viernes, 18 de febrero de 2022

En territorio de Argos

 








No puedo más.
Argos, tutor panóptico,
mentor de quinta,
enemigo de lo feble humano,
no otorga descansos.
Escribo sin ánimo de hacerlo
y él lo sabe: hoy podría reventar.
Otros reos son sus títeres,
su brazo ejecutor;
con barahúnda infame
interceptan la siesta o el descanso,
con golpes inmisericordes
todo intento de evasión.
No me puedo tumbar quince minutos
sin que retumben malheridas las paredes.
De ninguna manera puedo
embrocarme en el camastro
y descansar un cuarto de hora.
No hay derechos, sólo obligaciones.
No soy un atleta de alto rendimiento
pero eso a Argos no le importa.
He de poner un video formativo,
un audiolibro, un podcast
o cualquier otra nimiedad,
como escribir esto, o leer aquello,
que ha de gustarle a él, no a mí ni a los otros.
Tampoco yo conozco a Argos.
Como todo poder, es invisible,
ubicuo inubicable.
Aunque deduzco que tiene los recursos
para reducirme a polvo si le place.
Y le place. No cesa de exigir.
Apenas si intuyo lo que quiere
de su expresión oblicua, mediada, indirecta;
nunca meridianamente declara su objetivo
que no sé si es mejorarme o destruirme.
Más cerca estoy de lo segundo
que de lo primero.
Aunque soy yo quien esto escribe,
el protagonista es Argos, el ineludible.
No hay mentada de madre
ni súplica que valga: él siempre se impone.
No autoriza descanso
por más que lo esté necesitando.
Dije tutor, dije mentor,
pero no hay nada parecido a eso.
Argos es más fiero celador,
carcelero, torturador, que pedagogo.
No busca mi rehabilitación
sino dos logros en uno: mi resultado máximo
o mi mansedumbre y mi derrumbe.
No será hoy ni será esto,
que no es poesía sino queja,
aunque hay queja que llega a ser poesía.
Lo defraudo, lo sé, y no me importa.
Debo escribir esta jeremiqueada
o la escandalera carcelaria
con que Argos me castiga será peor.
No hay momento que no esté vigilado
por cien ojos o sin cuenta;
no hay acto u omisión errados sin castigo.
Hermes tarda demasiado
y yo, embrutecido,
esperaba oír el silbo de su flauta,
liberador, si es cierto el mito.
… no, creo que no veré los ojos de Argos
en los ocelos de los pavorreales,
ni me abanicarán sus plumas.
No cuento sino con un residuo,
que más de mí no queda ni más soy.
Lo odio. Siempre lo he odiado.
No llegué a esta cárcel por mi voluntad,
sino esposado. No hubo juicio ni jurado,
sino sólo la voluntad de una deidad adversa.
La pobreza de ideación y léxico
hacen constar mi deterioro interno.
Por fuera estoy deshecho.
No sé si es eso lo que Argos pretendía,
pero más no puedo ofrecer en mi carencia.
Estoy dado, soy prescindible
como cualquier cautivo de Argos.

De la tortura y los torturadores


Exceptuando a aquellos que lo hacen coaccionados por un poder superior, sea político, económico, religioso, criminal o de cualquier otra índole, los torturadores que disfrutan su actividad, en lo psicológico y en lo físico, esto es, en las mentes y los cuerpos ajenos, son sádicos no diagnosticados. Sea cual sea el caso, tienen que ser tratados médicamente, aislados o extirpados de la sociedad que los padece. Y los coaccionadores, si los hay, también.

martes, 15 de febrero de 2022

El pasecito

 

No es que como redactor profesional en la oficina de Prensa del Departamento del DF le fuera mal, pero económicamente andaba un poco corto. Cuando Juan Carlos comenzó a trabajar también para los Medeiros, a sus 26 años, su situación mejoró más que notablemente: ganaba el triple y la relación con sus nuevos patrones era de confianza. El clan de los Medeiros se componía del padre, don Manuel, un sesentón dueño de seis bodegas en Tepito llenas de aparatos electrónicos de contrabando procedente de Asia, y de su hijo Joel, de 26 años.

Ninguno de los dos era periodista de carrera, pero el patriarca de los Medeiros utilizaba su “charola” como titular de la fuente de Economía de un diario capitalino como parapeto para encubrir sus actividades ilegales, pero toleradas social y judicialmente. Tan toleradas, que eran pocos los reporteros que se sustraían a la institución del “chayo” o a tramitar algún permiso u obtener la concesión para algún negocio cuyos insumos eran, como los de Medeiros, ilegales en la mayor parte de los casos, debido a que aún no se firmaba el tratado comercial con Estados Unidos y Canadá. Medeiros podría apenas escribir su nombre correctamente, pero entraba y salía de los despachos de los jerarcas de la economía nacional como Pedro por su casa: sin anunciarse. Estaba bien relacionado porque sus “moches” eran siempre generosos. El contrabando, generalizado entre los mismos funcionarios y los reporteros de la fuente, daba para eso y más. Los trailers de Medeiros transitaban libremente hasta las puertas de sus bodegas siempre saturadas de mercancía en Tepito.

Del color de su pasaporte a las propiedades emergentes


Incógnito. Las vidas secretas del cerebro
David Eagleman
(Anagrama, Colección Argumentos)

 Casi todos hemos oído hablar del Proyecto del Genoma Humano, en el que nuestra especie ha descodificado con éxito la secuencia de miles de millones de letras de longitud de nuestro código genético. El proyecto ha sido un hito histórico, saludado con la fanfarria debida.

No todo el mundo se ha enterado de que el proyecto ha sido, en cierto sentido, un fracaso. Una vez hemos secuenciado todo el código, no hemos encontrado las anheladas respuestas acerca de qué genes son exclusivos de la humanidad; lo que hemos descubierto es un enorme libro de recetas para construir las tuercas y tornillos de los organismos biológicos. Hemos averiguado que otros animales poseen esencialmente el mismo genoma que nosotros; ello se debe a que están hechos de las mismas tuercas y tornillos, sólo que con una configuración distinta. El genoma humano no es muy distinto del genoma de la rana, aun cuando los humanos son muy distintos de las ranas. Al menos, los humanos y las ranas parecen bastante distintos al principio. Pero tenga en cuenta que ambos requieren la receta para construir los ojos, el bazo, la piel, los huesos, el corazón, etc. Como resultado, los dos genomas no son tan distintos. Imagine que va a varias fábricas y examina la anchura de longitud de los tornillos utilizados. Le dirán muy poco acerca de la función del producto final, si es una tostadora o un secador de pelo. Pero contienen elementos parecidos configurados en funciones distintas.

lunes, 14 de febrero de 2022

Yo, que no sueño…

 










El somnífero, el dormir profundo,
vetan la cura homeostática del sueño.
Yo, que no sueño, te soñé…
Tus ojos con brillos de obsidiana…
Tu piel morena clara, satinada…
Tu cabello, de un negro incontable…
… espeso, libre…
Ropa sobria, sin pretensión de altanería…
Sonriendo (¿me?) desde tu cara y una silla…
Yo, frente a ti, estupefacto…
Y no te hablé…
Debes comprender,
es tiempo de pandemia.
Y yo, que no sueño, no supe qué hacer…
… excepto despertar temprano y,
amodorrado, quemarme la lengua con café.

domingo, 13 de febrero de 2022

 


La belleza: creada de manera tan palpable y flagrante para ser amada por toda la eternidad

 

Incógnito. Las vidas secretas del cerebro
David Eagleman
(Anagrama, Colección Argumentos)

 

¿Por qué la gente se siente atraída por los jóvenes y no por las personas mayores? ¿De verdad son las rubias más divertidas? ¿Por qué una persona a la que apenas le hemos echado un vistazo parece más atractiva que otra a la que hemos mirado de manera prolongada? En este punto no le sorprenderá descubrir que nuestra idea de la belleza está profundamente impresa (y de manera inaccesible) en el cerebro, y todo con el propósito de conseguir algo biológicamente útil.

Piense de  nuevo en la persona más hermosa que conoce. Bien proporcionada, enseguida cae bien, su personalidad es magnética. Nuestros cerebros están exquisitamente afinados para fijarse en esos rasgos. Simplemente a causa de unos pequeños detalles de simetría y estructura, esa  persona  disfrutará  de un destino de mayor popularidad, ascensos más rápidos y una carrera de más éxito.

¿Cómo te amo? Déjame contar las jotas


Incógnito. Las vidas secretas del cerebro

David Eagleman
(Anagrama, Colección Argumentos)

Puede que le cueste expresar en palabras las características de la manera de andar de su padre, o de la forma de su nariz, o de su manera de reír, pero cuando ve a alguien que camina o ríe como él, o se le parece, se da cuenta enseguida.

Consideremos qué ocurre cuando dos personas se enamoran. El sentido común nos dice que su ardor crece a partir de un número de semillas, incluyendo las circunstancias vitales, el sentido de la comprensión, la atracción sexual y la admiración mutua. Seguramente la maquinaria encubierta del inconsciente no participa en su elección de pareja. ¿O sí?

Imagine que se topa con su amigo Joel, y éste le dice que ha encontrado el amor de su vida, una mujer llamada Jenny. Qué curioso, piensa, pues su amigo Alex acaba de casarse con Amy, y Donny está loco por Daisy. ¿Por qué se da este emparejamiento de iniciales? Concluye que es absurdo: las decisiones importantes de la vida –como por ejemplo con quién vas a pasar la vida– no pueden estar influidas por algo tan caprichoso como la inicial del nombre. Quizá todas estas alianzas aliterativas son mero accidente.

sábado, 12 de febrero de 2022

De/gradaciones alcohólicas

Grito o carcajada,
Desazón o euforia,
Hemorragia o coágulo,
Deben formularse
con voz y sentir propios.
Pobre del hombre
Que a deshoras canta letra ajena.
Es pastiche, colcha payaso,
Imitador de antro.
Reflejo capturado en un espejo.
Eco cascado de campana,
Muñeco de ventrílocuo.
Copia en serie de una última copia.
Falsario en cada esquina
De las veinticuatro
Que le ofrece el día.
Mejor no cantar
Que pedir a préstamo
Versos ajenos
Que rara vez
Consignan el diccionario
O el habla popular
O la poesía
O el sentimiento escueto.
Es la delusion del yo
Frente a los otros,
Espectro del alcohol, fantasma,
Constatación del 'no soy nadie'.
La resignada firma del fracaso
En tantos desvelos reiterado.


martes, 8 de febrero de 2022

Guaya

Escapas de la forma, huyes de la simetría que encorseta; tu tronco no se ciñe a lo cilíndrico, tus ramificaciones escapan a la regularidad. Y las bifurcaciones de éstas, además de múltiples, ocurren siempre en puntos diferentes de las otras: más arriba o más abajo, antes o después. Ahora, en invierno, la fronda inferior no se corresponde con la calvicie de tu ramaje cúspide. Hojas secas por entero, hojas medio secas, hojas secas en su tercera parte, y así, algunas apenas carcomidas, diferenciadas de las ausentes, de las ya caídas, vueltas humus. Eres tan distinta de lo humano que sólo en la simetría ve belleza, porque él mismo no es un simétrico perfecto. Yo no lo soy y estoy consciente. Por eso, esperaré a la primavera y al verano para verte plena e informe, repartiendo tu sombra generosa y desparramada frente al portal de esta casa que es casi un rectángulo exacto, y sobre mi cuerpo, dos medios espejos desfasados. No sé por qué te rebelas a la simetría, optando por lo informe. Eres sólo otra faceta de la vida que no entiendo. Más parentesco tienes con las nubes, el desorden de este texto, que, por ejemplo, con los pinos. Guaya, tantos años, tanta altura y tampoco has dado frutos. Adivino en ti una radical protesta -frustrada- contra la geometría: aún lo informe es una forma indescripta de la forma. ¿Qué piensas tú de mí, guaya? Sí, azotados ambos por el frío viento del norte, escucho tu rumor, pero ¡qué pena!, no lo entiendo.

lunes, 7 de febrero de 2022

Barahúnda

 










Despojado de toda humanidad,

no hay más que bestialidad

en el festejo tribal de tus “victorias”.

Y el fragor de tus tambores

ofenden Tierra, cielo, vida.

Tus carcajadas salvajes gritan tu enfermedad.

Pero no siendo médico no sé cómo curarte.

La empatía hay que ganársela.

No despiertas compasión, sino asco y rechazo.

Vivir al costado de tu infierno

me ha hecho resiliente.

Y aquí estoy, casi tan deshumanizado como tú,

fruto de tus obras,

deseándote la muerte cruenta

que para mí deseas,

pero que tú mereces desde hace décadas.

Si mueres antes,

yo tendré respeto por tus deudos

y me abstendré de fiesta.

Si ocurriera al revés, 

no hay nada que explicar.

Conozco tu respuesta.


sábado, 5 de febrero de 2022

Edades

 

Salvo excepciones, sin importar que tan largas o cortas sean sus vidas, los pasos más trabajosos que da el ser humano sobre la Tierra suelen ser los primeros y los últimos.

Estaciones

Y febrero está en febrero,

donde debe estar, en el invierno.

Lejos de las fiebres de mayo y junio.

Todo está como debiera.

Coletazos fríos con norte,

pronóstico de lluvias,

que tendrán lugar o no.

Pero febrero está en febrero

y no hay queja por ello.

Sólo hay que cubrirse más

cuando se es viejo;

que los jóvenes,

aunque bien cubiertos,

conservan, naturalmente,

la tibieza de sus cuerpos.

Sea la taza de vidrio o metal

ellos la entibian con su sólo tacto,

sin mediación de guantes.

Que casi todo, o todo, está como debiera,

aún si yo no lo comprendo.

Ni queja ni alabanza:

naturalidad, naturaleza.

Vestirse y desvestirse.

Así nosotros como los árboles.

Ellos deshojados, secos,

y, nosotros, vestidos

y arrebujados.

Té o café caliente

en el buró, escuchando música

o leyendo, es decir, explorando

los climas interiores y exteriores

de nuestros semejantes de otras partes.

Antes y ahora.

Que del mañana, con certeza, no sabemos.

lunes, 31 de enero de 2022

Angustia existencial: un posible origen orgánico


La física española Sonia Fernández-Vega, en entrevista disponible en YouTube, dice, entre otras cosas, que una persona promedio está compuesta -si no recuerdo mal- de unos 7 mil 400 millones de átomos. Van las dos cifras que maneja: 99.9999 o 99.99999 por ciento de cada átomo es vacío. Entre el núcleo de éste y las subpartículas que lo circundan hay distancias abismales a nivel subatómico. Deduzco, por lo que dice la científica ibérica que, si eliminamos el vacío de cada átomo, somos prácticamente inexistentes, meros hologramas. La investigadora lo ilustra con un dato que puede resultar sobrecogedor: eliminado el “vacío atómico”, la “materialidad total” de la humanidad entera -unos 7 mil 300 millones de personas- no superaría el tamaño de un terrón de azúcar.

Por otra parte, en El error de Descartes, el neurocientífico Antonio Damasio nos dice que la conciencia, nuestra propiocepción, es una actualización constante, de ida y vuelta, entre nuestro cerebro y el resto del cuerpo, cubierto de parte a parte, de una red neuronal -nuestro sistema nervioso- que está rindiendo constantemente un “informe” del estado del cuerpo al cerebro que, dependiendo de ese informe continuo, se traduce ya sea en cambios de estados de ánimo, sentimientos, emociones e incluso disfunciones o mejoras orgánicas.

Aunque la información de Fernández-Vega yo la hice consciente a partir de un video, sí he vivido, antes de conocer lo anterior, mis correspondientes, casi diría recurrentes, crisis existenciales, de las que pocos adolescentes y adultos escapamos en algún momento de nuestras vidas. Y es aquí donde aventuro -sin mayor rigor científico ni más información que los datos mencionados- mi hipótesis: ¿cabría la posibilidad que el sistema nervioso se “percatara”, “percibiera” de alguna manera hasta ahora desconocida, ese vacío esencial en nuestro organismo, en nuestra materialidad y rindiera el correspondiente “informe” -que imagino confuso, “preocupado”- al cerebro, y este tradujera ese informe de vacío en “angustia existencial”, a la que, a posteriori, daríamos razones y sinrazones que resultarían no ser más que meras racionalizaciones de dicho informe corporal?

Yo, que ni soy físico ni neurocientífico, sino sólo un lector curioso, aventuro esta hipótesis, que es más bien una pregunta al colectivo de investigadores de la neurociencia, la filosofía y la psicología.

Pero aún la información más descorazonadora puede ser paliada y afrontada desde un razonado positivismo, según la respuesta que se da a sí mismo Anil K. Seth, estudioso e investigador de la conciencia humana y la Inteligencia Artificial -parafraseo-: Sin importar cuál sea la verdadera naturaleza de la realidad -de la que formamos parte-, existe el hecho ineludible de que nosotros nos percibimos como reales. Un apretón de manos, una palmada en la espalda, un abrazo, una caricia o una lesión, un beso, una relación amorosa, con orgasmo o sin él, los vivimos como auténticos. Si esta calidez de nuestros cuerpos, esta afectividad, podemos comunicarlas, entonces vale la pena experimentarlas, vivirlas, compartirlas.

Con esta última actitud vital y vitalista me quedo, así sea por mera conveniencia. Pero la respuesta a la hipótesis sobre el posible origen fisicalista de la angustia existencial, queda encomendada al colectivo científico y académico. Por descontado.

sábado, 29 de enero de 2022

¿Ángel, quizás?


De día nunca lo percibí. Sólo por las noches y en las irregularidades mínimas de las arenas de la playa, medio aquiescentes a mi peso y no. Era un adolescente -casi un niño-, que al mirar el firmamento nocturno durante un cierto periodo de tiempo - ¿corto? -, sentía miedo de “caer ascendiendo”, paradójicamente, al cielo estrellado. Sentía ostensiblemente la pérdida de gravidez. No sabía entonces de las cuasi inconmensurables distancias estelares, sino por lo poco que me decían los libros escolares de Primaria. Pero ya la sola idea del “flotar” dentro de nuestra atmósfera, tan alta para el preadolescente que era, me inducía al terror. Así es que, sin que mi hermano ni amigos entendieran porqué, enderezaba casi inmediatamente el torso y permanecía sentado, mientras ellos continuaban recostados admirando las estrellas. “Caer hacia arriba” era una sensación que sentía como posible, como real. Cuando volvíamos, mi hermano y yo, ya tarde a casa, me tendía boca-abajo en la cama y bendecía en silencio el techo que mediaba entre el infinito y yo. Luego crecí, seguí estudiando, ingresé al mundo laboral, gané dinero, tuve mujeres, muchas, me alcoholicé con los nuevos amigos -no conservaba ninguno de mi infancia ni adolescencia-, pero nunca formé familia ni tuve hijos. Probé todas las sustancias alucinógenas habidas y por haber, además del alcohol y el tabaco, convirtiéndoseme este último en adicción. Todas las otras las dejé en uno u otro momento de mi vida.

Una felicidad elusiva a la memoria


Por no resultar útil a las estrategias de supervivencia evolutiva, la felicidad se ausenta de nuestra memoria. Nuestros ancestros tenían muy, pero que muy presentes, los rastros que dejaban los animales depredadores en bosques, selvas, ríos, estepas, valles, tundras, mares, que amenazaban su preservación como especie. Ahora, nos alejamos de sitios riesgosos para nuestras vidas, como ciertos países, ciudades, barrios, calles, cruceros, del crimen organizado o de la Policía, ahí donde no se la percibe como agente de protección ni de justicia.

jueves, 27 de enero de 2022

El pasado (casi) siempre presente

Cuando se alcanza cierta edad, los 60 por ejemplo, y lo hemos vivido casi todo, cuando percibimos un paisaje, una canción, un tacto, un sabor, un olor, la sensación actual es, casi siempre, interrumpida por algún recuerdo asociado a una percepción similar de algo ya experimentado anteriormente, todo se vuelve una especie de deja vu, consciente o inconscientemente. Pero rara vez nos percatamos de ello. Sea de signo positivo o negativo, ese recuerdo, ese momento vivido sustituye y anula el “aquí y ahora”. El presente se obstruye, se distorsiona, se vicia con la memoria del pasado que se vuelve contra nosotros, ausentándonos, lamentablemente, del momento actual. ¿Por qué ocurre esto? No lo sabemos a ciencia cierta, pero pudiera ser que, o bien idealizamos y falseamos el pasado o la vejez imposibilita fisiológicamente al cerebro para crear y almacenar memorias nuevas. Estamos, quizás, tan limitados por nuestros sentidos que en él no caben ya las sensaciones y experiencias nuevas. Hemos dejado de vivir y, en su lugar, recordamos. Lamentable, pero la vejez suele ser muchas veces tan sólo una proyección imprecisa, borrosa del pasado, usurpando la siempre novedosa realidad cambiante del presente, que cuenta con la ventaja de la nitidez del espectáculo en vivo. O, al menos, en estos tiempos de pandemia, con la calidad de reproducción de una pantalla Onyx Cinema LED, en formato de resolución Full 4K. Y no es que el pasado no deba convivir con el presente; puede hacerlo, a condición de que haya en lo emocional, lo psíquico, lo tecnológico, una mejora.

martes, 25 de enero de 2022

Consciousness: The last 50 years (and the next)

 

Anil K. Seth








 Brain and Neuroscience Advances

Volume 2: 1–6
© The Author(s) 2018
Article reuse guidelines: sagepub.com/journals-permissions DOI: 10.1177/2398212818816019 journals.sagepub.com/home/bna

Creative Commons Non Commercial CC BY-NC: This article is distributed under the terms of the Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 License Http://www.creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/) which permits non-commercial use, reproduction and distribution of the work without further permission provided the original work is attributed as specified on the SAGE and Open Access pages (https://us.sagepub.com/en-us/nam/open-access-at-sage).

 

Introduction

The relationship between subjective conscious experience and its biophysical basis has always been a defining question for the mind and brain sciences. But, at various times since the beginnings of neuroscience as a discipline, the explicit study of consciousness has been either treated as fringe or excluded altogether. Looking back over the past 50 years, these extremes of attitude are well represented. Roger Sperry (1969), pioneer of split-brain operations and of what can now be called ‘consciousness science’ lamented in 1969 that ‘[m]ost behavioral scientists today, and brain researchers in particular, have little use for consciousness’ (p. 532). Presciently, in the same article he highlighted the need for new technologies able to record the ‘pattern dynamics of brain activity’ in elucidating the neural basis of consciousness. Indeed, modern neuroimaging methods have had a transformative impact on consciousness science, as they have on cognitive neuroscience generally.

lunes, 17 de enero de 2022

Frío

 






Desde que tengo uso de razón y de memoria
soy de pies y manos frías.
Dormir en invierno es un martirio
y dormir solo es peor todavía.
No lo sé, pero quizás,
fue el tibio pecho de mi madre,
su abrazo siendo yo un bebé,
lo que me adiestró a no dormir,
a no rendirme al sueño,
después de amar,
sino junto a un cuerpo de mujer.
Puedo, con mis amigos, trabajar o alcoholizarme,
pero no dormir.
Dormir -lo que se dice “dormir”-
con otro hombre,
sólo en mi infancia y con mi hermano.
Éramos pobres y había para los dos sólo una cama.
Sea Judith o Scherezada,
ella o yo, por precaución,
debería velar toda la noche;
pero no importa su intención ni la mía,
cedemos a Morfeo confiados por entero
al dormir y a unos sueños que,
al día siguiente, no recordamos.
Circunstancias distintas
de historias distintas,
son solo nombres que olvidamos.
El frente frío 22 en 22 capas de frío me envuelve
y a mí sólo una sábana y una cobija me cobijan;
son suficientes.
“Se quedó frío”, “se quedó fría”,
solemos decir cuando alguien muere.
Pero yo no, todavía.
Sobreviví al frío de la noche.
Sólo es mi invierno y el invierno
que en mis manos y pies buscan,
quizás, una tibieza
que no encuentran.


sábado, 8 de enero de 2022

Dice una antigua plegaria hebrea:

“Que tus despertares te despierten . Y que al despertarte, el día que comienza te entusiasme. Y que jamás se transformen en rutinarios los rayos del sol que se filtran por tu ventana en cada nuevo amanecer. Y que tengas la lucidez de concentrarte y de rescatar lo más positivo de cada persona que se cruza en tu camino .Y que no te olvides de saborear la comida, detenidamente, aunque solo sea pan y agua.Y de encontrar algún momento en el día, aunque sea corto y breve, para elevar tu mirada hacia lo alto y agradecer por el milagro de la salud, ese misterio y fantástico equilibrio interno. Y que logres expresar el amor que sientes por tus seres queridos. Y que tus abrazos, abracen. Y que tus besos, besen . Y que los atardeceres no dejen de sorprenderte , y que nunca dejes de maravillarte. Y que llegues con satisfacción al anochecer por la tarea realizada durante el día. Y que tu sueño sea calmo, reparador y sin sobresaltos. Y que no confundas tu trabajo con la vida, ni tampoco el valor de las cosas con su precio. Y que no te creas más que nadie porque solo los ignorantes desconocen que no somos mas que polvo y ceniza. Y que no te olvides, ni por un instante que cada segundo de la vida es un regalo, un obsequio y que si fuéramos realmente valientes, bailaríamos y cantaríamos de alegría al tomar conciencia de ello. Como un pequeñísimo homenaje al misterio de la vida que nos abraza y nos bendice".

Feliz Año gregoriano 2022

domingo, 2 de enero de 2022

El sentido de la vida

Tequio.









Aunque late en ti, su esencia -es decir, tus acciones, su intención y resultados- se concreta, casi siempre, en alguien más o en los demás. El hombre sólo es hombre si se solidariza con la tribu; aun en soledad, se debe trabajar en beneficio de ésta. Maestro y aprendiz, enfermo y cuidador, amante y amado, hallan mutua justificación en la atención al o del otro. El sentido de la vida implica, siempre, relación. Imaginarla, construirla, mejorarla, apuntalarla. En última instancia es alimentar y alimentarse, curar y curarse, cobijar y cobijarse, proteger y protegerse. Cuando ves por los otros, los otros ven también por ti. El sentido de la vida es obrar, y obtener resultados, resonancias, efectos positivos en el colectivo del que formas parte.

sábado, 1 de enero de 2022

Bienvenido 2022









Cumplí con el ritual del fuego nuevo. A la media noche, me reuní con los miembros de la tribu. Casi sin excepción, agradecieron todos al Señor por no haberse llevado, el pasado año, a ninguno de los nuestros. No sé si no puse suficiente atención, pero no escuché a nadie pedir perdón. Quizás sea que, aparte de mí, el año que concluyó, nadie se haya equivocado, nadie haya herido a nadie, nadie haya ocultado un rencor, un mal sentimiento, un odio encubierto, disfrazado. Tal vez amaron a alguien lo suficiente para anular sus faltas. Así es que tampoco yo pedí perdón, aunque por diferentes razones. Me reconozco imperfecto, falible, opaca, rayada faceta de Dios y miro displicente, aunque sin envidia, el brillo de las otras. Mis culpas, mis errores, mis aciertos, son solo míos, porque, como los demás, soy libre, responsable de mis acciones y omisiones, necesaria consecuencia de mi albedrío. A diferencia de Sófocles, creo en la libertad (limitada) y también en el determinismo (igualmente limitado). Si todo estuviera rigurosamente predeterminado ¿por qué habrían de ser cientos de miles los espermatozoides corriendo enloquecidos, compitiendo por alcanzar un único óvulo? Si el azar no existiera, bastaría con eyectar sólo uno que, indefectiblemente, alcanzaría siempre su meta, es decir, su destino inescapable, como Edipo. Todos los que encarnamos alguna vez fuimos sólo una opción entre millones. Así es que sí, soy, somos limitadamente libres. Yo, al menos yo, no reconozco absolutos. Hoy que desperté no me sentí distinto de ayer. Sé que el deterioro es lento, lentísimo, pero seguro; no lo percibo porque a diario me observo en el espejo, para peinarme luego del obligado baño. Miro la gran guaya del patio, su grueso y alto tronco, su fronda extendida que nos obsequia con fresco y sombra en los días de calor, y no supe en qué momento creció tanto. Como ella, tampoco yo di frutos. Sé que moriré, o me matarán, algún día. Será que, como todos, no percibo a la deidad desde el mismo ángulo. La única diferencia, con el resto de la tribu, es que soy consciente de ello. Él no es nunca el mismo para todos, del mismo modo que nosotros nunca somos lo mismo para todos. Niño, adolescente, joven o ya maduro no me faltaron motivos para la queja, pero tampoco para el júbilo. Supongo que sentirme igual que ayer está bien. No hay dolores en mi cuerpo, no hay crispaciones en mi mente, sólo la certeza de saber que no soy, no fui y, tal vez nunca, seré el primero, el único, el amado de nadie. Pero a esto estoy acostumbrado. Y aunque es algo intrínsecamente triste, lo digo sin tristeza, sin resabios de amargura. Estoy demasiado viejo para albergar tal especie de (re)sentimientos. Soy sólo uno de los tantos errores o experimentos de Natura. En todo caso, como todos, una limitación. Así es que sí. Está bien que el día de hoy sea igual, es decir, imperceptiblemente distinto de todos los que lo precedieron. No sé, nunca lo sé, si habrá un mañana para mí, pero seguro estoy que lo habrá para otros o los otros, y eso está bien. Así es que seas lo que seas para quien seas, traigas lo que traigas, bienvenido 2022.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Encuentro inesperado en el bosque nocturno

La noche en el bosque era como la noche en casi cualquier parte, con menos estrellas quizás, obstruidas por la alta fronda de los árboles. Apenas un poco más, pero tampoco demasiado, se hacía notar el blanco fosforescente de la luna llena. No debía de hacer frío, pues a excepción de mis shorts, yo no tenía ni camiseta puesta. Tampoco es que hubiera calor. No recuerdo que sudara. La hoguera, sin embargo, ardía a metro y medio aproximadamente de la entrada de mi tienda de campaña, casi sólo plástico. Por los coyotes, jaguares, pumas, o algún otro posible depredador. Andaba yo en chanclas. Había terminado de cenar, chilorio y frijoles enlatados. Recién terminaba de hacer el café, cuando apareció, con su consistencia de neblina. Tal vez una condensación de la humedad del lago, a cuyas orillas acampaba, la húmeda sudoración de los árboles del bosque, una nube caída, quizá por diferencia de peso y concentración de líquidos; su forma, que simulaba la humana, quizá no era más que una apofenía de mi cerebro que, como el de casi todos, tiene esa tendencia a encontrar patrones, también de forma, ahí donde no hay nada. Esperé un par de minutos a que el ser de niebla se disipara, pero no, nada de eso, lo que hizo fue aproximarse. Yo, que nunca creí en fantasmas, me levanté del tronco seco en que estaba sentado, listo para enfrentarlo, fuera lo que fuese. A estas alturas, estaba plenamente consciente que mientras yo lo analizaba, especulaba acerca de su naturaleza, él hacía lo mismo respecto de la mía. Sé lo que vi, sólo puedo imaginar lo que vio él: una acumulación de aproximadamente siete mil cuatrillones de átomos de oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio, fósforo, potasio, azufre, sodio, cloro y magnesio. Y aunque el número parece abrumador, hay un dato que, prácticamente, lo contradice: resulta que cada uno de esos átomos es, aproximada, no exactamente, 99.9999 por ciento vacío. La científica española Sonia Fernández-Vidal, desde la física, afirma que si sacamos el vacío de los átomos de los aproximadamente 7 mil 300 millones de habitantes del planeta, su materialidad completa cabría en un terrón de azúcar. Desconozco si esto es verdad, desconozco si él conocía el dato, pero por alguna razón, nos reconocimos como (casi) iguales: inconsistentes, cambiantes, efímeros. Sin matiz emocional alguno, serví dos tazas de café. El hombre de niebla tenía suficiente consistencia como para sostenerla, ya que los átomos de la aparentemente sólida loza, también serían esencialmente vacío.
No podría decir que conversamos. Bebimos en silencio, lentamente, mirándonos, aunque él a mí sin nada parecido a ojos, y sin embargo, estoy seguro, me percibía. Fueron sólo unos minutos. Terminado su café, se acercó, me tendió su mano agradecida y neblinosa; la mía intentó corresponder, transmitirle algo de tibieza, de consistencia, de realidad a su vacío. Fallamos: la suya se disolvió, se deformó como el humo del cigarro ante una corriente de aire, desgarrada por el impulso de la mía. Movió la otra, como restándole importancia al hecho. A fin de cuentas, tanto él como yo, sólo representaríamos diferentes grados de materialidad. Que la realidad sea eso, grados de consistencia, no me consta. Y que el sentido del tacto, sólo un constructo, una simulación de la fuerza electromagnética, tampoco. Se despidió de mí con un gesto de la otra mano, se dio la vuelta y echó a andar por dónde había venido. No sé si se perdió o se disolvió en la oscuridad a medida que se alejaba de la lumbre de mi fogata. El caso es que dejé de verlo. Recogí lo cacharros, los enjuagué en las aguas del arroyo que desembocaba en el lago, los guardé en la batea de la camioneta. Mi colchoneta estaba ya dispuesta dentro de la tienda de acampar. Entré, cerré la entrada corriendo el mecanismo del cierre. Apagué la lámpara y, al poco tiempo, me quedé dormido. El grado de materialidad que soy -y que desconozco a cabalidad-, despertó al día siguiente, sin tener la seguridad de que lo ocurrido la noche anterior había realmente ocurrido, o había sido sueño o pesadilla; recordé entonces la opinión del neurocientífico Anil Seth, cognitivista y también especializado en inteligencia artificial, quien sostiene que, independientemente de la percepción que nuestra consciencia hace de nosotros mismos y de la realidad -"a controlled hallucination"-, el hecho es que la experimentamos como real. Deduzco: el agua sabe a agua, el café a café, un beso a beso, la caricia se siente como una caricia, y el dolor como dolor. No es que esté inquieto con los últimos hallazgos de la neurociencia o la física cuántica, pero me siento más cómodo con la actitud pragmática del científico británico.
Desmonté la casa de campaña, la plegué y acomodé con el resto de los enseres en la parte trasera de la camioneta, me aseguré de apagar bien los restos de la fogata, abordé la unidad y volví a la urbe superpoblada de personas que se aman, se odian o se ignoran, capaces de lo sublime y lo terrible, que se reproducen y la hacen cada día más grande.

viernes, 24 de diciembre de 2021

Si me encuentras, me pierdes

Puedo estar o no estar, todo depende de si miras o no miras; no me reflejan los espejos, pero no soy Drácula; atravieso las paredes sin ser un fantasma. Tengo comportamientos de ola y de metralla, una vez a la vez, o al mismo tiempo. Si quiero, puedo estar en dos lugares a la vez, o desaparecer y aparecer en otra parte sin recorrer distancia alguna. Mis acciones tienen efecto en mis iguales, estén cerca o en el otro extremo de la realidad. Soy parte de ti, tan diminuta, que casi no soy, o peor, casi no eres. Soy igual en ti y en todo y todos, y mi posición es indeterminable. Soy el informe del vacío de tu cuerpo y voy, tan sinuosa, directo a tu psique, a tu cerebro, quizás sólo tu inconsciente me percibe, y me convierto en tu malestar, tu sensación de vacío, tu angustia existencial. Pero no te asustes, no temas. Me asignaron un nombre. Partícula subatómica. Pero créelo: soy más, o tal vez menos, que ese apelativo. Sin embargo, no hay ley que me sujete, menos aún la del lenguaje, y mi comportamiento es siempre impredecible, y en eso me parezco -o induzco- a la locura. ¿Soy la realidad o la simulo? Eso está por verse: soy irreductible a las definiciones.

sábado, 7 de agosto de 2021

Tábula rasa

 









No, un tatuaje no
Nada que simule permanencia
en esta transitoriedad que soy
Las cicatrices están ahí,
no pude evitarlas entonces
ni borrarlas ahora
En mi talón izquierdo
En mi rodilla izquierda
En la muñeca de mi mano izquierda
Mi piel apenas si soporta la ropa de algodón
Ningún anillo estrangula la sangre de mis dedos
Ninguna cadena de oro al cuello o al tobillo
Ni contrato ni horario laboral
A contrapelo, unos tenues lazos afectivos
que algún día caducarán, como los otros
La libertad es siempre una omisión,
una renuncia o un olvido
También es soledad, es elección,
a veces pérdida,
pero no tragedia, ni duelo ni dolor
Me iré como llegué: desnudo
Sin mente y sin conciencia de mí ni de los otros
Aun el calcio de mis huesos,
algún día, será polvo
y, quizás, fertilizante
Ni dolor insoportable
ni felicidad plena
Nada trascenderá este sustrato
material y endeble
Nada permanente, nada eterno
Por eso, un tatuaje no
No tiene sentido heredar enigmas al futuro

domingo, 1 de agosto de 2021

La familia pobre, el sabio y la cabra (fábula)


En ciertas circunstancias, ahondar, acelerar, propiciar el estallido de la crisis puede resultar beneficioso.

Una antigua fábula que solía relatarse en mi familia acerca de una familia pobre, un sabio y una cabra, explica que la familia vivía sumida en la miseria y la suciedad; la componían nueve personas que se apiñaban en una sola habitación, y que nunca disponían de comida suficiente para todos; vestían harapos y su existencia transcurría en medio de una profunda e implacable indigencia. Un día, el hombre de la casa acudió a consultar al sabio, y le dijo: “Maestro, somos tan pobres que apenas sobrevivimos. En la casa el ruido es terrible, la suciedad es repugnante, y la falta de intimidad, espantosa. Para colmo, estamos comenzando a odiarnos. Es una situación horrible. ¿Qué debemos hacer?”. El sabio respondió: “Debes conseguir una cabra y llevarla a vivir a tu casa, junto a toda tu familia, durante un mes. Si lo haces, todos tus problemas se resolverán”. El hombre no pudo ocultar su perplejidad. “¿Una cabra?, ¿vivir con una cabra?”. Pero el sabio insistió, y como tenía fama de ser en realidad muy sabio, el hombre le hizo caso. Durante el mes siguiente, la vida horrible de aquella familia se tornó decididamente intolerable. Había más ruido, la casa estaba más sucia que nunca, la intimidad brillaba por su ausencia, no tenían de qué alimentarse porque la cabra se comía todo, y ni siquiera tenían ropa, porque el animal también se la había comido. El odio y la animadversión entre los miembros de la familia se volvieron extremos. El hombre regresó furioso a la casa del sabio cuatro semanas después. “Hemos vivido un mes con una cabra metida en nuestra choza –le dijo-. Ha sido espantoso. ¿Cómo ha podido darme un consejo tan absurdo?”. El sabio asintió con la cabeza con gesto sagaz, y dijo: “Ahora deshazte de la cabra, y verás que apacible y sublime es vuestra vida”.

Lo mismo sucede con la depresión. Cuando uno puede vencerla siente una maravillosa sensación de paz a la hora de enfrentar los problemas cotidianos, que en comparación le parecen banales. En una ocasión llamé a una de las personas cuyos testimonios forman parte de este libro y empecé la conversación preguntándole cómo se encontraba. “Bien –me dijo-, me duele la espalda, tengo un esguince en el tobillo, los niños están furiosos conmigo, llueve a cántaros, mi gato murió y estoy al borde de la quiebra. Por otro lado, en este momento no manifiesto síntomas psicológicos, así que diría que, dadas las circunstancias, las cosas marchan fabulosamente bien”. Mi tercera crisis (depresiva) fue como tener la cabra viviendo en casa, pues apareció en un momento en que me sentía insatisfecho por una serie de problemas que yo sabía, desde una perspectiva racional, que a largo plazo tendrían solución. Cuando la superé tuve ganas de organizar una fiesta para celebrar la alegría que me procuraba mi complicada vida; y me sentí dispuesto de forma asombrosa, de hecho curiosamente feliz, de volver a (escribir) este libro, cuya escritura había abandonado durante dos meses.

Andrew Solomon
El demonio de la depresión
Un atlas de la enfermedad

martes, 27 de julio de 2021

El fin de la cuestión

 Ahora que deducimos otras dimensiones,
que la piedra, de la que no sabemos si es preciosa,
multiplica al infinito sus facetas,
que el bien y el mal,
con destreza y velocidad de prestidigitadores,
en un morphing inaccesible al ojo, intercambian sus caretas,
resulta difícil elegir con acierto y buena fe,
tomar partido por miedo a equivocarnos.
Ahora que es tan fácil desaparecer sin dejar rastro,
morir y matar se ha vuelto irrelevante.
Vida y muerte se retan como iguales
y nosotros somos todos piezas prescindibles.
Tan grande es lo que se juega
que el hombre resulta insignificante.
Sin tiempo suficiente para razonar,
planear una estrategia,
decidíamos casi a ciegas, por instinto.
Los roles fueron asignados,
impuestos, vejando el albedrío;
estaba claro que, otra vez, éramos siervos.
Una cosa sabíamos:
que levantar la cabeza era perderla.
Así pues, aceptábamos incondicionalmente o moríamos.
A conciencia, decidí alzarla,
ver el rostro del sátrapa,
escupirlo y morir luego.
Es cruel y refinado, frío, puro cálculo.
Se esmeró en la tortura,
que creí eterna pero que no lo fue.
Sin quererlo serví a sus fines:
los demás cedieron al terror.
Lo que hizo conmigo los petrificó.
De algo así, apenas se soporta ser testigo.
El infierno, que parecía infinito,
no lo es. Pero tienes que cruzarlo para saberlo.
Hice bien. No me arrepiento.
Algo que él no sabe, pero yo ahora sí,
es que el dolor físico tiene un umbral que,
una vez rebasado, se anula a sí mismo,
porque la realidad entera se evapora.
Despojado de toda corporalidad,
te vuelves nada.
Y en la nada, nada se sostiene.
Ni siquiera el castigo que se presumía eterno.
No sé cómo pero sigo siendo.
Liberado de todo sustrato material,
no siento nada pero sé que soy.
Quizás he vuelto a ser idea,
arquetipo de hombre,
ese sí, eterno e infinito,
resguardado en su antes y en su después de ser,
absolutamente ajeno a la realidad transitoria,
engañosa, absurda y dolorosa.
Si la libertad es algo, es esto.
Sólo aquí es plena, total, incondicionada y absoluta.
Sólo en este inexpresable aquí puede concretarse.
Sólo así tiene sentido. Siendo sin ser.
Una pura, irresoluble, abstracta paradoja.

viernes, 23 de julio de 2021

 


El otro

 

Lo que de mí no sé, quizás lo sepa lo que no sé de mí. Apenas entregado al sueño, rendido al inconsciente, el otro, usurpando nombres del santoral, volviéndolos laicos y profanos, despierta no sonámbulo, sino ávido, lúcido, alerta, calculador, decidido; se levanta de mi cama, se baña, se afeita, se perfuma, se pone mis mejores trapos, escapa sigiloso de la casa y, una vez en la calle, pisando fuerte, caminando seguro, se apodera de la ciudad y de la noche, de sus bares, su alcohol, sus sicotrópicos, canta y baila en público sin inhibiciones en las pistas, organiza y participa en las orgías, encabeza lo que, según él, la moral hipócrita, tuerta, califica de crimen organizado y arrebata, recupera a punta de pistola y metralleta, de las manos de políticos y ricos, lo único que tienen y que es su riqueza mal habida; después la devuelve a los pobres, víctimas del original despojo. Pero se guarda un porcentaje y lo atesora en cuentas bancarias cuyas tarjetas y claves de acceso él sólo conoce. Ese otro, nocturno, tiene casas cuyos interiores rebosan libros, conocimientos, abundancia y lujos que al José Luis de la vigilia están vedados. Tiene del amor y de la vida, de la felicidad y la plenitud, de la realidad, una más honda comprensión sustentada en sus vivencias sin tapujos. Escribe y publica, con múltiples seudónimos, libros insuflados de espíritu y de vida, profundos y aleccionadores, modelados en su existencia alterna. Tiene éxito y seguidores porque no pretende hacer arte sino extender un credo, un compromiso con la vida, la verdad y la justicia. No sé cómo resuelve las paradojas, las contradicciones. Sus hondas, sus extremas vivencias sustentan su carisma. Ha matado muchas veces y no teme a la sangre. Ahí donde él está se impone su presencia. Toda mediocridad se eclipsa. Entiende todo de mí mientras que yo apenas lo intuyo. Y, sabiéndolo, me tilda de pusilánime, cobarde, castrado, inconsistente. Liberado de la camisa de fuerza que es el superyó, de la moral que sólo respetan los pobres diablos y los débiles, me desprecia, quizás justificadamente. Por eso debe ocultarse de mí, apropiarse de ese inconsciente que conforma el 95 por ciento de mi psique y regirlo e imponer sus propias leyes. Yo imagino y él concreta. Para que no lo delate, regresa de madrugada a la casa y al cuerpo común que compartimos, suprime posibles rastros de su quehacer extremo, y, después, me concede unos cuantos minutos de descanso, sueño, tregua. No es suficiente. Sólo me deja habitar el 5 por ciento de mi psique, lo que yo entiendo por conciencia y por vigilia. Despierto extenuado, agotado en lo físico y lo anímico. Eso explica lo frustrante, lo trabajoso, lo difícil de mis días. Ante el sol estoy hecho un idiota, un desperdicio que ya casi no es humano. Ese otro, embozado en la sombra del inconsciente y de la noche, me desangra, me vampiriza, me desgasta. Tiene una vida más interesante que la mía. Pero sus excesos me tienen a un paso de la tumba. Y, si yo muero, tampoco él sobrevivirá. Transcribo esto con la esperanza de que le llegue la advertencia. No sé cómo, porque el cerebro, sustrato de la mente, es complicado. A él la muerte, suya y mía, no le importan. Lo que importa es preservar, extender, fortalecer la obra. Lo que sea que signifique eso. Lo más probable es que desoiga, descarte mi llamado a la contención y la mesura, y decida proseguir su prolífica existencia de dandy y Chucho el Roto. Lo que más me avergüenza es que ese otro, que ya no sé si participa de mí o me ha excluido del todo, tiene más elam vital, más inteligencia y decisión que yo. Más realidad, más peso. Para sus incontables seguidores, también en la oscuridad y el anonimato, él ya es una leyenda. Yo, apenas un prescindible escriba.


martes, 20 de julio de 2021

Apocalipsis: última función

 











La Tierra era el esplendoroso, alucinante escenario donde representábamos nuestra tragicomedia. Lo dimos todo: sangre, sudor, semen y lágrimas. Aquí, como en todo teatro de prestigio, la vida y la muerte eran fingidas. La realidad, lo cotidiano, la rutina, tenían otros horarios, otros espacios. Estaban fuera del recinto: resurrección, Paraíso, infierno y otras opciones más exóticas, menos conocidas, aunque igual de esperanzadoras, como los universos paralelos, el multiverso, las otras dimensiones. Al menos eso creíamos. Actores al fin, desaforados y soberbios, decidimos llevar el experimento hasta el extremo: para que nada perturbara nuestro arte decidimos eliminar al veleidoso público que, por cierto, rara vez se mostraba satisfecho. Se decían dioses. No nos consta que lo fueran. Pero a algunos alcanzamos a matarlos, otros huyeron. Suponemos que regresaron al lugar desde el que habían venido. Nos quedamos sin espectadores. Es decir, sin ingresos. Nos valió madres. Por un corto tiempo –por cierto, ¿qué es el tiempo?-, fuimos felices e inconscientes. Porque éramos libres de ejercer a nuestro arbitrio. Considerando lo anterior, nos olvidamos del libreto. Improvisamos. Pero lo hicimos tan mal que nada funcionó: capitalismo, comunismo, socialismo, democracia, totalitarismo, libertarismo, social democracia, cooperativismo, fascismo, anarquía, pacifismo, comunas, sectarismos, individualismo exacerbado, etc., etc., etc. Fracasamos en todo. ¿Consecuencia? Hoy arden el campo, los bosques, las selvas, las ciudades. Lo único que crece son el fuego, la estampida hacia ninguna parte, los gritos y el desastre. Estamos hambreados, sedientos, asfixiados. Nada nos anticipó esta hecatombe. Ni Stanislavski. Pero, artísticamente hablando, excedimos con creces sus expectativas: nunca como ahora que las llamas lamen furiosas el inmueble –sentimos su calor-, nuestra desesperada representación fue más verdadera, honesta, auténtica, profesional y técnicamente rigurosa, irreprochable. Porque, lo sabemos, sólo nos queda un desenlace: reunirnos todos en el centro del escenario –conocemos su efectismo- y esperar a que el fuego nos alcance y nos consuma. Esta vez no habrá aplausos ni rechifla. Mustios, prevalecerán el silencio y las cenizas.


lunes, 19 de julio de 2021

Dibujo a lápiz

 












No sé qué hacer con la hoja en blanco.
Su función natural es ser llenada,
pero a ella no parece importarle
y, en este momento, a mí tampoco.
Letras, números, dibujos, colores.
Quizás una rara pieza de origami.
Tal vez, doblada y vuelta a doblar
sobre sí misma, múltiples veces,
sirva para nivelar una mesa coja.
Millones de hojas blancas reposan
en los cajones de los escritorios,
pero ellas están predestinadas,
según estén en manos de un notario,
un contador, un estudiante de leyes,
un maestro o maestra, un arquitecto,
un oficinista, un diseñador, un periodista,
un contador, un sicólogo, un dibujante.
Otras tienen un destino menos claro,
menos predeterminado, según estén
en posesión de un loco, un artista,
un poeta, un suicida, un político,
un místico, un agonizante, un malquerido.
Es decir, en las manos crispadas
de los exaltados. Supongo que
estas hojas, perdido su albor,
serían las más interesantes.
No puedo imaginar lo que dirían.
Pero supongo incoherencias,
desesperación, desaliento, llanto,
endecasílabos, métrica, ritmo,
verso libre, verso blanco,
manifiestos, utopías, distopías, ucronías,
pasiones desbordadas, neurosis,
psicopatías, pesadillas, sueños,
garabatos, galimatías, absurdos,
quejas, resignaciones, imprecaciones,
blasfemias, oraciones, oquedades,
sinsentidos, resentimientos, soberbias,
reproches, verdades sin verdad y mentiras verdaderas,
deformadas, retorcidas, incompletas, sin rigor,
sin autoanálisis, ciegas a sí mismas y a la realidad.
Malentendidos, vidas mal expresadas
en actos de autoflagelación
o direccionados con odio hacia los otros.
Hojas ininteligibles, con dibujos y manchas
como las del Test de Rorschach,
a las que sólo la apofenia da sentido.
Cartas de amor y cartas póstumas. Notas suicidas.
¿Y yo?, ¿qué puedo decir de mí en esta hoja?
Que hace un rato llovió y me sentí absolutamente ajeno,
yo, que desde niño disfruté esta lluvia tropical, antes tan tibia,
tan abundante, tan estridente en el techo de lámina de zinc,
para bañarme, para hacer bolas de lodo
y lanzarlas a mi hermano o recibir las de él.
Pero ya no soy ese niño sentiente ni espontáneo.
Ahora el techo no es de zinc, sino de asbesto.
Fue tan rala esta lluvia, y tan breve, que no da para un haikú.
Cambió la lluvia, cambié yo, cambió la vida.
He tenido tantas direcciones, tantos códigos postales.
Conocí la errancia, el hambre, la mendicidad,
el deseo, la saciedad, la espera del amor, tan intermitente siempre,
el ostracismo, la culpa, la terapia, no sé si la cura,
pero la locura se fue y se domicilió en otros cuerpos.
No tengo tono muscular, ni ánimo para ir al malecón,
caminar, trotar, sentir la luz y el calor del sol, sudar,
eliminar toxinas, ver la ruina en que nos hemos convertido,
la ciudad, el malecón costero y yo.
No sé qué hacer de mí ni de esta página. Quizás somos lo mismo.
No hay aflicción, culpa, crispación, deseos, intensidad.
Ni felicidad, ni tristeza, ni ansiedad.
Estoy en mí y ningún mal me aqueja.
Me siento más cosa que persona.
No sentir nada y estar vivo.
La paradoja es trágica, pero no sufro por ello.
Neutral ante la guerra despiadada que es la vida.
Parapetado en mí, soy la torre y el vigía.
De mí mismo y de los otros.
No avisto amenazas en la distancia ni promesas de futuro.
Ni vencedor ni vencido. No importan las mareas,
porque también a contracorriente sé nadar.
Después de todo soy piscis, según el zodiaco antiguo.
Fluyo por instinto. Ir o venir vienen dando lo mismo.
A veces, como en estos momentos, me basta con estar.
Simplemente floto.


domingo, 18 de julio de 2021

Esperando turno

 









No tienes, ni tendrás, comprendidas, todas las variables.
Como los demás, eres un topo ciego limitado a tu mezquina red de túneles.
Eres una lamentable limitación, lo sabes,
pero convenientemente olvidas que más que conocer ignoras.
Presides el estrado pero no eres buen juez;
y cuando sentencias corrompes la verdad y la palabra.
Te frena, al condenar, un atisbo de conciencia. No la suficiente.
Das tu veredicto y, ciego a la justicia, casi casi lo festinas.
Seguro de tu juicio, no renuncias.
Como a todos, se te advirtió que no juzgaras. Pero no entendiste.
Ya que el sistema lo exige, te hiciste magistrado.
Una forma, como cualquier otra, de ganarse la vida.
Pero tu tribunal también es otra celda de hierro al rojo vivo,
idéntica a la de tus víctimas. Por eso cierras los ojos
y confundes tu soberbia con amianto.
No eres una salamandra sino una cuija.
Arderás, con tus cofrades, en el  infierno que para los otros inventaste.
Tus demonios te pondrán en los zapatos de tus procesados.
Sólo entonces comprenderás que, también tú, te precipitaste.
Pero ahí está tu firma. No podrás evadir tu propio infierno.
Y serás condenado al mismo ostracismo al que nos condenaste.
Tú que hablas de amor, verdad, razón, justicia, te lo digo: no comprendiste.
Se acabaron para ti el reconocimiento y los aplausos.  
Que no hay otros haberes que quitarte.
Tampoco para ti hay indulto ni atenuantes.
Ya estás, como nosotros, en el corredor de la muerte.

viernes, 16 de julio de 2021

Sólo una parte

 










El metabolismo y la mente gestan y gestionan nuestros actos.
Día y noche el cuerpo los expresa, en sueño o pesadilla,
en la esférica superficie del planeta.
Dormir y despertar es tarea insomne de la melatonina.
La baja o la carencia de serotonina suelta el puñetazo,
acciona el gatillo, hunde el puñal, vierte el veneno.
La urgencia del ausente litio nos incita a suicidarnos.
El exceso de cortisol nos estresa, nos crispa, nos desgasta.
La pasión de la juventud tiene otro nombre: feniletilamina.
La vasopresina inventa y sostiene el matrimonio.
Su carencia induce a la promiscuidad o al poliamor.
No hay padres más protectores y amorosos que la oxitocina.
La felicidad, el Nirvana, no se alcanzan sin una escalera de endorfinas.
Celestina cómplice, la dopamina teje el love seat del placer.
La adrenalina allana el campo para la defensa o el escape.
Es el sistema endocrino espoleando el animal que somos,
compuesto de siete glándulas que segregan hormonas
que determinan nuestro metabolismo, nuestro quehacer diario,
nuestra felicidad, nuestra tristeza, nuestra rebeldía y conformismo,
nuestros sueños, nuestros pánicos, nuestros avances y retrocesos.
La psique nos esconde el 95 por ciento de lo que somos y tenemos.
Apenas un 5 por ciento de conciencia. La mayoría, ni eso.
¿Somos acaso responsables de la sangre que vertimos,
del daño que hacemos y nos hacen, del amor, la compasión,
la solidaridad, la fraternidad, el heroísmo?
La guerra y la paz ¿son cosa nuestra?
¿Acaso tenemos libre albedrío?
¿No somos quizás sólo patéticos guiñoles, marionetas, títeres
gobernados por un ventrílocuo, indiferente o perverso,
hecho de ciegos impulsos mentales y químicos?
¿Existen acaso culpa o mérito? En la duda, hay que abstenerse.  
Redúzcanse entonces nuestras condenas, nuestras culpas,
nuestra hazañas, logros y méritos en idéntica proporción.
¿Amnistía? Sí, para el 95 por ciento.
No es cosa nuestra que el 60 por ciento
de nuestros neurorreceptores cerebrales
estén hechos para canabinoides.
Mariguana, tabaco, alcohol, sicotrópicos, sexo para todos.
Yo ya no sé si voy o vuelvo.
Mientras lo pienso me fumo otro cigarro.


jueves, 15 de julio de 2021

Propósito


 







¿Cómo esta mezquindad de propósitos,
esta insignificancia en la tarea asignada,
este desgano, esta desidia, esta apatía,
este dejar que se corrompa el día
cuando la vida te exige compromiso?
¿Eres capaz de mayor complejidad,
de más entrega, de esfuerzo, sacrificio,
de poner más corazón, hasta tu aullido,
en esta carrera contra el absurdo entrópico
que carcome vorazmente los litorales de la vida?
¡Vaya, haz logrado abandonar tu miserable ego,
salir de tu estupor, romper tus límites,
ver más allá de tu piel y tu osamenta,
del pasado y del presente que encorsetan!
Aunque sea sólo un día el que te quede, sacrifícalo al futuro,
redímete, sé útil, ponte al frente en la línea de batalla
y mata o muere allanando el camino de aquellos,
mejores que tú, que han de transitarlo luego.
No, tu nombre no figurará en el memorial de los héroes,
pero eso es baladí, es secundario, es fútil.
No hay deshonra en ser sólo una piedra más en esta obra,
que ha de ser magna o no ha de ser.
Reconoce el mérito de la piedra angular,
de la columna de soporte y toma tu sitio.
Aguanta hasta desmoronarte si has de hacerlo.
Para eso estás. Sostener es tu función.
En la resistencia está tu mérito.
Si mueres bien, por mal que hayas vivido,
el absurdo se trasmutará en sentido,
y la ofrenda de tu persona en triunfo colectivo.
Quizás no tú, pero alguien más podrá llamar hogar
esto que, con persistencia y valor, hemos construido.

martes, 6 de julio de 2021

Cascada

 








Tengo la razón en la punta de la lengua
y, afásico, no puedo explicarme
ni explicar al mundo
puedo intentar un inventario
de mi vida o de la vida
pero será siempre una paráfrasis
del árido desierto o del oasis
de la realidad desangrándose en cascada
precipitándose de las cuencas de mis ojos
al inconsciente de mi nada
No, no puedo tocarla, nadie puede
el lenguaje corre paralelo a ella
pero no la sustituye ni la aprehende
digo todo y eso es todo
es apenas un vislumbre de un vislumbre
chispas de una hoguera más grande
que se agitan un instante en el aire
que las sostiene y las apaga
no puedo tocarme ni tocar a nadie
nadie puede tampoco tocarme ni tocarse
somos islas sin raíz a la deriva
deseosas de encontrarse y deshacerse
en un vértigo de orgasmo
pero no, una gravedad oscura
nos aleja unas de otras irrevocablemente
y nos condena a una desintegración estéril
y es por eso que, ahora,
tengo el llanto en la punta de la lengua
pero a mi corazón le aterra despeñarse.

33 grados a la sombra

Casi las 14:00 horas. Alrededor del mediodía desperté. Un silencio que no dice nada. En la lengua nicotina y cafeína. En cuerpo y pi...