lograba articular las palabras; abría y cerraba la boca para hablar, pero ya no podía organizar las palabras en frases. Agitó la cabeza para aclararse las ideas e hizo un guiño a los Agudos.

—Ahhh, yo... yo... os digo.

Comenzó a encogerse otra vez y su bola de hierro volvió a recuperar la forma de una mano. La extendía ahuecando la palma como si ofreciera algo a los pacientes.

—Yo no puedo hacer nada. Era un aborto cuando nací. Me insultaron tanto que morí. Nací muerto. No puedo hacer nada. Estoy cansado. Ya no quiero seguir luchando. Vosotros podéis hacer algo. Me insultaron tanto que nací muerto. Para vosotros es fácil. Nací muerto y la vida fue dura. Estoy cansado. Cansado de hablar y de dar la cara. Llevo cincuenta y cinco años muerto.

La Gran Enfermera le acertó desde el otro extremo de la habitación, a través del uniforme verde. Después del pinchazo, se apartó de un salto sin sacar la jeringa que se quedó colgando de los pantalones como una colita de vidrio y acero, mientras el viejo Pete se inclinaba cada vez más hacia adelante, no a resultas de la inyección sino por el esfuerzo; el último par de minutos le habían agotado total y definitivamente, para siempre: bastaba mirarle para comprender que estaba acabado.

Conque la inyección no era en realidad necesaria; su cabeza ya había comenzado a balancearse y tenía los ojos turbios. Cuando la enfermera se le acercó otra vez para recuperar la jeringa estaba tan inclinado que sus lágrimas caían directamente al suelo, sin mojarle la cara, e iban manchando una gran superficie, pues meneaba la cabeza de un lado a otro; salpicones, salpicones que formaban un dibujo regular sobre el piso de la sala de estar, como si lo estuviera bordando.

—Ahhhhh —dijo.

No se movió cuando le sacó la aguja.

Había revivido, tal vez un minuto, en una tentativa de decirnos algo, algo que ninguno de nosotros deseaba oír ni procuró entender, y el esfuerzo le había dejado seco. La inyección en la cadera fue tan inútil como si se la hubiera puesto a un cadáver: faltaba un corazón que la bombease, unas venas que la llevasen a su cabeza, un cerebro que, allí arriba, pudiera sufrir con su veneno. Tanto daría que se la hubieran inyectado a un viejo cadáver reseco.

—Estoy... cansado...

—Vamos. Chicos, creo que no os falta valor, el señor Bancini se acostará como un buen chico.

—... terri-ble cansado.

—Y el Ayudante Williams está volviendo en sí, doctor Spivey. Ocúpese de él, por favor. Mire. Se le ha roto el reloj y tiene un corte en el brazo.

Pete nunca volvió a intentar nada parecido, ni volverá a hacerlo jamás. Ahora, cuando comienza a alborotar durante una reunión y procuran calmarlo, siempre calla. Sigue levantándose de vez en cuando para menear la cabeza y comunicarnos su cansancio, pero ya no lo hace en son de queja ni de excusa ni de advertencia, eso terminó; es como un viejo reloj que con las manecillas torcidas y sin números en la esfera y con la campana herrumbrada y silenciosa, ni nos dice la hora ni acaba de pararse, un viejo e inútil reloj de pared que sigue tictaqueando sin sentido alguno.

Cuando dan las dos, el grupo continúa despedazando al pobre Harding.

A las dos, el doctor comienza a agitarse en su silla. El doctor se siente incómodo en las reuniones, a menos que pueda hablar de su teoría; preferiría pasar el tiempo en su oficina y dibujar gráficas. Se agita y por último carraspea; entonces la enfermera mira su reloj y nos ordena que volvamos a traer las mesas de la sala de baños y que mañana proseguirá la discusión. Los Agudos salen en el acto, de su trance, miran un momento en dirección a Harding. Tienen la cara encendida de vergüenza como si acabaran de comprender que les han tomado el pelo una vez más. Algunos se dirigen a buscar las mesas a la sala de baños, en el otro extremo del pasillo, otros se acercan a los anaqueles de revistas y manifiestan gran interés por los números atrasados de McCall’s, pero el verdadero propósito de todos ellos es evitar a Harding. Nuevamente han sido manipulados y han acosado a uno de sus amigos como si fuese un criminal y todos ellos han ejercido funciones de fiscal, juez o jurado. Han estado despedazando a un hombre durante cuarenta y cinco minutos, casi como si fuera un placer, y lo han bombardeado a preguntas: ¿Por qué cree que no logra complacer a su dama? ¿Por qué insiste en afirmar que ella nunca ha tenido nada que ver con otros hombres? ¿Cómo espera poder curarse si no responde con sinceridad? Preguntas e insinuaciones que ahora les atormentan; y no desean que su proximidad les haga sentirse aún más incómodos.

Los ojos de McMurphy observaron todos estos movimientos. No se mueve de su silla. Otra vez parece desconcertado. Se queda un rato ahí sentado y contempla a los Agudos mientras con la baraja se rasca la roja perilla, luego acaba por levantarse del sillón, bosteza, se despereza, se rasca el ombligo con el borde de una carta, y después se guarda la baraja en el bolsillo y se acerca al rincón donde Harding se ha quedado solo, como pegado a su silla.

McMurphy se queda mirando a Harding un minuto, luego posa su manaza sobre el respaldo de una silla de madera próxima a él, la hace girar de modo que el respaldo quede frente a Harding y se sienta a horcajadas como si montara un diminuto caballo. Harding no se ha dado cuenta de nada. McMurphy se palpa los bolsillos hasta dar con sus cigarrillos, saca uno y lo enciende; lo sostiene frente a sus ojos y hace un gesto de desagrado al ver la punta mal encendida, se chupa el índice y el pulgar y rectifica el encendido.

Ambos hombres parecen no prestarse atención. Ni siquiera sabría decir si Harding ha advertido la presencia de McMurphy. Harding tiene los delgados hombros muy doblados, como alas verdes, y permanece sentado muy tieso en el borde de la silla, con las manos apretadas entre las rodillas. Mira fijo ante sí y canturrea para sus adentros, procurando mostrarse sereno; pero se muerde los carrillos y ello le presta una curiosa mueca de calavera, que no indica serenidad ni mucho menos.

McMurphy vuelve a encajarse el cigarrillo entre los dientes, cruza las manos sobre el respaldo de la silla y, al tiempo que cierra un ojo para evitar el humo, apoya la barbilla sobre ellas.

—¿Dime, amigo, es así como funcionan habitualmente estas reuniones?

—¿Habitualmente?

Harding interrumpe su canturreo. Ya no se muerde los carrillos, pero sigue con la mirada ante sí, por encima del hombro de McMurphy.

—¿Es éste el procedimiento habitual de estas funciones de Terapia de Grupo? ¿Un hatajo de gallinas en una orgía de picoteos?

Harding vuelve con brusquedad la cabeza y mira fijamente a McMurphy, como si acabara de enterarse de que tiene a alguien sentado delante. Vuelve a morderse los carrillos y, en el centro de la cara, se le marca un surco que podría inducir a pensar que sonríe. Endereza los hombros, se acomoda mejor en la silla y procura mostrarse relajado.

—¿Una «orgía de picotazos»? Me temo que conmigo su singular manera de hablar le servirá de poco, no tengo la menor idea de a qué se refiere.

—Se lo explicaré. —McMurphy alza el tono de voz; aunque parece no prestar atención a los demás Agudos, que escuchan a sus espaldas sus palabras, en realidad van dirigidas a ellos—. El gallinero descubre una mancha de sangre en el plumaje de algún pollo y todos se lanzan a picotearlo, comprende, hasta que dejan al pobre pollo convertido en un montón de huesos, plumas y sangre. Pero lo normal es que con el barullo se manchen otros pollos y entonces les toca a ellos. Y otros se manchan a su vez y son picoteados hasta morir, y así sucesivamente. Oh, una orgía de picotazos puede diezmar a todo un gallinero en cuestión de horas, amigo, lo he visto con mis propios ojos. Un espectáculo terrible. La única manera de evitarlo —tratándose de gallinas— es vendarles los ojos. Para que no vean.

Harding se enlaza una rodilla con sus largos dedos y la atrae hacia sí, mientras se recuesta en la silla.

—Una orgía de picotazos. Una hermosa analogía, sin duda, amigo.

—Para ser sincero, exactamente eso me ha recordado la reunión que acabo de presenciar, compañero. Me ha recordado un corral de sucias gallinas.

—¿Y yo sería el pollo con la mancha de sangre, verdad?

—Así es, compañero.

Siguen lanzándose sonrisas, pero han bajado tanto la voz que tengo que ponerme a barrer más cerca de ellos para poder oírles. Los otros Agudos van aproximándose también.

—¿Y quiere saber algo más, amigo? ¿Quiere saber quién da el primer picotazo?

Harding espera que siga hablando.

—Ella, la enfermera.

Por encima del silencio se oye un gemido de terror. Oigo cómo se encasquilla la maquinaria de las paredes y cómo luego, sigue funcionando. A Harding le cuesta lo suyo mantener quietas las manos, pero sigue procurando mostrarse sereno.

—Conque eso es —dice—, un procedimiento tan estúpidamente sencillo. Lleva seis horas en nuestra galería y ya ha logrado simplificar toda la obra de Freud, Jung y Maxwell Jones y la ha sintetizado en una analogía: es una «orgía de picotazos».

—No estoy hablando de Fred, Yong y Maxwell Jones, amigo, sólo estoy hablando de esa asquerosa reunión y de lo que esa enfermera y esos desgraciados acaban de hacerte. Y con saña.

—¿Lo que me han hecho?

—Eso es, lo que te han hecho. Te han hecho todo lo que han podido. Por delante y por detrás. Algo debes haber hecho tú para ganarte tal caterva de enemigos en un lugar como éste, amigo, porque lo que está claro es que son muchos los que te tienen manía.

—Pero, es increíble. ¿No tiene en cuenta para nada, absolutamente para nada, que lo que los chicos han hecho hoy es por mi propio bien? ¿Que todos los problemas o discusiones que plantean la señorita Ratched o el resto del equipo obedecen a una finalidad exclusivamente terapéutica? No debe haber escuchado ni una palabra de la teoría del doctor Spivey sobre la Comunidad Terapéutica y si lo hizo, su poca formación no le permitió comprenderla. Me ha decepcionado, amigo, oh, me ha decepcionado mucho. Nuestra charla de esta mañana me había hecho suponer que era más inteligente: tal vez algo patán, un vulgar fanfarrón con menos sensibilidad que un ganso, sin duda, pero a pesar de todo inteligente. Sin embargo, aunque suelo ser observador y perspicaz, a veces también me equivoco.

—Vete al diablo.

—Oh, claro; me olvidaba de decirle que esta mañana también he tomado nota de su primitiva brutalidad. Un psicópata con claras inclinaciones sádicas, resultado, con toda probabilidad, de una irracional egomanía. Sí. Con tanto talento natural, sin duda puede erigirse en competente terapeuta, capacitado a la perfección para criticar el procedimiento que emplea la señorita Ratched en sus reuniones, pese a que ella es una enfermera psiquiátrica muy reputada, con veinte años de experiencia. Sí, con su talento, amigo, podría efectuar milagros en el subconsciente, calmar al ello dolorido y curar al superego herido. Es probable que consiguiera curar a toda la galería, Vegetales incluidos, en sólo seis meses, damas y caballeros, o les será reembolsado su dinero.

En vez de entrar en la discusión, McMurphy se limita a mirar fijamente a Harding y por fin pregunta en tono impersonal:

—¿De verdad cree que la farsa celebrada en la reunión de hoy puede contribuir a curarle, puede hacerle algún bien?

—¿Por qué íbamos a someternos a ello si no, querido amigo? El personal está tan interesado en que sanemos como nosotros mismos. Es posible que la señorita Ratched sea una mujer madura algo estricta, pero no es una especie de monstruo del gallinero, cuyos sádicos propósitos sean sacarnos los ojos. ¿No pensará así de ella, verdad?

—No, amigo, eso no. No quiere sacarle los ojos. No es eso lo que busca.

Harding se estremece y veo que sus manos comienzan a asomar entre sus rodillas, que se arrastran como arañas blancas entre dos ramas cubiertas de musgo, y que van subiendo por las ramas hacia el tronco que las une.

—¿Los ojos no? —dice—. ¿Podría decirnos, entonces, qué busca la señorita Ratched?

McMurphy hace una mueca.

—¿Pero, no lo sabe, amigo?

—No, ¡claro que no! Quiero decir si insis...

—Quiere arrancarle las pelotas, compañero, sus queridas pelotas.

Las arañas llegan  a la juntura del tronco y ahí se quedan, temblorosas. Harding intenta sonreír, pero tiene la cara y los labios  tan pálidos que la sonrisa se difumina. Mira con fijeza a McMurphy. Éste se quita el cigarrillo de la boca y repite lo que acaba de decir.

—Las pelotas, ni más ni menos. No, esa enfermera no es una especie de monstruosa gallina, amigo, es una capadora. He conocido a miles como ella, jóvenes y viejos, hombres y mujeres. Los he visto por todo el país y en muchas casas; gente que intenta desarmar a los demás, para hacerles marcar el paso, seguir sus reglas, vivir según sus dictados. Y la mejor forma de conseguirlo, de doblegar a alguien, es cogerle por donde más duele. ¿Nunca te han dado una patada en los huevos en una pelea, amigo? ¿Te deja frío, verdad? Es lo peor que hay. Te da náuseas, te deja sin fuerzas. Cuando te enfrentas con un tipo que quiere doblegarte a base de que tú pierdas terreno en vez de intentar ganarlo él, cuidado con su rodilla, seguro que intentará darte en las partes. Y eso es lo que hace esa urraca, intenta darte en las partes.

jueves, 7 de abril de 2022

Una vez reportero, reportero siempre…


El tío Carlos siempre fue el excéntrico de la familia, por decirlo en términos amables, por decirlo nosotros, que lo queríamos, que crecimos con él, en las idas al cine, a la playa, a las librerías, a los cafés, a las salas de redacción de los periódicos locales en los que trabajó, cubriendo información general pero, más frecuentemente, nota roja. No es que le gustara, no, era demasiado sensible y lo padecía, y entonces, como escribía así, sus notas terminaban convertidas en largos reportajes de investigación, llenos de empatía por las víctimas y los deudos de los victimados, corriendo riesgos que no debía correr. Era el mejor en lo suyo. Tan bueno que, explicamos a renglón seguido, lo siguió haciendo después de muerto.

Dejó instrucciones muy precisas: sin ceremonia religiosa previa -en su primera juventud se volvió ateo-, su cuerpo debía ser cremado. Y sus cenizas enterradas en cierto punto boscoso, selvático, a un costado de la carretera que lleva a los cerros de San Martín y Santa Marta. En esa tierra fértil, sus cenizas se dividirían en dos o tres montoncitos, serían revueltas con la negra tierra, y en ellos se enterrarían semillas de ahuehuete que, al tiempo, se alimentarían también de sus cenizas. E integradas en su savia y su madera, él perduraría casi eternamente. Esos ahuehuetes crecidos producirían más semillas que al caer seguirían conservando, de alguna manera extraña su vida sin alma, en la que no creía, pero en la vida sí. Luego de lo que pasó lo estamos ya dudando. Lo de que no exista el alma, decimos. Contamos lo que pasó para que se entienda nuestra tribulación.

Aquí un paréntesis. A la corteza, las hojas y la resina del ahuehuete se le atribuyen varias propiedades curativas, sobre todo a ésta última, que los campesinos usan para úlceras, heridas, diversas enfermedades cutáneas, hasta el dolor de muelas, cabeza y reuma. Las hojas y corteza sirven para elaborar un té diurético. Por eso lo eligió nuestro tío. Porque no era un árbol inútil, parasitario, sólo de ornato, sino medicinal.

Concluida la cremación, dijimos ya que sin ceremonia religiosa, sólo con las palabras que dijimos nosotros, sus sobrinos, con auténtico dolor, nos dirigimos después al paraje selvático que, en vida, nos señaló y nos dijo que ahí quería ser enterrado. Llevando con nosotros apenas unos galones de agua, unas palas y las semillas, elegimos el lugar casi al azar, ni tan cerca ni tan alejado de la carretera, asegurando simplemente el lugar donde pudieran enraizar y eclosionar y madurar las semillas de ahuehuete.

Sin embargo, al intentar profundizar en la tierra, apenas al tercer palazo, el metal topó con algo entre reblandecido y óseo. Era un cuerpo. Por los restos de ropa supimos que era humano. Tuvimos que -apoyándonos en su agenda de periodista- hacer algunas llamadas tanto a las autoridades como a las organizaciones que encabezaban la búsqueda de desaparecidos. Nosotros sólo alcanzamos a descubrir un brazo. Los profesionales desenterraron siete cuerpos, dos menores entre ellos. Eran las víctimas de un secuestro que no se pagó al crimen organizado. Al menos eso resultó de las investigaciones.

A nosotros no nos costó trabajo explicar a las autoridades el porqué de nuestra excavación y porqué en ese sitio. Teníamos como prueba las cenizas en la urna de nuestro tío. Decidimos que, después de todo, no podríamos darle al tío sepultura en el lugar por él elegido. Al día siguiente decidimos adelantar unos kilómetros su lugar de entierro. No lo creerán ustedes pero encontramos otra fosa clandestina. Repetimos el proceso de los telefonazos, informar el porqué de nuestra actividad tanto a autoridades cómo a los grupos de búsqueda de desaparecidos.

A estas alturas nos comenzamos a preguntar si todo había sido una doble coincidencia o el alma del tío, en la que él no creía, nos estaba guiando a estos hallazgos. Porque en el tercer intento pasó lo mismo. Nuestras actividades no nos permitían seguir perpetuamente en esta búsqueda de un lugar para su descanso eterno.

Así es que luego de discutirlo, analizarlo, decidimos que el tío dejara ya de “reportear e investigar” y, quizás contrariando su voluntad, optamos por olvidarnos de las semillas de ahuehuete y de la tierra. Y aunque las cenizas, consideradas ya a estas alturas como algo mágico, brújula de fosas clandestinas, fueron solicitadas por los grupos de búsqueda, en su ansiedad por encontrar a sus desaparecidos, no accedimos a ello.

-Tío, es hora de descansar-, le dijimos en tono de ultimátum y nos dirigimos a la punta de las escolleras, donde se unen las aguas del río, dulces, y del mar, salobres, y ahí lanzamos sus cenizas a las aguas, al igual que la urna. Ahora, esperamos, descansa al fin en paz. No fueron pocos los días que permanecimos junto a su cama de agonizante antes de que, fumador empedernido, el cáncer lo matara. No es que seamos egoístas, pero es que ya necesitábamos, nosotros también, un merecido descanso.

miércoles, 6 de abril de 2022

Sintomatología

 

No corregir este texto es sólo un síntoma. Los otros son los otros. Tres, cuatro, cinco días sin bañarme; los mismos que no me rasuro ni me cepillo los dientes. Hacer sin hambre las comidas. La primera del día a las cuatro de la tarde, o, mejor, a las cinco o a las seis. Cena ligera a eso de las once y nada más. Tomar pastillas para el sueño o no llega el bien dormir. Haber perdido, porque intentaron evangelizarme, a los dos únicos que creía mis amigos pero que no lo eran. Sólo buscaban reclutarme para que sancionara sus debrayes religiosos. Vestirme de riguroso blanco y negro cuando obligado, y sólo obligado, salgo a la calle. Empezar los libros y no terminarlos. Escuchar una y otra vez las composiciones musicales, sin la crispante voz humana, de Chopin. Postergar, porque me falta fuerza, vigor, ánimo, la visita con un loquero que me dirá, en una palabra, lo que ya sé que tengo: depresión mayor. Nada nuevo. Sólo el acumulado experiencial que va desde mi infancia hasta mi jubilación. Vivir cada día me ha costado una pequeña muerte y veo, en esta, una esperanza, una cura, la respuesta definitiva a mi queja eterna con la vida. Fluoexetina quizás me recomiende, esto es, una ataraxia inducida. Que ya nada me importe, como no me importa, pero de otro modo. Una prótesis para mi psique. Algo leo sobre ella. En ciertos casos, niños, jóvenes y adultos desarrollan o acendran sus tendencias suicidas. Quizá ese sea el empujón que necesito. Sólo eso me impulsa. Me levanto de la cama, apago la música, me baño, me rasuro, me visto, salgo, abordo el taxi que me llevará al consultorio del psiquiatra que, confiado, extenderá la receta para el medicamento que me dará el valor. Y él nada sabe. Sólo que será una única visita. Lo sabrá después, quizás, si oye las noticias o lee la nota roja de los diarios. No sabrá cómo sentirse culpable si fue sólo una sesión, una consulta. ¿Cómo podría saber que yo sabía lo que él sabe? No que excedería la dosis, no, ni que visitaría a otro psiquiatra para surtir las dos recetas. No, no eso, eso no lo sabría. Yo hablo de los efectos secundarios. Que no sé por qué, en este caso, los llaman así, siendo tan principales.

martes, 5 de abril de 2022

Estrategia

 












Nuevamente perdí batalla y reino
pues todo muro es para Argos feble;
sólo salvé mi cuerpo, bien que mueble
astroso, en ríos nuevos lavo y peino.

En cegadora ruta, como un Deino,
no hay guarida con un posible amueble,
hogar no hay que con decoro pueble
y no me place menos que un virreino.

No tuve entrenador, son tan inermes
ante criatura no domesticable.
Hombre soy pese a mi temible aspecto.

En mente tengo ya mejor proyecto:
tornar y echar al Argos despreciable
al pastoreo musical de Hermes.

domingo, 3 de abril de 2022

Patitas de puerco en escabeche


Debido a que soy mayor que mis otros tres medio hermanos, la carencia económica y la exigencia familiar fue tajante: tienes que trabajar. Fue así que interrumpí mis estudios y conseguí empleo como despachador en una gasolinera. No tenía -ni tengo- las credenciales para aspirar a algo mejor y más remunerado. Ni gano lo suficiente para independizarme. Quizás, como esos presos que regresan una y otra vez a la cárcel, estoy “institucionalizado”. No recuerdo que alguna vez haya sido diferente: la violenta aversión de mi madrastra y mi padre secundándola.

No contaré -al menos no por hoy-, el historial de golpes, insultos, omisiones y postergaciones deliberadas de que fui y soy víctima. Para ilustrarlo, lo haré con una sola anécdota. Hoy voy a hablar de patitas de puerco en escabeche, mi platillo casero favorito. El sabor del cuerito envinagrado, los chiles xalapeños en rajas -¡bendito sea quien le agregó las rodajas de zanahoria!-, el caldillo grasosito en que sobrenadan las patitas del puerco ¡Dios, cómo explicarlo! Quizás haya que vivir mucho tiempo en la carencia para entender mi gusto exacerbado por este platillo.

Ya que estaba trabajando, e ingresando dinero al chivo familiar, para la despensa pues, con mi primera quincena, añadí 500 pesos más a mi contribución y le hice un pedido especial a mi madrastra: para celebrar que tenía trabajo y dinero, quería comer, al siguiente día, patitas de puerco en escabeche. ¿Cómo habrá sido su mirada? No la recuerdo con precisión, pero fue distinta. Iluminada, pero, lo sabría después, no para bien.

Efectivamente, al día siguiente me sirvieron un rebosante plato de patitas de puerco en escabeche. ¿Porque me las gané, porque las pagué?, no lo sé, pero me supieron a gloria. A los 14 años, por mal que nos haya tratado la vida, no tenemos la malicia ni la maldad de los adultos. Hoy comprendo, tardíamente, que cometí un error al confesar a mi madrastra, sin darme cuenta, mi gusto por las patitas de puerco en escabeche. Hace cuatro años de este día que les cuento. No las ha vuelto a cocinar. Y yo, por soberbia, por orgullo, por el respeto que me debo a mí mismo y aquí me niegan, rehúso pagar otros 500 pesos para volver a probarlas.

El que me sigue de mis hermanos se ha integrado recién a la fuerza laboral y colabora ya con el chivo familiar. También él ha hecho el pedido de una comida especial a su madre: puerco a la Coca-Cola. Me quedé frío: ella lo ha mirado luminosamente, como me miró a mí cuando pedí mis patitas de puerco en escabeche. En el hecho de que se trate de su hijo y no de su hijastro, confío que la luz que despidieron esos ojos signifique algo distinto de lo que significó para mí. Que si no ¡ya me chingué de nuevo!

 


sábado, 2 de abril de 2022

La hoja en blanco

 












El tema, al día de hoy, es la hoja en blanco
que tiene más historia que mi historia,
que cuenta del silencio la victoria,
en vez de mis palabras, lago estanco.

Pretérito celoso alarga el tranco
por dar color al vacío de memoria;
mas contada está ya toda la gloria
y apenas si camina en sólo un zanco.

El presente no pinta, y el futuro,
sin paleta, pinturas ni pinceles,
como yo, falto está de tema y muro.

Escarnio formulado con pixeles,
de blanca risotada y texto oscuro,
porque a mi muerta sicodelia veles.

Franco, libre y de civil...

 



 






Desconozco donde tu cuerpo empieza,

ni si donde termina es importante,

pues la luz de la luna está menguante

y en mi propia ebriedad mi pie tropieza.

 

Breve es la superficie de mi pieza,

mi piel de tu sudor equidistante,

más precario el suspiro que el instante

en que mi mano toca la tibieza

 

del flujo de tu sangre que vibrante

en mi cama se tiende esclarecida.

Náufrago de cerveza coruscante,

 

marinero olvidado del sextante,

cohete, pólvora, mecha que encendida

chisporrotea de deseo apremiante.

viernes, 1 de abril de 2022

Exento

 

 Este ‘vivir en mí’ me está matando;
nada en mi vigilia, nada en mi sueño.
Sospecho que de mí ya no soy dueño:
no sé siquiera lo que estoy buscando.

Me digo que, en gerundio, está luchando
la Vida que en mi desierto ensueño,
la libertad, el hecho que halagüeño,
en vertical urdimbre está tramando

mi fuga del telar que en su estampado,
plagado de imaginería que, abstracta,
en su diseño raro me ha atrapado.

Vida invicta, tejido que refracta,
y parte ya no soy del vil tramado.
Retorno a ser persona y consta en acta.

jueves, 31 de marzo de 2022

Being you: A new science of consciousness

By Anil Seth

An imprint of  Penguin Random House LLC

(Fragments of the Prologue)

In the end, I want to leave you with a new conception of the self- that aspect of consciousness wich for each of us is probably the most meaningful. An influential tradition, dating back at least as far as Descartes in the seventeenth century, held that nonhuman animals lacked conscious selfhood because they did not have rational minds to guide their behavior. They were “beast machines”: flesh automatons without the ability  to reflect on their own existence.

I don´t agree. In my view, conciousness has more to do with being alive than with being intelligent. We are conscious selves precisely because we are beast machines. I will make the case that the experience of being you, or of being me, emerge from the way the brain predicts and controls the internal state of the body. The escense of selfhood is neither a rational mind nor an inmaterial soul. It is a deeply embodied biological process, a proces that underpines the simple feeling of being alive that is the basis for all our experiences of self, indeed for any conscious experience at all. Being you is literally about your body.

---

Our conscious experiences are part of nature just as your bodies are, just as our world is. And when life ends, consciousness will end too. When I think about this, I am transported back to mi experience -my non-experience- of anesthesia. To its oblivion, perhaps comforting, but oblivion nonetheless. The novelist Julian Barnes, in his meditation on mortality, puts it perfectly. When the end of consciousnes comes, there is nothing – really nothing- to be frightened of.


lunes, 28 de marzo de 2022

Explicaciones sobre el origen y manifestaciones de la fijación oral

 


La relación entre dependencia y erotismo oral es fundamental, y tiene su sustento biológico en el gran desvalimiento de los mamíferos, especialmente del humano al momento del nacimiento, esto determina un residuo de actitud pasivo-receptiva que perdura a lo largo de toda la vida.

Lewin consideraba que la voracidad del primitivo apetito oral puede ser desplazado en múltiples direcciones, mirar, comer, leer, tener; así los rasgos de carácter oral pueden encontrarse en situaciones antitéticas como la volubilidad, la inquietud, y la prisa, por un lado y por otro lado la tendencia al silencio obstinado.

Para Valls una parte del erotismo oral corresponde a la pulsión de apoderamiento, cuya meta es la incorporación del objeto aunque ella implique su destrucción, en términos de rasgos de carácter esta se puede expresar por la necesidad de no poder compartir su pareja, la quiere para sí como una posesión, como un territorio.

Otros rasgos de carácter pueden surgir a partir de sublimaciones, donde los placeres parciales del erotismo oral serán eslabones de la sexualidad adulta, siempre bajo el comando de la primacía genital. El carácter de una persona ayuda a mantener la “normalidad”, es decir no es necesariamente patológico, se tornará en una caracteriopatía si su funcionamiento deviene rígido, con pocas variables para enfrentar las frustraciones de la realidad. La constitución de una caracteriopatía puede resultar en la base de cualquier otro cuadro patológico.

Durante el periodo oral, la meta pulsional es la devoración del objeto, lo que va a ser tomado como modelo psíquico de la identificación primaria, un funcionamiento rígido, masivo e invariable de esta condición deviene en trastornos de orden psicótico. A diferencia de otras etapas que pueden dejar una impronta clara en trastornos neuróticos y del carácter, es muy difícil encontrar configuraciones caracterológicas orales libres de elementos anales e histéricos. Esto debido a que los rasgos orales buscan expresiones en un gran número de actividades eróticas del adulto, y por otra parte a que muchos de los elementos orales que se hallan diferenciados ente sí, forma un todo inseparable durante la fase desarrollo.

El carácter termina siendo la manera de ser de una persona, el precipitado de su historia, sus eventos traumáticos, sus fijaciones, sus vínculos, sus elecciones de objeto, sus mecanismos de defensa, en fin todo vinculado con sus diversas identificaciones.

Es claro que estos pacientes presentan múltiples expresiones ligadas a la oralidad, sin embargo considero que la mayoría de estos elementos, desconfianza, pesimismo, asco, derivan de fijaciones por contrainvestidura, que generan los diques normales del erotismo oral. Afirma Valls con respecto a esta situación: “En grados patológicos es típico de los caracteres histéricos. En los antecedentes de estas personas figura el vínculo materno siempre como algo sumamente problemático, y la fijación oral está siempre a flor de piel”.

Las expresiones sintomáticas más evidentes de estos pacientes, propias del erotismo oral, se presentan durante el transcurso del análisis a partir del proceso regresivo inherente a psicoanalizarse. Los rasgos orales de carácter anuncian sus fijaciones, así no sería extraño esperar en ellos regresiones a niveles precoces del desarrollo psíquico, en donde apenas se estarían fundando las bases del lenguaje, la comunicación se da través de descargas afectivas que deben ser entendidas por la madre como llamados, solo así es posible constituir algún tipo de vínculo con ellos.

Si consideramos los vestigios biológicos propios de la dependencia de todos los seres humanos, podemos comprender con más claridad que con alguna frecuencia cualquier adulto se encuentra en situaciones en que se ve nuevamente tan desvalido como en la infancia, en esos momentos añora una protección omnipotente y una comodidad tales como las que tuvo en la infancia, así fácilmente regresa a la oralidad. Si bien en las circunstancias de regresión oral el aparato psíquico funciona en la categoría del ser y no del tener, la falta de reconocimiento del objeto es defensiva, no representa ésta una característica esencial de la estructura mental.

Los vínculos afectivos de esta paciente se mueven entre la dependencia y la independencia, atestiguando el par antitético propio del conflicto oral, situación que indudablemente trasciende a la elección del objeto sexual. El vínculo oral con la madre es fundamental para el destino de la libido objetal, cuando se elije aparentemente en primera instancia el objeto, así tenga características fálicas, esta ya es una reelección, no es un objeto totalmente nuevo, es realmente un objeto al que se lo reencuentra.

En la actualidad, para un gran número de analistas, estas neurosis graves, los estado psicosomáticos, los estados fronterizos, y las psicosis, obedecen todas a una misma herida, la fijación oral. Situación que aceptan sin preguntarse el porqué de destinos tan diferentes para un único mal.

Frente a la obra de Freud los psicoanalistas se hallan en la posición casi ineluctable de superarla, introducir en ella modificaciones, a partir de un cúmulo de experiencias y reflexiones, pero el psicoanálisis postfreudiano se despliega en tan diversas direcciones que resulta difícil saber cual de esas versiones es realmente una progresión.

 

Bibliografía

REVISTA PSIMONART
Tomado de internet.

domingo, 27 de marzo de 2022

Muerte en la madrugada


Eran alrededor de las 2:30 a.m. El reflujo ácido del jugo gástrico subió repentina y violentamente desde su entraña, por el esófago, hasta garganta y boca, pasando por los pulmones y los bronquios, interrumpiendo su respiración. La amarga irrupción en la boca y la inmediata asfixia lo despertaron. Buscó desesperadamente con la mano el interruptor de la luz. Ya encendida ésta, sus ojos desorbitados buscaron el vaso de agua de naranja y bebió, pero fue inútil: su respiración seguía cortada y no había indicios de que la fuera a recuperar. Intentó forzar el vómito pero el ácido estaba instalado en su todo su aparato digestivo y respiratorio. Tampoco podía hablar. Nunca un celular fue tan inútil. Con esfuerzo se levantó, llegó a la sala, llegó al patio. Cada paso aumentaba su desesperación. Logró abrir la reja y ahí cayó, inconsciente ya, ya casi muerto, esperando que alguien pasara, lo encontrara y lo ayudara. No fue así. Era de madrugada.
Los vecinos lo hallaron temprano, ya muerto, a pocas horas del suceso. Medio cuerpo en su patio, medio en la banqueta, la reja abierta. El forense lo dijo: Murió por reflujo gastroesofágico que le produjo asfixia. En el buró, junto a su cama, se encontró media botella de tequila. Fue el exceso de alcohol, dijo el médico, lo que le produjo el reflujo y la muerte consecuente.
Él, que había sido creyente, en ningún momento de su drama pensó en Dios, de hecho no pensó, sino que sólo actuó, desesperado, para salvar su vida. Ninguna oración vino a su mente, no pidió ningún milagro, solo esperó que apareciera alguna ayuda, algún vecino, un ser humano. Era sólo una criatura agonizante y, cuando se agoniza, se lucha por la propia vida, no se piensa en metafísicas. Eso no lo supieron ni el médico ni los vecinos. Lo sé yo, que soy el muerto.

sábado, 26 de marzo de 2022

Neurobiología: Epilepsia e hiper religiosidad


Incógnito: Las vidas secretas del cerebro
David Eagleman

 (…) Y no olvide que la larga lista de cosas que influyen en su vida mental va más allá de las sustancias químicas, y también incluye los detalles del circuito. Consideremos la epilepsia. Si un ataque epiléptico se centra en un benigno lugar concreto del lóbulo temporal, una persona no tendrá ataques motores, sino algo más sutil. El efecto es una especie de ataque cognitivo, marcado por cambios de personalidad, hiper religiosidad (una obsesión con la religión y una sensación de certeza religiosa), hipergrafía (escribir extensamente sobre un tema, generalmente la religión), la falsa sensación de una presencia externa y, a menudo, oír voces que se atribuyen a Dios. Al parecer, una parte de los profetas, mártires y líderes de la historia padecieron epilepsia del lóbulo temporal. Pensemos en Juana de Arco, la muchacha de dieciséis años que consiguió darle la vuelta a la guerra de los Cien Años porque creía (y convenció de ello a los soldados franceses) que oía la voz del arcángel San Miguel, de Santa Catalina de Alejandría, de Santa Margarita y de San Gabriel. Así es como ella describió la experiencia:

«Cuando tenía trece años, oía la voz de Dios, que me decía cómo tenía que obrar. La primera vez me quedé aterrada. La voz me llegó a eso del mediodía: era verano, y estaba en el jardín de mi padre.» Posteriormente afirmó: «Puesto que Dios me ha ordenado que vaya, debo ir. Y puesto que Dios me lo ha ordenado, aunque hubiera tenido cien padres y cien madres, y hubiera sido la hija de un rey, habría ido.» Aunque es imposible diagnosticar con certeza de manera retrospectiva, sus palabras, el aumento de su religiosidad y las voces que oía son síntomas coherentes con la epilepsia del lóbulo temporal. Cuando surge actividad cerebral en el sitio adecuado, la gente oye voces. Si el médico receta una medicación antiepiléptica, los ataques desaparecen y las voces dejan de oírse. Nuestra realidad depende de nuestra biología.

 

Nota de pie de página

Véase Trimble y Freeman, «An investigation», para estudios de la religiosidad en pacientes con epilepsia del lóbulo temporal, y Devinsky y Lai, «Spirituality», para una visión general de la epilepsia y la religiosidad. Véase d’Orsi y Tinuper, «“I heard voices”», para la opinión de que la epilepsia de Juana de Arco era de un tipo descubierto hace poco: la epilepsia parcial idiopática con rasgos auditivos. Véase Freemon, «A differential diagnosis», para un diagnóstico histórico de Mahoma en el que concluye: «Aunque es imposible un diagnóstico terminante a partir del conocimiento existente, los ataques parciales complejos o psicomotores de epilepsia de lóbulo temporal serían el diagnóstico más defendible.»

viernes, 25 de marzo de 2022

¿Y mis 15 minutos, Warhol?

 

Nunca luciré tan bien como Colin Farrell en Brujas. Nunca ganaré el Nobel de Literatura por escribir la historia de un periodista muerto de… Hambre. Se me adelantó Knut Hamsun. Nunca compondré una canción como el Hallelujah de Leonard Cohen. Nunca esculpiré una escultura como el David, de Miguel Ángel. Nunca viajaré al espacio como Jeff Bezos, pero tampoco me interesa. La moda, la cocina y el deporte menos. Entre lo que me importa (y nunca seré) y lo que no me importa (y nunca intentaré) estoy en medio. Las pastillas me vetan desvarío e insomnio. Dos novelas que permanecerán inéditas hasta mi muerte y quizás aun después de ella; tal vez alguno de mis versos sobreviva al tiempo, cosa que dudo. Me pregunto entonces ¿para qué nací?, ¿para externar ésta sola queja? Quizás sí. Debo escribirlo entonces, sin pudicia ni un imposible asomo de arrogancia: aceptar mi insignificancia, como la inmensa mayoría. Nacer, crecer, envejecer, enfermar, morir. No hay genialidad en esto, sólo aceptación. Was there a life before death? No yet. Sólo queda un tiempo restringido. ¿Seré capaz de lo grandioso o me conformaré? No lo sé. Mientras lo pienso me fumo otro cigarro. Al fin que Pessoa ya escribió Tabaquería.


jueves, 24 de marzo de 2022

Móviles de acción












Hay estrellas… pero están muy lejos.
A tres cuadras del mar… contaminado.
Las flores del jardín… me tienen harto.
Mis tres comidas… las hago solo.
El alcohol… me nubla, me hace trastabillar.
La calle… y sus perros que me desconocen.
La ciudad… insegura.
La gente… puros evangelizadores.
Los amigos… evangelizados.
La familia… no me gusta el rol que me asignaron.
La música… sin letra, por favor.
La juventud… me ignora por viejo.
Los viejos… prefieren a la juventud que los escucha.
La sociedad… me mandó al escalafón más bajo.
La pensión… mínima.
Netflix… sólo un espectador de ideas ajenas.
La poesía… inaccesible. Como ahora.
Sólo el cigarro está a la mano y asequible.
También la tos de fumador y el enfisema en puerta.
No quiero dejarlo y no lo haré.
Es el sucedáneo de todo lo que me privan y me privo,
de lo que me prohíbo y me prohíben.
Del amor mejor no hablo.
Es tanto lo que el cigarro suple,
como el móvil que no tuve de infante,
que no puedo dejarlo.

viernes, 18 de marzo de 2022

El ‘volado’









'Verdad’ tiene dos sílabas, como dos caras la moneda: águila o sol. El Sí y el No articulan resultados. La apuesta sólo admite dos opciones: ganar o perder todo. Que sea justo o injusto es secundario: este juego, como casi todos, es binario. El premio, si es que existe, es un secreto inaccesible a los humanos. Sólo tienes que morir para saberlo. Y aunque mueras, no saberlo también puede ser el premio. Todo depende de a qué le estés apostando.

Jogging en el Malecón

 














El reloj dice que es la 1:00 pm
y eso no importa ni para mí ni para el tiempo.
He visto tantos pájaros con sed,
el sol al cénit.
Tantos perros bebiendo de los charcos,
de las fugas de agua en las calles.
No tiene importancia la inanidad de la criatura.
He visto tanto muerto embalsamado
para dar tiempo a los rituales,
en los que vale más el traje que el cadáver.
Ellas, maquilladas para fingir el sueño,
muerte disfrazada.
La gaviota no.
Ella, frente al mar que fue sustento,
se echa en la playa y clava el pico en tierra,
con la cabeza oscilante
-ora de un lado, ora del otro-,
los ojos ya cerrados.
Ella que surcó airosa el espacio
a despecho de las corrientes de aire,
yace en la arena inerme.
¿Qué es la gaviota, ricamente emplumada,
en su agonía? Queratina B lastrada por la carne.
Como nube minúscula
caída en tierra muere de hambre y sed,
enfermedad y vejez, envuelta
en su discreto y elegante ropaje blanco y gris.
Aquí no hay más ceremonia que viento y oleaje
con su blanca espuma encapsulando sal y aire.
No hay dolientes: viudo, hermanas,
hijos, nietos, primos, padres.
En su muerte privada no hay parvada.
Es la supervivencia de la libertad.
Entre los hombres, sólo los indigentes
comparten esa muerte.
Confirmo: pasé junto a él
no queriendo ver,
fingiendo indiferencia.
Para el corredor más joven,
enfundado en pants
y sudadera con capucha,
es sólo un breve rodeo,
o un obstáculo a saltar en la banqueta.

Menoscabo


 












Menoscabada mi vista se menoscaba el cielo.
No es que haya menos estrellas, es que no las veo.
Menoscabado, mi oído omite los sonidos más sublimes.
Más no por eso hay menos música.
Menoscabado mi olfato las flores huelen menos.
El jardín se hace pequeño.
Menoscabado el gusto pierdo el hambre.
No por eso hay menos viandas ni sabores.
Menoscabado el tacto hay menos cuerpos.
Abrazos, besos, orgasmos congelados.
Se ríe menos, se habla menos,
se recuerda menos, se espera menos.
Se está casi que muerto.
El presente disminuye,
el pasado es borroso
y el futuro se diluye.
Todo lugar es más distante.
La vida pierde propósito y sentido.
Es pura inercia.
Dejar de ser es esperanza y no catástrofe.
El escurrir moroso de un río lento
que se agosta y se hace nada en el desierto.

jueves, 10 de marzo de 2022

Magia


La magia de los magos -tal como se nos muestra en la modernidad- son sólo trucos que algún día podremos conocer o no. No importa, es irrelevante. La magia de la realidad, cuando se le presenta al ser humano que hizo los rituales adecuados, pensó, dijo o escribió las palabras correctas para que ésta tuviera lugar, te deja las mismas opciones que a Arjuna frente a la totalidad de Krishna: morir o enloquecer de por vida. Si Arjuna salva la racionalidad y la vida, es porque postrado en el suelo le pide a esa totalidad que se le manifieste de la manera más amable: el joven azul cuajado de símbolos y emblemas re-cognoscibles, éste sí tolerable a la conciencia.

domingo, 6 de marzo de 2022

Anagnórisis

Foto: Alchemist-hp (talk) (www.pse-mendelejew.de)










Sabía yo -y lo recuerdo- que lo primero que olvida un enfermo de Alzheimer es el camino de regreso a casa. Cuando me pasó, comencé a reflexionar sobre ello. Naturalmente, le atribuí intencionalidad al hecho. Se olvida el regreso a casa porque es sólo casa, no hogar. No hay ya alicientes para permanecer en ella. El olvido, como el recuerdo, es selectivo. Olvidamos voluntariosa y deliberadamente, aunque de forma inconsciente, me parece. La pareja, a la que ya no queremos, los hijos que ya se fueron, entre ellos al que o a la que más quisimos, ya no están. Sólo quedan aquellos que no nos importan. Así es que no hay motivo para regresar. Por eso es que olvidamos el camino de regreso: no amamos a los que quedan en casa, si es que alguien queda. O si es que hay casa.

Cuando me pasó, y eso refuerza mi tesis, llevaba yo en mi cartera mis tarjetas bancarias, mi documentación básica, como mi credencial de identificación y del Seguro Social. No malinterpreto. Todas estas reflexiones las hago a posteriori, no antes de olvidar el camino de regreso. No sé qué tanto tenga que ver el inconsciente con esto. No sé si escapaba de un maltrato, una omisión, un abandono, o era yo quien omitía, abandonaba y maltrataba. No importa. El hecho es que no me interesa regresar. Las tarjetas facilitan mi vida, aunque esto será hasta que las pierda, las olvide o me las roben.

viernes, 4 de marzo de 2022

Un clavado a tu cerebro: descubre cómo tus neuronas actúan en el amor, la sexualidad, el estrés y las emociones


Neurofisiólogo Eduardo Calixto González

“Cuando estamos felices, contentos o tenemos un estado de plenitud emocional que nos hace reír, nuestras neuronas generan un estado neuroquímico que puede llegar a ser nocivo a corto plazo: entre más felices somos, nos hacemos tolerantes conductuales, creemos las mentiras que nos dicen, solemos discutir menos y disminuye nuestro juicio analítico".

7.- Felicidad y cerebro

LA RISA Y EL CEREBRO

Sonreír en sociedad disminuye la tensión, genera apego, fomenta la aceptación de individuos en grupos complejos, incrementa la atención y homogeneiza culturalmente. Reír dentro de un grupo de amigos es un código de aprobación, en la oficina disminuye la tensión, en la familia predispone a una mejor comunicación. Una secuencia de risas con la pareja puede ayudar a tener una mejor sesión de besos.

El cerebro humano tiende a ser feliz, lo promueve constantemente, aunque teniendo más elementos para ponerse a reflexionar o para estar triste, la naturaleza de nuestra corteza cerebral busca elementos para tranquilizarse y sentir que no todo está mal.

martes, 1 de marzo de 2022

Déjà vu


Su edad era avanzada. Tanto que ningún familiar, ascendiente o descendiente, lo había sobrevivido. La peste y otras enfermedades, la guerra, los accidentes y la muerte natural se los habían llevado a todos. La soledad, cuando es absoluta, también duele en el cuerpo. Sólo quería dejar de sufrir. Nunca fue rico, así que de este modo se libraba también de su miseria. Caminó, a paso de viejo, durante horas hasta llegar a la pavorosa llanura de Cistene, en la que se adentró bajo un sol inclemente. Su vista, por los años, se había deteriorado, pero se sentía observado atentamente. Siguió avanzando seguro que, en cuestión de pocos minutos, ella lo encontraría y terminaría con su dolor. Halló finalmente la caverna y, casi a la entrada, el cuerpo decapitado de Medusa, descompuesto, podrido, rodeado por esculturas pétreas que alguna vez habían sido hombres. Sintió envidia de ellos. No sabía cómo, pero sabía que Perseo había llegado antes que él. Se sentó sobre una piedra, a la sombra de la gruta. Después de media hora se levantó y retomó en sentido inverso el camino por el que había llegado. Desconsolado por la prohibición del suicidio que imponían las deidades, llegó a su vivienda ya de noche y se dejó caer sobre su cama, ignorando el gruñido voraz de sus entrañas. Con suerte, quizás no despertaría al día siguiente. Pero despertó, aunque casi al mediodía. Recordó un sueño confuso sobre una imaginaria y larga travesía hasta la planicie de Cistene. Eso le dio la idea, que agradeció como un favor de los dioses. Se levantó, tomó su cayado y se dirigió con seguridad aunque a paso lento, de viejo, a un sendero que se le hizo conocido, a saber porqué, y que conducía a la cueva de Medusa. No sabía bien a bien por qué, pero últimamente estaba y se sentía más cansado y debilitado que nunca. Temía no llegar a su destino.

domingo, 20 de febrero de 2022

Cuestiones lógicas

 









Si los sueños se multiplican…
Si los recuerdos vuelven…
Es la simple expresión
de la autarquía del presente,
que no aporta novedades a la vida.
Siempre inquieto,
tanto sosiego me sofoca.

En el sueño:
… psicodelias sorprendentes…
… rostros y sucesos nuevos…
… quizás promesas de un futuro incierto…

En el recuerdo:
… tantas veces la primera vez…
… el amor, la amistad, la fiesta, el sexo…
… sudor exhausto de placer y de trabajo…

La ciudad era entonces ya tan grande
que nadie la conoció, ni la conoce ahora…
Volver, quizás…
Pero yo soy otro y ella otra.
Oportunidad dudosamente ventajosa.

En el pasado, pantalla
gloriosamente sinestésica,
se proyecta la anomia
de este día y esta noche,
que se repiten una y otra vez,
idénticos en su mismidad,
interminablemente.

Qué lástima nacer tan antes…
Volver en el tiempo aún no es posible
y proseguir es arduamente trabajoso.
Aniquilante.

Estar vivo o muerto, como El gato de Schrödinger,
he ahí el auténtico y único dilema.
Decide ya, observador.
Abre la caja y… ¡sorprendámonos!


Unas palabras sobre Argos…


El asedio es real. Me consta. Llevo años escondiéndome de ellos y documentándolo. Son hombres y mujeres como todos, niños como todos, cercanos incluso, tan cercanos como unos vecinos, por ejemplo, como los compañeros del trabajo, tan cercanos como la familia. Décadas padeciendo su violencia. Una vida preguntándome el porqué. Y el por qué yo. Qué crimen espantoso había cometido, en esta u otra vida, para convertirme en el objetivo de su sevicia. Enloquecí unos pocos años. Mi conciencia y mi yo se ausentaron y no supe quién fui ni qué hice. La reclusión en el psiquiátrico, contra toda expectativa, me liberó, temporalmente, de las agresiones. En unos pocos meses, la medicación y la terapia, el internamiento y el conocimiento de casos peores que el mío, y el tiempo necesario para reflexionar en ello, para pensar en ello, me devolvieron la paz y la calma para pensarlo en frío. Hice el recuento de los hechos, anotados en mis libretas, las fechas y las circunstancias particulares de cada uno de ellos, los analicé uno por uno y comprobé, fehacientemente, que la sumatoria de todos ellos era inferior a la totalidad de lo monstruoso que me perseguía. Para hacerlo manejable, asequible, inteligible -cosa que parecía imposible-, le di un nombre humano, el de un personaje mítico: Argos. Él representaba toda esa agresión y esa violencia que, con distintos rostros y artefactos, perros, niños, adultos, máquinas, accidentes, me persiguió toda la vida. Sabe que lo he descubierto, porque me habita a mí como nos habita a todos. Ilusos que somos, creemos en la libertad de nuestros actos, el libre albedrío. Debo decirles que no hay tal. Por lo menos, no para todos, ni absoluta. Es una cuestión de grados. Pueden creerlo o no, pero ustedes no son quienes deciden. Es Argos. Ustedes lo llamarán con otros nombres, incluso hay quienes lo divinizan y lo entronizan en sus vidas con imágenes, incienso, veladoras, flores, ritos. Todo es inútil. Estamos lejos de saber lo que es realmente. De algo estoy seguro: no es un quién, es la otredad más radical imaginable, es un algo no humano que maneja a los más dóciles a su voluntad desde una realidad alterna, quizás otra dimensión, otro universo. Saberlo me devolvió la cordura y, saber que él sabe que lo sé, la entereza. Los años internado en el psiquiátrico fueron provechosos: gracias a la reflexión ahí y entonces realizada, me permite tolerar lo intolerable: la omisión, la agresión, la violencia, porque sé que no son ellos. Es Argos encarnando en ellos, tomando el control de sus mentes y sus cuerpos, dictando sus acciones. Huyo mejor, me escondo mejor, me defiendo mejor. Practiqué durante años con un interno que gustaba del ajedrez. Me enseñó a jugar porque nadie antes, en mi aislamiento, me había enseñado. De todos los medicamentos recetados -la risperidona se va por el retrete-, sólo tomo el clonazepam para dormir. No siempre es fácil conseguirlo. Más difícil me resulta hacerme entender por mis congéneres. Es por eso que vivo y que lo enfrento solo. Aunque la nicotina es una ayuda: claridad en el pensar, agilidad mental, incluso ecuanimidad, cuando no alegría. También, de vez en cuando, me permito dos o tres caballitos de tequila. Me siento liberado. Haber entendido que nunca entenderé plenamente la naturaleza ni el propósito de Argos para conmigo -o para con los otros- me tranquiliza. Saber que sabe que lo sé nos coloca en un cierto terreno de igualdad. No es que se haya ido, no, es que ahora soy yo el que sabe que siempre está ahí, del otro lado del tablero. El mueve sus piezas, yo las mías. No sé quien ganará, pero no importa. Lo importante es jugar sin trabas, sin vacilaciones y, sobre todo, sin miedo. Y desde que entendí lo que entendí, ya lo he perdido. Hasta cierto punto, he recuperado mi vida. Con otro nombre, por supuesto, en otra ciudad, otro país. Argos puede mucho pero no lo puede todo. Me consta. Sé de sus limitaciones y él de las mías. Pero cuando yo, y ustedes también, hacemos conciencia, podemos lo suficiente para hacerle frente. Aunque él sólo se deje ver en sus fantasmas. Fantasma también él, posiblemente.

sábado, 19 de febrero de 2022

Deriva sosegada…

 










El día es un mero trámite.
Transcurre indiferente a mí
y yo a él, sintonizados.
Algo de su gris se me entroniza,
algo de su frío y de su invierno.
Nada por hacer, ningún pendiente,
ningún hito memorable
en sus 24 esquinas.
Hoy no es como ayer ni,
tal vez, como mañana.
Hoy es hoy, niebla detenida.
Descarto podcasts,
videos musicales,
radio, libros.
Nada me despierta nada.
Contra mi costumbre,
apenas con un café
y un atole de avena
en el estómago,
me sirvo mi primer tequila.
No sé si soy yo o él quien esto escribe.
A cuatro manos, es seguro.
Pero no hay duda que,
excepto la hora y el ayuno
en que lo bebo,
el tequila tampoco marca un hito.
Lo conozco demasiado bien
y él me conoce.
No logro mi objetivo.
No es embriagarme,
sino marcar en su decurso
con una señal el transcurrir del día.
No habrá un segundo caballito
que transite por mi esófago.
No tiene sentido si no surte un efecto
en la continuada parálisis del día.
Es una resignación que es un fracaso.
Quizás eso esté bien
y me acostumbre a estar sólo conmigo
sin prótesis alcohólica, sin voz humana
y sin letras, propias o ajenas.
Sólo esta dejadez
que debiera ser descanso
y es tumba de mis expectativas.
Tanto sosiego me incomoda.
Algo debiera suceder y no sucede…
Pero sólo percibo decadencia inerte.
¿Es mi psique la que falla o es el día?
Eso, tal vez, es lo de menos…
Probablemente debiera agradecerlo.

viernes, 18 de febrero de 2022

En territorio de Argos

 








No puedo más.
Argos, tutor panóptico,
mentor de quinta,
enemigo de lo feble humano,
no otorga descansos.
Escribo sin ánimo de hacerlo
y él lo sabe: hoy podría reventar.
Otros reos son sus títeres,
su brazo ejecutor;
con barahúnda infame
interceptan la siesta o el descanso,
con golpes inmisericordes
todo intento de evasión.
No me puedo tumbar quince minutos
sin que retumben malheridas las paredes.
De ninguna manera puedo
embrocarme en el camastro
y descansar un cuarto de hora.
No hay derechos, sólo obligaciones.
No soy un atleta de alto rendimiento
pero eso a Argos no le importa.
He de poner un video formativo,
un audiolibro, un podcast
o cualquier otra nimiedad,
como escribir esto, o leer aquello,
que ha de gustarle a él, no a mí ni a los otros.
Tampoco yo conozco a Argos.
Como todo poder, es invisible,
ubicuo inubicable.
Aunque deduzco que tiene los recursos
para reducirme a polvo si le place.
Y le place. No cesa de exigir.
Apenas si intuyo lo que quiere
de su expresión oblicua, mediada, indirecta;
nunca meridianamente declara su objetivo
que no sé si es mejorarme o destruirme.
Más cerca estoy de lo segundo
que de lo primero.
Aunque soy yo quien esto escribe,
el protagonista es Argos, el ineludible.
No hay mentada de madre
ni súplica que valga: él siempre se impone.
No autoriza descanso
por más que lo esté necesitando.
Dije tutor, dije mentor,
pero no hay nada parecido a eso.
Argos es más fiero celador,
carcelero, torturador, que pedagogo.
No busca mi rehabilitación
sino dos logros en uno: mi resultado máximo
o mi mansedumbre y mi derrumbe.
No será hoy ni será esto,
que no es poesía sino queja,
aunque hay queja que llega a ser poesía.
Lo defraudo, lo sé, y no me importa.
Debo escribir esta jeremiqueada
o la escandalera carcelaria
con que Argos me castiga será peor.
No hay momento que no esté vigilado
por cien ojos o sin cuenta;
no hay acto u omisión errados sin castigo.
Hermes tarda demasiado
y yo, embrutecido,
esperaba oír el silbo de su flauta,
liberador, si es cierto el mito.
… no, creo que no veré los ojos de Argos
en los ocelos de los pavorreales,
ni me abanicarán sus plumas.
No cuento sino con un residuo,
que más de mí no queda ni más soy.
Lo odio. Siempre lo he odiado.
No llegué a esta cárcel por mi voluntad,
sino esposado. No hubo juicio ni jurado,
sino sólo la voluntad de una deidad adversa.
La pobreza de ideación y léxico
hacen constar mi deterioro interno.
Por fuera estoy deshecho.
No sé si es eso lo que Argos pretendía,
pero más no puedo ofrecer en mi carencia.
Estoy dado, soy prescindible
como cualquier cautivo de Argos.

De la tortura y los torturadores


Exceptuando a aquellos que lo hacen coaccionados por un poder superior, sea político, económico, religioso, criminal o de cualquier otra índole, los torturadores que disfrutan su actividad, en lo psicológico y en lo físico, esto es, en las mentes y los cuerpos ajenos, son sádicos no diagnosticados. Sea cual sea el caso, tienen que ser tratados médicamente, aislados o extirpados de la sociedad que los padece. Y los coaccionadores, si los hay, también.

martes, 15 de febrero de 2022

El pasecito

 

No es que como redactor profesional en la oficina de Prensa del Departamento del DF le fuera mal, pero económicamente andaba un poco corto. Cuando Juan Carlos comenzó a trabajar también para los Medeiros, a sus 26 años, su situación mejoró más que notablemente: ganaba el triple y la relación con sus nuevos patrones era de confianza. El clan de los Medeiros se componía del padre, don Manuel, un sesentón dueño de seis bodegas en Tepito llenas de aparatos electrónicos de contrabando procedente de Asia, y de su hijo Joel, de 26 años.

Ninguno de los dos era periodista de carrera, pero el patriarca de los Medeiros utilizaba su “charola” como titular de la fuente de Economía de un diario capitalino como parapeto para encubrir sus actividades ilegales, pero toleradas social y judicialmente. Tan toleradas, que eran pocos los reporteros que se sustraían a la institución del “chayo” o a tramitar algún permiso u obtener la concesión para algún negocio cuyos insumos eran, como los de Medeiros, ilegales en la mayor parte de los casos, debido a que aún no se firmaba el tratado comercial con Estados Unidos y Canadá. Medeiros podría apenas escribir su nombre correctamente, pero entraba y salía de los despachos de los jerarcas de la economía nacional como Pedro por su casa: sin anunciarse. Estaba bien relacionado porque sus “moches” eran siempre generosos. El contrabando, generalizado entre los mismos funcionarios y los reporteros de la fuente, daba para eso y más. Los trailers de Medeiros transitaban libremente hasta las puertas de sus bodegas siempre saturadas de mercancía en Tepito.

Del color de su pasaporte a las propiedades emergentes


Incógnito. Las vidas secretas del cerebro
David Eagleman
(Anagrama, Colección Argumentos)

 Casi todos hemos oído hablar del Proyecto del Genoma Humano, en el que nuestra especie ha descodificado con éxito la secuencia de miles de millones de letras de longitud de nuestro código genético. El proyecto ha sido un hito histórico, saludado con la fanfarria debida.

No todo el mundo se ha enterado de que el proyecto ha sido, en cierto sentido, un fracaso. Una vez hemos secuenciado todo el código, no hemos encontrado las anheladas respuestas acerca de qué genes son exclusivos de la humanidad; lo que hemos descubierto es un enorme libro de recetas para construir las tuercas y tornillos de los organismos biológicos. Hemos averiguado que otros animales poseen esencialmente el mismo genoma que nosotros; ello se debe a que están hechos de las mismas tuercas y tornillos, sólo que con una configuración distinta. El genoma humano no es muy distinto del genoma de la rana, aun cuando los humanos son muy distintos de las ranas. Al menos, los humanos y las ranas parecen bastante distintos al principio. Pero tenga en cuenta que ambos requieren la receta para construir los ojos, el bazo, la piel, los huesos, el corazón, etc. Como resultado, los dos genomas no son tan distintos. Imagine que va a varias fábricas y examina la anchura de longitud de los tornillos utilizados. Le dirán muy poco acerca de la función del producto final, si es una tostadora o un secador de pelo. Pero contienen elementos parecidos configurados en funciones distintas.

lunes, 14 de febrero de 2022

Yo, que no sueño…

 










El somnífero, el dormir profundo,
vetan la cura homeostática del sueño.
Yo, que no sueño, te soñé…
Tus ojos con brillos de obsidiana…
Tu piel morena clara, satinada…
Tu cabello, de un negro incontable…
… espeso, libre…
Ropa sobria, sin pretensión de altanería…
Sonriendo (¿me?) desde tu cara y una silla…
Yo, frente a ti, estupefacto…
Y no te hablé…
Debes comprender,
es tiempo de pandemia.
Y yo, que no sueño, no supe qué hacer…
… excepto despertar temprano y,
amodorrado, quemarme la lengua con café.

domingo, 13 de febrero de 2022

 


La belleza: creada de manera tan palpable y flagrante para ser amada por toda la eternidad

 

Incógnito. Las vidas secretas del cerebro
David Eagleman
(Anagrama, Colección Argumentos)

 

¿Por qué la gente se siente atraída por los jóvenes y no por las personas mayores? ¿De verdad son las rubias más divertidas? ¿Por qué una persona a la que apenas le hemos echado un vistazo parece más atractiva que otra a la que hemos mirado de manera prolongada? En este punto no le sorprenderá descubrir que nuestra idea de la belleza está profundamente impresa (y de manera inaccesible) en el cerebro, y todo con el propósito de conseguir algo biológicamente útil.

Piense de  nuevo en la persona más hermosa que conoce. Bien proporcionada, enseguida cae bien, su personalidad es magnética. Nuestros cerebros están exquisitamente afinados para fijarse en esos rasgos. Simplemente a causa de unos pequeños detalles de simetría y estructura, esa  persona  disfrutará  de un destino de mayor popularidad, ascensos más rápidos y una carrera de más éxito.

¿Cómo te amo? Déjame contar las jotas


Incógnito. Las vidas secretas del cerebro

David Eagleman
(Anagrama, Colección Argumentos)

Puede que le cueste expresar en palabras las características de la manera de andar de su padre, o de la forma de su nariz, o de su manera de reír, pero cuando ve a alguien que camina o ríe como él, o se le parece, se da cuenta enseguida.

Consideremos qué ocurre cuando dos personas se enamoran. El sentido común nos dice que su ardor crece a partir de un número de semillas, incluyendo las circunstancias vitales, el sentido de la comprensión, la atracción sexual y la admiración mutua. Seguramente la maquinaria encubierta del inconsciente no participa en su elección de pareja. ¿O sí?

Imagine que se topa con su amigo Joel, y éste le dice que ha encontrado el amor de su vida, una mujer llamada Jenny. Qué curioso, piensa, pues su amigo Alex acaba de casarse con Amy, y Donny está loco por Daisy. ¿Por qué se da este emparejamiento de iniciales? Concluye que es absurdo: las decisiones importantes de la vida –como por ejemplo con quién vas a pasar la vida– no pueden estar influidas por algo tan caprichoso como la inicial del nombre. Quizá todas estas alianzas aliterativas son mero accidente.

sábado, 12 de febrero de 2022

De/gradaciones alcohólicas

Grito o carcajada,
Desazón o euforia,
Hemorragia o coágulo,
Deben formularse
con voz y sentir propios.
Pobre del hombre
Que a deshoras canta letra ajena.
Es pastiche, colcha payaso,
Imitador de antro.
Reflejo capturado en un espejo.
Eco cascado de campana,
Muñeco de ventrílocuo.
Copia en serie de una última copia.
Falsario en cada esquina
De las veinticuatro
Que le ofrece el día.
Mejor no cantar
Que pedir a préstamo
Versos ajenos
Que rara vez
Consignan el diccionario
O el habla popular
O la poesía
O el sentimiento escueto.
Es la delusion del yo
Frente a los otros,
Espectro del alcohol, fantasma,
Constatación del 'no soy nadie'.
La resignada firma del fracaso
En tantos desvelos reiterado.


martes, 8 de febrero de 2022

Guaya

Escapas de la forma, huyes de la simetría que encorseta; tu tronco no se ciñe a lo cilíndrico, tus ramificaciones escapan a la regularidad. Y las bifurcaciones de éstas, además de múltiples, ocurren siempre en puntos diferentes de las otras: más arriba o más abajo, antes o después. Ahora, en invierno, la fronda inferior no se corresponde con la calvicie de tu ramaje cúspide. Hojas secas por entero, hojas medio secas, hojas secas en su tercera parte, y así, algunas apenas carcomidas, diferenciadas de las ausentes, de las ya caídas, vueltas humus. Eres tan distinta de lo humano que sólo en la simetría ve belleza, porque él mismo no es un simétrico perfecto. Yo no lo soy y estoy consciente. Por eso, esperaré a la primavera y al verano para verte plena e informe, repartiendo tu sombra generosa y desparramada frente al portal de esta casa que es casi un rectángulo exacto, y sobre mi cuerpo, dos medios espejos desfasados. No sé por qué te rebelas a la simetría, optando por lo informe. Eres sólo otra faceta de la vida que no entiendo. Más parentesco tienes con las nubes, el desorden de este texto, que, por ejemplo, con los pinos. Guaya, tantos años, tanta altura y tampoco has dado frutos. Adivino en ti una radical protesta -frustrada- contra la geometría: aún lo informe es una forma indescripta de la forma. ¿Qué piensas tú de mí, guaya? Sí, azotados ambos por el frío viento del norte, escucho tu rumor, pero ¡qué pena!, no lo entiendo.

lunes, 7 de febrero de 2022

Barahúnda

 










Despojado de toda humanidad,

no hay más que bestialidad

en el festejo tribal de tus “victorias”.

Y el fragor de tus tambores

ofenden Tierra, cielo, vida.

Tus carcajadas salvajes gritan tu enfermedad.

Pero no siendo médico no sé cómo curarte.

La empatía hay que ganársela.

No despiertas compasión, sino asco y rechazo.

Vivir al costado de tu infierno

me ha hecho resiliente.

Y aquí estoy, casi tan deshumanizado como tú,

fruto de tus obras,

deseándote la muerte cruenta

que para mí deseas,

pero que tú mereces desde hace décadas.

Si mueres antes,

yo tendré respeto por tus deudos

y me abstendré de fiesta.

Si ocurriera al revés, 

no hay nada que explicar.

Conozco tu respuesta.


sábado, 5 de febrero de 2022

Edades

 

Salvo excepciones, sin importar que tan largas o cortas sean sus vidas, los pasos más trabajosos que da el ser humano sobre la Tierra suelen ser los primeros y los últimos.

33 grados a la sombra

Casi las 14:00 horas. Alrededor del mediodía desperté. Un silencio que no dice nada. En la lengua nicotina y cafeína. En cuerpo y pi...